lunes, 3 de agosto de 2026

RONNY RAMÍREZ

 

 

 

Las sombras del parque solitario

 

En otras circunstancias, el parque me acogería
y los árboles podrían ser mis amigos.
Pero el parque no me reconoce
y los grandes árboles
se tornan inmensos y sombríos.
Alguien pasa corriendo al otro lado de la cancha
y solo cae una hoja de un laurel cercano.
Ando raudo por el camino que oscurece
y temo a las ramas que crepitan de repente
a la sombra de mis pasos.
Está lloviendo, y el parque solitario
tiene rumor de mística y muerte.
Aquí quedó varada
la risa de un niño que nunca volvió a casa
y cuyo último recuerdo solo se mueve en el columpio vacío.
Aquí trotaron mujeres que pensaban
en qué harían esa noche o al día siguiente
o en un par de años,
sin sospechar que iban a correr la misma suerte
de un pequeño barco en el ojo de un huracán:
nadie las volvería a ver
después de torcer por un túnel
de recodos frondosos y blancos.
Aquí también yació un hombre sin pasado
que terminó girando en la deriva de su propia sangre.
Solo venía a dispersar la mente
y relajarse con el juego de luces y sombras
en los tejados verdes y centenarios;
tal vez recostado en la hierba
e intentando fijar la mirada
en el polvillo que queda suspendido entre las ramas.
Pero una bala, una sola,
que llevaba mucho tiempo buscándolo,
pudo encontrarlo y darle un fin que nadie esperaba.
La verdad es que hubo un tiempo
donde se confiaba en la soledad del paisaje,
donde había algo de eucaristía
en los atardeceres lánguidos.
Ahora nadie puede, por ejemplo,
hacer el amor al cielo raso
sin que algún alma en pena y en desdicha
y ridícula y triste
siga el legado de un tal asesino del zodiaco
y manche las flores silvestres
con la sangre de los jóvenes enamorados.
Ahora las fiestas deben estar cronometradas
porque cerca de las luces alegres
merodean depredadores nocturnos.
Las familias deberían poder celebrar
un cumpleaños hasta el amanecer
y los niños deberían poder jugar y crecer sin ser vigilados.
Pero el caso es que me duele
tener que caminar apresurado
y no poder recoger la gotita de lluvia
que me habrán guardado los framboyanes,
porque alguien —y no un Pennywise
debe estar acechando desde los desagües
y debe estar recolectando huesos, cabello
y dientes de gente perdida.
Quisiera estar tendido en una red
llena de rocío,
atrapado en una telaraña de ficciones,
y no sentir este alivio inmenso
de llegar finalmente a la carretera
de vehículos indiferentes y veloces;
pero la verdad es que existen personas
con intenciones más oscuras
que la noche que se avecina.

 

De: “Condeno la noche y sus perros de caza”

 

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