miércoles, 31 de mayo de 2023


 

ANTONIO MARÍN ALBALATE

 

 

 

Cuerpos y edades 

Para Ana España

 

Cuando yo tenía tu edad,
tú habitabas (frutal y profunda)
la matria de un vientre de agua.

Cuando yo tenía tu edad,
escuchaba (como esta noche contigo)
a Dylan y a los Stones sin imaginarme
que veinte años más tarde volvería a vibrar,
bajo la piel del sueño, con la misma música.

Duro es decir (sin embargo) tu nombre
en el camino donde acaso jamás
vuelva a encontrarte.
Duro es decir:
aquí me quedo
España no es más que un apellido,
nunca tendré la patria que sueño

 

 

 

JOHN ASHBERY

 

 

 

Saliendo de la estación de Atocha

 

La miel ártica charlaba del informe provocando penumbra
Y sacándonos de allí experimentándolo
él mientras tanto… Y los murciélagos fritos que allí venden
goteando atravesados por palos, de forma que la amenaza de
           tu oración se pliega…
Otras personas…           destello
el jardín ¿estás deshuesando
y vestiduras de difuntos… Perro ciego expresó realezas…
comodidad de tus gramos perfectos de alquitrán banco
           mundial nuclear tulipán
Favorable a        cerca del alfiler nocturno
cargando formaldehído. la mesa arrancada de ti
De repente        y estamos cerca
Dibujando la raíz con la boca        cuando piensas
generador        los hogares disfrutan miradas lascivas

El desgastado taburete resplandece        palomas del techo
                            conduciendo el tractor para aplastar
Saliendo de la estación de Atocha        acero
golpes infectados los tornillos
       pozos        por todos los sitios
abolida la cubierta mal iluminada
cae el espantapájaros        Tiempo, progreso y sentido común
huelga de comerciantes sangre oscura
ningún bosque que pueda llamar ebrio desplaza
el completamente nuevo cabello italiano…
Bebé… el hielo se desprende del puerto
El centenario        Antes de que podamos

 

Versión de Julio Mas Alcaraz

 

SILVIA COLMENERO

 

 

 

Alteridad

 

Yegua me llevo ante una mazorca
pendiente en mis ojos como un acertijo
una bola de estambre que asciende de mi coxis,
y acaricia mi mollera
dibujando su origen amorfo frente a mis narices.

La huelo, la vislumbro,
guiño tras guiñó en la convicción
de que hay una causa para su imagen.

La sigo, la pretendo,
paso tras paso me inflijo el deseo de andar
y seguir respirando
anhelando los costados del cariótide:
y danzando maniquea en un péndulo indeciso
someto mis deseos a la esquizofrenia.

Pero hay siempre un algo atrás que me enajena invisible:
y así como verse a los ojos es una imposible práctica
descansan los míos en la resignación
de nunca ver reverso ni la mía ni el enfrente
de todo el inventario que me cuelgo y otros ven sin mi mirada
ahí frente a mis cejas, como un espejo ciego.

 

 

PABLO ANADÓN

 

 

 

 

Traduciendo a Robert Frost 

“One luminary clock against the sky
Proclaimed the time was neither wrong nor right”
R. F.

 

Es más de medianoche
Y en mi sillón de siempre
A la luz de la lámpara, traduzco
O intento traducir a Robert Frost.

Toda la casa está en silencio;
duermen los hijos, duerme la mujer.
Paladeo el tabaco de la pipa
Y las palabras de sabor antiguo

Y nuevo: I have been one
Acquainted with the night.
Tintinean los hielos en el vaso
De oro líquido. El oro de las horas

Tintinea en el alma, con un eco
De eternidad. No encuentro las palabras,
Pero así desearía que me hallara la muerte:

con mi libreta y con mi lapicera
Jugando al juego de la poesía
─Que, como bien sabemos,
es un juego bien serio─:

Viejo de cuerpo pero en alma un niño
Que convierte el dolor que lo desvela
En historias soñadas que se cuenta en silencio.

La desdicha del hombre, y este amor que agoniza,
se aquietan en el cuadro azul de la ventana:
un reloj luminoso contra el cielo
Proclamaba que el tiempo no era malo ni bueno.

 

LOREA CANALES

 

 

 

Volcanes

 

De las cenizas del volcán
algo volverá a brotar,

quizás.

Los cadáveres en tambos de ácido
no sirven de fertilizante.

 

 

KURT HEYNICKE

 

 

 

La imagen

 

Mundo, ¡cómo te tambaleas!
Pasas junto a mi mano extendida,
Colorida e invadida de sangre,
¡Mundo!

Se precipita un grito de medianoche a la medianoche,
un grito, oh, mundo,
¡tu grito!

Grito de tus madres,
grito de tus hijos –
renquean las tropas ante el muro encarnado,
jadea y se hunde humeante el país dorado,
renquean las tropas y ascienden y marchan –
¡tropas por siempre,
de soldados las tropas,
de madres las tropas,
de humanos las tropas

 

Versión de Medea Müller Alonso y Carmen Gómez García

 

 

martes, 30 de mayo de 2023


 

ÁNGEL MIQUEL

 

 

 

 

Paseante

  

Hay dos estirpes en su linaje. Él, por desgracia,
no está con los que se deslizan, sobrios artistas
erguidos sobre los hielos que forman la superficie
del mundo, y hacen figuras que se celebran
ruidosamente, sino con los que a cada paso
calan lo que abajo quema, sin mayor ganancia.
Pero tiene el consuelo de que tarde o temprano
las dos estirpes van dóciles, cadenciosas,
al mismo sitio, donde sólo las distingue
una inscripción borrosa cincelada en la piedra
y el color de las rosas que nutre tanto calcio.

Y él, ¿quién es? ¿Donde está? ¿Acaso en esa carne
rojiza atormentada por las ganas de amar, en esa espera
de que ocurra un milagro que le quite la angustia,
en la hilera de ilusiones una tras otra quebrantadas?
¿Dónde está, para tomarse con afecto de la mano
y conducirse al buen camino? Busca en la obra
dramática que ve todos los días, y no quiere saber
si el papel que lo espera con los brazos abiertos
es el que quiere actuar hasta que acabe todo.

Para limpiar la mente y olvidar el complicado
asunto se va a pasear al bosque, un gesto
que lo ata con su prehistoria, pues en ese camino
al que dan sombra grandes árboles frondosos
es el mismo extraviado que sus ancestros. Y ahí,
sin saber más que el ritmo de sus pasos,
camina para borrarse, como en una pizarra,
sintiendo cómo el aire fresco que entrecruza
su aliento limpia lo que conoce de sí. Camina,
camina, hasta que algo imperioso y antiguo
lo detiene: la forma de una piedra. No sabe
bien cómo ha llegado hasta esa irradiación,
ni hacia dónde abrirá el follaje su mirada
inocente el segundo que sigue. No importa,
ahí, si el espacio y el tiempo conformaron
alguna vez su vida. En esa piedra, perfecta
en su tranquila eternidad, se hunde para ser,
con ella, majestuosa presencia perdurable.

 

 

JOHN ASHBERY

 

 

 

Sólo sueñan con América

 

Sólo sueñan con América
Perderse entre los trece millones de pilares de hierba:
«Esta miel es deliciosa
aunque pica la garganta».

Y escondiéndose de la oscuridad en graneros
pueden ser adultos ahora
y el cenicero del asesino es más fácilmente;
El lago un cubo lila.

Sostiene una llave en la mano derecha.
«Por favor», pidió de buena gana.
Tiene treinta años.
Eso fue antes

de que pudiéramos conducir cientos de millas
por la noche entre dientes de león.
Cuando su dolor de cabeza empeoró
paramos en una estación de llenado de alambre.

Ahora sólo le preocupaban los signos.
¿Era el cigarro una señal?
¿Y qué pasa con la llave? ¿La clave?
Entró lentamente en la habitación.

«No me habría roto la pierna si no me hubiera caído
sobre la mesa del salón. ¿Qué se siente al estar de nuevo
al lado de la cama? No hay nada que podamos hacer
para liberarnos, salvo esperar en el horror de ello.

Y estoy perdido sin ti».

 

Versión de Julio Mas Alcaraz

 

SILVIA COLMENERO

 


 

Nada

 

Nada en el depósito de mi albedrío
nada un pez un todo estanque
ya sin moverse no hay anillos que sus líneas
crucen las paredes de mi hueco en resonancia,
sólo hay eco y hoy las ondas
no se tocan entre sí una sola curva.

¿Dónde hay agua?
siento árida una esquina de mis ojos,

¿dónde hay sed con que humectarse la garganta?

Nada ya desde mi vientre
nada un vaho un fútil soplo
ya sin olor para crecer parir obrar
los verbos fáciles como las putas
que lo mismo dan sin recelos
sin hacer cimbrar estallidos ni tumbas
sin acción encumbrada en su seno
un tanto descuadrados sin palanca ni arista
dispuesta a destruirse.

Estáticas las aguas hay en mi marea
nada en las neuronas dispersas
nada un entusiasmo una violencia
ya sin augurio no hay redes que dispongan
coordenadas anunciantes de una nueva profecía
sólo es mundo un inconexo páramo en que el otro es una tinta
llena de palabras armas donde no hay un timbre que se inicie en las olas.

 

 

PABLO ANADÓN

 

  

 

El ruido de la segadora
 

De pronto el ruido de la segadora
Se ha acallado, y entonces percibimos
Que nos ensordecía. Y entreoímos
En la mente el latido de esta hora
Silenciosa del campo… Hay una hora
Así en la vida, cuando lo que fuimos
Por años, se detiene, y descubrimos
Que esa voz que se apaga y se demora
Es la nuestra. Sentado en el sillón
De mimbre viejo en el umbral de casa
He traído de nuevo al corazón
Tanta cosa querida, y en la escasa
Luz del día he rezado una oración
Por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa.

 

MARÍA ELENA SOLÓRZANO

 

 


 

VIII

 

Tu ombligo es un enigma,
la mitad de tu bella geografía,
el punto nodal de tu epidermis.

Buscando una moneda lo recorro,
encuentro la llave clandestina
que al centro de tu vientre me conduce.
Allí trasciende la semilla.
Allí los advenimientos nacen
y se ocultan los azogues.

Instante de abiertos tulipanes.

Tu ombligo es alborozo de la tierra
y no me importan nubarrones
ni murallas en los cerros
ni los hirientes guijarros de la calle
ni el trueno que rumia la tormenta.

 

 

 

 

LOREA CANALES

 

 

 

entonces…

 

¿encajuelado
entambado
encobijado
enteipado
encostalado
encanelado?
escoge

 

 

lunes, 29 de mayo de 2023


 

TED HUGHES

 



La última carta

 

¿Qué pasó aquella noche? Tu última noche
doble, triple exposición
a todo. Tarde, el viernes,
mi última visión de ti viva.
Quemabas tu carta para mí en el cenicero,
con esa extraña sonrisa. ¿Había arruinado tu plan?
¿Me sorprendió antes de lo que esperabas?
¿Te la llevé corriendo demasiado pronto?
Una hora después —te habrías ido
a donde no podía encontrarte.
Me habría regresado de tu cerrada puerta roja
que nadie hubiera abierto
sosteniendo aún tu carta,
un rayo que no pudo aterrizarse.
Habría sido terapia de choques
para mí,
repetida una y otra vez, todo el fin de semana,
cada que la leyera o pensara en ella.
Hubiera cambiado mi mente, y mi vida.
La terapia que planeaste necesitaba algo de tiempo,
no puedo imaginar
cómo habría sobrevivido el fin de semana.
No lo puedo imaginar. ¿Lo habías planeado todo?

Tu carta me llegó antes —ese mismo día,
el viernes en la tarde, enviada por la mañana.
Los demonios reinantes la aceleraron,
fue una gota más de mala suerte
llevada a ti por la oficina de correos
y sumada a tu carga. Me moví rápidamente,
a través del crepúsculo londinense, de febrero, azul-nieve.
Lloré con alivio cuando abriste la puerta.
Un montón de acertijos en solución. Lágrimas precoces
que no lograron traducirme, no lograron divulgar
su valor verdadero. Pero qué dijiste
sobre los fragmentos humeantes de esa carta
tan cuidadosamente aniquilada, tan calmada,
que me dejaron soltarte, y dejarte
a borrar sus cenizas de tu plan —del cenicero
contra el cual te apoyaste para que leyera
el teléfono del doctor.
Mi escape
se convirtió en algo tan perseguido
insomne, sin esperanza, todos sus sueños exhaustos
sólo quería ser capturado de nuevo, sólo
quería caer, salir de su vacío.
Dos días de nada colgante. Dos días gratis.
Dos días en ningún calendario, pero robados
de ningún mundo,
más allá de realidad, sentimiento o nombre.

Mi vida amorosa lo agarró. Mi adormecida vida amorosa
con sus dos agujas locas,
bordando su rosa, punzando y jalando
su tapicería, su tatuaje sangriento
en alguna parte tras mi ombligo,
enhebrando ese amasijo de adornos,
dos agujas locas, entrecruzando sus puntadas,
escogiendo entre mis nervios
sus colores, remodelándome
dentro de mi piel, cada una reconstruyendo a la otra
con sus propias caricaturas,

su obsesivo entrar y salir. Dos mujeres
cada una con su aguja.

Esa noche,
mi Susan dellarobbia. Me moví
con la cautela
de la flama en una mecha. Toda mi furia
fue un abandonado esfuerzo para explotar
el viejo globo donde las sombras se inclinaban
sobre mi rastro delator de cenizas. Corrí
de aquí para acá, de espaldas, una película en reversa,
¿hacía qué? Fuimos a la calle Rugby
donde tú y yo empezamos.
¿Por qué, entre todos los lugares, fuimos ahí?
¿Por qué fuimos ahí? La perversión
en el arte de nuestro destino
ajustó sus finuras para ti, para mí,
y para Susan. El solitario
que jugó el Minotauro de aquel laberinto
incluyó aun a Helen, en el departamento de la planta baja.
La habías notado —una chica para un cuento.
Jamás la conociste, pocos la conocieron,
excepto a través de las orejas y la máscara demente
de su Pastor. Ni siquiera fugazmente la viste.
Sólo te echaste para atrás
cuando el loco animal estrelló su peso
contra la puerta mientras nos escurríamos por el pasillo
y lo oímos ahogarse en infinito odio alemán.
stanza-break
Aquel domingo por la noche abrió su puerta
los pocos centímetros permitidos.
Susan recibió sus ojos negros, el sobrepeso
infeliz, bello rostro, que se asomaba
por la cadenita. La puerta se cerró.
La oímos consolar a su carcelero.
En su celda, su perrera, donde días después,
gaseó a su feroz kapo, y a sí misma.

Susan y yo pasamos la noche
en nuestro lecho matrimonial. No lo había visto
desde que nos acostamos ahí el día de nuestra boda.
No la llevé a mi propia cama.
Pensaba, que tras el fin de semana,
podrías aparecer —una visita sorpresa.
¿Apareciste, para tocar mi ventana oscura?
Así que me quedé con Susan, escondiéndome de ti,
en nuestro lecho de bodas —el mismo del que
en tres años sería llevada a morir,
en aquel mismo hospital donde, en doce horas,
te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
la llevé a su trabajo, en la ciudad,
luego estacioné mi camioneta al norte de la calle Euston
y regresé a donde mi teléfono esperaba.

Qué pasó aquella noche, en tus horas,
es tan desconocido como si nunca hubiera pasado.
Qué acumulación de tu vida entera,
como esfuerzo inconsciente, como parto
empujando por la membrana de cada lento segundo
al siguiente, pasó
solamente como si no pudiera pasar,
como si no estuviera pasando. Qué tanto
sonó el teléfono ahí en mi cuarto vacío,
tú escuchando el tono en el auricular—
en ambos lados la evanescente memoria
de un teléfono sonando, en una mente
como ya muerta. Enumero
cuantas veces caminaste a la cabina del teléfono
hasta abajo de la terraza de St. George.
Estás ahí siempre que miro, saliendo
de la calle Fitzroy, cruzando
entre los bancos apilados de azúcar sucia.
En tu largo abrigo negro,
con tu trenza enrollada tras tu cabeza
caminas incapaz de moverte, o despertar, y ya eres
nadie caminando,
caminando en las vías bajo Primrose Hill
hacia la cabina de teléfono inalcanzable.
Antes de medianoche, después de medianoche. Otra vez.
Otra vez. Otra vez. Y, casi al amanecer, otra vez.

¿En qué posición de las manecillas de mi reloj
tu último intento,
ya profundamente rebasada
mi capacidad de escucharte, sacudió la almohada
de esa cama vacía? ¿Una última vez
tocó levemente mis libros, y mis papeles?
Cuando llegué mi teléfono dormía.
La almohada inocente. Mi cuarto dormía,
cubierto ya de luz matinal iluminada por la nieve.
Encendí el fuego. Había sacado mis papeles.
Y había empezado a escribir cuando el teléfono
se sacudió, en una alarma trepidante,
recordándolo todo. Se recuperó en mi mano.
Luego una voz como arma elegida
o inyección medida,
entregó fríamente sus cuatro palabras
al fondo de mi oído: "Su esposa está muerta."

 

Versión de Iván Viñas

 

JOHN ASHBERY

 

 

 

Para Redouté

 

A las rosas verdaderas alzadas en la marea biliosa del anochecer
y a las glorias de la mañana salpicando el día creciente
la forma ovalada responde:
mi primero es un rostro fascinante
entre el cabello que cuelga.
Mi segundo es agua:
soy un colador.

Mi única cosa nueva:
el castigo de la luz eterna
sobre las cabezas de los que estaban allí
y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo.

Una vez aprobado el magenta debe continuar
pero la isla de corteza ve
dentro de la luz:
se lamenta por lo que da:
lágrimas que rayan el cielo polvoriento.


Versión
de Julio Mas Alcaraz

 

SILVIA COLMENERO

 


 

Témpano soy

 

Ego una grata persona
la onírica estatua como un iceberg que danza
vestido con faldas marinas enaguas,
las turbias esconden los hielos ignotos
las vagas creaciones de una erótica caricia
que ego me descubro en las astillas que me invento
en el azul de mi futuro.

Ego un artificio de témpano conmensurable
ego en un helado vértice
que lamen las corrientes inspiradas por el ejercicio de pensar,
la leve sospecha de que algo se esconde
la ïò ïò yo el correlato
de mi azul expuesto al viento
las sales que se arraigan negras,
la forma no pulida que sostiene mi narciso,
ego ahí en la superficie
admiro ahí donde los rayos enceguecen
la mirada en el océano
yo una estatua ahí una intriga
un deseo fervor que me derrite
el atavío en mi cadera
que flotante muy balanza
va asomando un hueco roca,
un lado obscuro, ego non grata
y sin embargo me relame un ansia
de verme aquello que bajo un fondo de cristales
pronto habrá de ser la efigie supraterrena
la mole a pulir con el cincel que, simultáneamente
soplará las aguas
que me harán girar de nuevo ego más grata
como una fina astilla:
un simple hielo pronto a disolverse en el agua.

 

 

PABLO ANADÓN

 



Recolección nocturna

 

El ruido de los frenos en la noche,
Los gritos de los hombres, el crujido
De vidrios que se rompen, algún coche
Que toca la bocina, y el sonido
De las botas que corren en la escarcha;
La máquina que zumba y que rechina,
La voz que dice “¡Vamos!”, una marcha
Y el camión ya se pierde por la esquina.
Es la hora en que pasan por aquí
A buscar la basura. Son las dos,
Y ahora hay silencio y luna y soledad.
Yo pienso en otra calle en la ciudad
Donde aún no han llegado. Pienso en vos
Y en la casa, la nuestra, en que viví.

 

LOREA CANALES

 

 


 

fuego cruzado

 

su hijo
se metió
entre nuestras balas
haga el favor
de quitarlo de ahí

 

 

MARÍA ELENA SOLÓRZANO

 

 

 

XI

 

El centauro trota en la orilla del mar,
su cabellera brama con el viento,
refulge su pelambre,
sus cascos se manchan de azul.

Bebo esencia de caléndula,
prende el fuego en mis entrañas.

Mis pupilas lo acosan,
me requiere.
Al galope nos perdemos
en la gruta del acantilado
donde humean los siglos
y salpica licores el verano.

 

 

domingo, 28 de mayo de 2023


 

AITANA ALBERTI

 


 

Amazona en la Centella

 

Amazona en la centella
amazona en el aire
y en el halcón dorado
que rasga en dos la tarde
creyendo ser la flecha

Te ceñiré con brazos de agua reposada
cabalgaré tus vientos
libre seré en tu carne
No impongas
un vuelo corto al canto de mi boca

Ámame como soy
tan amorosa como la llama del hogar
y tan lejana como la Cabellera de Berenice

Ámame como soy
te entregaré multiplicado el cielo

 

De: “Crónica familiar”

 

ROSARIO LOPERENA

 

  

 

Ornitología

 

Toda la noche estudié el fenómeno del cambio de voz en los pájaros
causado por motores. Los Dodge, los Mitsubishi, los han hecho barítonos;
quedan ya pocos sopranos y son los indigentes de los abedules.

Su nueva conciencia de tenor es para atraer gusanos
y alimentar hijos que pían como criaturas pop.

Bajo las ramas, los oráculos más precisos son las caricaturas.

Vivo en Iztapalapa, trabajo para el hombre más rico del mundo,
odio esta democracia y mi código ético me hace evitar las hamburguesas.

Hoy los árboles son casi tan hostiles como las ciudades.

Los altares son para los que sobreviven.

 

 

IRENE SELSER

 

 

 

El álamo Carolina


El ferrocarril todavía pasa por el pueblo de Chacabuco
donde, solitario y sin estacas, nació el más bello de los árboles.
Fue creciendo hacia arriba y por debajo,

llenándose de preguntas como de pájaros¹.
Sueña el álamo Carolina con el siguiente verano cuando todo resplandece,
pero aún es mayo en el sur otoñal.
Por fin ve aproximarse al hombre a lomo de un caballo exhausto
–¿dónde estaba el desaparecido?
Él se quita el sudor de los párpados con la manga de la camisa,
aspira el verde y se recuesta en el tronco.
Entonces Haroldo se duerme y sueña que es un árbol.

 

De: “Don de la ausencia”

1.- Haroldo Conti.

 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

  

 

II

Retornados

 

Me fui hace 15 años
volví por razones que no puedo explicar a través del lenguaje
no todavía.
Era un pendiente conmigo misma
y con mis hijos.
Volver.
Hubiese querido que fuese por otras razones
menos apremiantes
pero heme aquí
henos aquí.
Llegué al aeropuerto monseñor Romero
con una cantidad irrisoria de dinero
que se multiplica gracias al trabajo de este cerebro
y estas manos de uñas recién cortadas
para todo lo que la crianza impone.
Fructificar, pienso, mastico.
Fructificaré, lo sé.
Floreceremos.
Las primeras tardes que salí a caminar quería llorar
todo el tiempo.
No sé por qué.
Sí sé por qué.
“No vayás caminando, no andés en bus”.
Máscaras.
Mascarillas.
Una mujer desconocida me habla en la parada como si
yo, ella, toda la vida.
He vuelto a casa. Yo soy mi casa y la casa de mis hijos.
He vuelto al cubil.
Me abraza y me duele todo.
¿Cómo nos dicen a los que volvemos del norte a El Salvador
después de tantos años?
Retornados.
Soy un fantasma de hace 15 años
pero me siento tan cómoda
como alguien que tenía mucha sed
y luego bebió.
Me gusta la música que ponen en la radio.
“No le cambie”, quisiera decirle al chofer de la 46-C,
pero solo guardo silencio.

 

De: “Más allá de la aureola marrón y núbil”

 

ELIZABETH PÉREZ TZINTZÚN

 

 


 

Cantador

 

Andas
buscando por todas partes la canción
aunque tus pies no lo sepan todavía.

Como al árbol de durazno
miras así tantas flores en sus ramas.
Y cuando comienzan los duraznos a madurar
das vueltas y vueltas a su pie
con la gana de cortarte el mejor fruto.
Después
ansioso lo muerdes.

Andas buscando a veces
estar solo
y el canto del gallo, del pájaro, del búho
y del grillo te acompañan.

Si tienen tus ojos
dónde mirarse,
si habla tu boca
y suena la guitarra,
habrá de estar contigo
una flor de durazno.

 

La versión original del poema está escrita en lengua P’urhepecha

 

 

LOU PARRA

 


 

Mancha 2

 

Por tu presencia mítica,
cuerpo estriado
es mancha
de/mente.

Ha salido y vuelto
a tu madriguera
con motes aciagos
y una parábola en su cuerpo.

Plomizo abandono
que sabe lo que pasa
y como giróscopo
corrompe la tierra.

Animal de prueba
con veneno regulado
avanza y retrocede
para beber su agonía.

Vedeja perdida,
niega el fuego
que otros prenden
en su cabeza.

Del espacio cavernoso,
Safo y Platón le despiden,
y sin pre/texto
se vuelve tinieblas.

 

 

sábado, 27 de mayo de 2023


 

AITANA ALBERTI

 


 

Soledades

 

1

Soy una soledad que nada tiene de tristeza
quizás sí de nostalgia
de prado que huye
bajo la luz de una mañana
anterior a mis ojos

 

2

Cada tiempo
tiene un minuto solo nuestro
Sesenta segundos de infinito

 

4

…yo también me voy…

Busco dentro de mí el caminito aquel

 

5

Todo pasará como la lluvia
Volaremos a otro puerto
y este quedará solo
iluminando la nada

 

6

No me olvides árbol de mi jardín
llueve tus hojas cada otoño
dormiré en tus raíces
abrazada a la tierra.

 

De: “Amazona en la centella”

 

 

ROSARIO LOPERENA

 

 


 

Sobre la misteriosa aparición de las figuras geométricas

 

La naturaleza de la naturaleza es la copia.
Buscar un igual en uno, pero no idéntico. Replicar.
Dar una respuesta que no podría ser (otra).
Un día el mundo pensó otros mundos,
mundos más pequeños en los que solo habitarían nombres.
Prismas. Polítopos que se aparean en la luz y que se multiplican como rayos.
El mundo se copió exacto en infinitud de sueños.
Se copió —en las piedras, en las conchas, detrás de los párpados,
en cada pliegue del futuro, en las migraciones, en las próximas vidas—
lo que seremos un día debajo del azufre.

Una figura geométrica es un conjunto no vacío cuyos elementos son puntos.
Pequeños mundos no vacíos, llenos de pequeñas nadas.
El iris de los ojos comparte los mismos materiales que una gema partida en dos,
que el cuerpo de un pescado partido en dos,
que el fémur de un elefante partido en dos,
que el veneno de los seres más amados,
que la carne entregada por primera vez,
que el rezo a los dioses en los que yo no creo,
que el momento en que se jaló el gatillo,
que el grito cuando el cuerpo se abandona.

“Todo hombre en ∅ es inmortal”
Una figura geométrica es un lugar donde no hay muerte
y hay lagartos que solfean.

También la palabra es una figura geométrica.

 

IRENE SELSER

 

  

 

El Xolo

 

Con los ojos saltones y la lengua exhausta,
el xoloitzcuintle guía a los muertos en su marcha al Mictlán,
el inframundo de nueve pisos.
Los descarnados propiamente hablando avanzan cabizbajos hacia el norte.
No importa si fuiste una persona ética,
acostumbrada a reflexionar acerca de la verdad de tus valores
y a elegir deliberadamente lo correcto.
Sabrás que el destino final no lo dicta la rectitud,
sino la manera en que abandonas lo terreno,
pedazo de hueso molido y sangre de los dioses.
De poco servimos, pues, aun si logramos cruzar el río Chignahuapan,
caudaloso como el Bravo en tiempos de trashumancia.
Después de la corriente vendrán dos montañas y la tercera de obsidiana,
catacumbas y fieras comecorazones,
todo ello para descansar o desaparecer en cuclillas.
Mejor comer setas amargosas y masticar peyotl dotados de un buen amuleto.
El trayecto no es para improvisados
aunque Xolo nos acompañe moviendo la cola, alegre y devoto.

De: “Don de la ausencia”

 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

  

 

Autorretrato 2021

 

Soy una mujer redonda
de curvas acentuadas.

Hoy
la señora de la tienda me dijo que,
de joven,
seguro tuve un buen cuerpo.

No sé por qué las últimas dos señoras de las tiendas,
de las dos últimas colonias donde he vivido,
en dos países diferentes,
me juzgan con tanto derecho
como si me hubieran dado a luz.

“Todavía tengo buen cuerpo”,
pensé para mí misma.

Señora, si yo le contara
lo que este pedazo de carne, músculos y huesos ha atravesado
se asombraría.

Dos veces fui cortada en siete capas
para sacarme a dos bebés cholotones
y temperamentales,
sobreviví a la tortura psicológica de mi exconsorte
sin terminar en un manicomio
y logré escapar
de donde muchas no lo logran.
Con prodigiosa ayuda,
por supuesto.

Escapé por segunda vez
de otro infierno
con nombre de linaje
y me siento capaz de moverme de todos los lugares
donde mis hijos y yo estemos en peligro
o no seamos bien recibidos.

Usted también ha sufrido, señora,
y ha gozado.

Ninguna de las dos es más que nadie.
Pero debería de cuidar más sus palabras.

No tuve un buen cuerpo,
lo tengo.
Mi cuerpo está vivo,
soporta a diario la angustia de ser persona,
es capaz de no quebrarse de tantas veces que tengo que agacharme para cargar a mis hijos.

Mi cuerpo siente deseo, señora, como el suyo,
a veces hambre,
a veces abulia y,
aunque hoy no es mi cumpleaños,
mi buen cuerpo y yo
tenemos mucho que celebrar.

 

De: “Más allá de la aureola marrón y núbil”

 

ELIZABETH PÉREZ TZINTZÚN

 

 


Preguntas

 

1
Las flores
¿Qué guardan en su miel
que los picaflor
buscan tanto?

 

2
El viento
¿Qué es lo que sopla tan fuerte
cuando por el gran silencio
—que hay en mi corazón— pasa?

 


La versión original del poema está escrita en lengua P’urhepecha