viernes, 9 de junio de 2023


 

WALDINA MEJÍA

 


 

En honra de Isis Obed Murillo Mencía, de 19 años, asesinado el 5 de julio
de 2009 por militares que dispararon a los manifestantes contra el golpe
militar-diputadil en Honduras concretado el 29 de junio y la restitución
del Presidente electo. Su padre declaró: “…nos duele su muerte, pero me siento
orgulloso que no muere por delincuente, ni por borracho,
sino por las causas que nos han reprimido”.

En honra de Tóger Iván Bados, Ramón Garcíam Noriga Fino, Wendy y tantos
compañeras y compañeros asesinados por estar en esta lucha.
Seguimos resistiendo también en su nombre.

 

NO hay modo
no hay ninguna manera de expresar
el dolor más cortante
la furia más eterna,
NO hay modo, no hay razones
sólo este llanto negro que nos hierve en el pecho
que se agolpa gritando con doscientas mil voces
por este hijo nuestro
asesinado.
Un hijo que nos costó crecer
con los ojos abiertos, muy abiertos
hacia la humanidad,
que no llegaba a veinte años
pero que acumulaba
siglos y siglos de aleteantes
esperanzas y sueños
por  justicia y equidad y una vida digna
a todas las personas, aún la más débil y sencilla.
Un hijo con el pecho luminoso
como aquél, como ella
como tantos y miles
en contra de otro golpe militar
para que no sigan remachando
la horrorosa barbarie de la fuerza del bruto
en nuestros pobres pueblos expoliados.

Un hijo que no murió como un borracho, un ladrón y menos

un corrupto
sino como un valiente luchador del pueblo.

Un hijo y una bala y un francotirador.
En las filas abiertas y sin armas
de doscientos mil manifestantes
que huían por las ráfagas de balas explosivas
el francotirador de las filas cerradas de soldados
encontró un blanco fácil en el medio
apuntó sin dudar

al hijo nuestro

y le cerró los ojos llenos de humanidad
y le abrió la cabeza
y escaparon aleteando con fuerza
sus inmortales sueños
y el dolor y la furia como abono
para sembrarse aún más entre los pechos
de la multitud que aquí quedamos.
Cayó su cuerpo entre su sangre y sesos
¡Asesinos, asesinos, asesinos!
gritamos impotentes y furiosos
levantando los puños y los pechos.

Un muerto es demasiado
y ya son muchos, Honduras, tus muertos
para salvarte de tus secuestradores
que te esquilman y hacen morir de hambre
 a la gran mayoría de tu pueblo,
golpistas del Estado cada vez que no les cuadra
su democracia de vitrina.
¡Asesinos, asesinos, asesinos!

Y NO hay modo, no hay forma de decir
este eterno dolor
que nos abisma, que nos enardece
por este hijo nuestro asesinado
por este hermano, hijo y padre nuestro
del cielo aquí en la Tierra.

 

FABRICIO ESTRADA

 

  

 

Fundación del paraíso

Sucede que estamos en inventario.
Estamos desmontando un mundo, estamos desmontando el artificio.
Ocurre que estamos borrando el número de serie y volviéndonos artesanos, llenos del barro de los días, amasados por el golpe, nos estamos haciendo irrepetibles.
Cada cosa, cada concepto es devuelto a una categoría básica y sustanciosa.
Trilobites, sílabas unicelulares: piedra, grito, alma.
Sucede que Eva sacó la cara y Adán la acompaña con su listado de novedades: esto es alegría, esto es tristeza, esto es mañana y esto olvido.
La mirada, los árboles, la hondonada de una herida brutal, ya son otros paraísos los que buscamos, nos hemos hartado de todos los frutales.
Esto es dolo, esto es ángel inverso, esto es flor y esto un hombre desollado.
Ocurre que estamos inventando el tiempo y el sueño debe esperar, con su capa rota el sueño, con sus brillos el sueño, con su descanso mortuorio el sueño.
Hemos abierto -de un solo tajo- el vientre pulposo del bien y el mal y lo entendemos frío, áspero, entendemos que el viento silba nuestros nombres y a él nos entregamos llenos de ramajes.
Sucede que nos sabemos nuevos
y estamos en inventario.

 

 

ROSARIA LO RUSSO

 

 


 

MIMADOS CON el chocolate caliente y negro,
Capitán Remordimiento y el Doctor Divago
parlotean en el diván una vida juntos.
Risas sardónicas, mandíbulas cuadradas,
se reflejan en una demolición maxilofacial
fundente. Él precaria ama de casa con pretensiones,
él preclaro parado intelectual,
el terciario avanzado que avanza compacto,
en testudo bajo en el desconcierto clase media.
La novelería estival mal que bien enloquece;
John Barleycorn must die, mi apoyo
instantáneo, mientras a mi pesar acumulo
penalidades kármicas en la maceración mística.

Nosotros que hemos hecho una revolución que no
ha funcionado, tomamos humo como leche
venenosa. El nuevo papa no ha dejado títere
con cabeza también en el limbo. Ni siquiera un niño
no bautizado podrá aspirar ya a una
semi-inmortalidad. En este claro que suspende
metales pesados inhalamos residuos tóxicos de
derechos civiles por así decir. Leo con indecible
placer, en una querida vieja traducción de
Santa Teresa sobre el valor incomparable de
una mortificacioncilla.

Sobre el torrente seco se deposita un légamo
de alcantarilla. Una grey atraviesa el polvo y estaciona
entre cubiertas de camiones quemados donde asoma una carcasa
de lavadora. La mirada va más allá. Por el fondo de colina
se quema doloso el sur, se pone un sub, ensarta un pez araña
esmirriado y le emascula la cabeza a la mar se eleva la peste
nocturna de la elaboración del cerdo y de la industria
de los productos locales, en la genérica llanura de las primicias
el olor de regaliz y menta por todas partes ha casi
desaparecido y en cualquier caso nos transmite un mito, incluso dónde
se esconde, de la infancia, la mística eólica de cuando
iba arriba y abajo en bicicleta a robar flores de calabaza
y moras, sonsacado, retractado, fin de mi campiña.

 

ANTONELLA ANEDDA

 

 


 

Despiertos

 

A distancia y detrás está el sanatorio donde es ingresada a los
veinte años. Lleva siempre la misma chaqueta de lana de cuadros
rojiza y negra. La nieve azota la tumbona donde está
toda la mañana con una botella de agua caliente entre las
piernas. Tiene miedo. A escondidas se hace un huevo en la
sartén. Entre la puerta y el viento el gas cuaja la yema sobre
un fuego azul-cobre. Ella duerme con un gorrito de pelo y
el pecho cerrado mientras la calle cruje con el hielo. La noche
tiene mil astillas. Una por cada vial.

Sana. Nacemos. Somos pequeños.
Un día ella toma impulso hacia los muros.
Se hiere. Ha sanado pero está enferma.
Recoge las velas. Descose el dobladillo de todas las cortinas de casa,
las quita de los rieles.
Toda la habitación tintinea.
Dejo las ventanas desnudas, dice.
Abre los grifos.
Acumula las aguas como un Profeta.
Es la Reina de la Noche de larga voz, es Turandot
y nosotros le construimos una Ciudad Prohibida volcando las mesas y las sillas.
Se envuelve en las telas, se tumba en el suelo.
Es el Faraón que navega por el Nilo.

Espera que sea tarde. Es tarde, susurra.

(Ella es –y no es– mi madre)


I

Vuelve. Es polvo pero entra en la casa. Da sombra en la pared y en el cojín,
mueve las planchas se inclina con gas violeta. Siente la sustracción como en vida
el hielo. Calcula las pausas pero sabe que es inútil sumar números con vacío,
    vuelo de los
átomos a la lana y al pelo de los gatos en las alfombras.
Desnuda mira cómo se precipita
su memoria sobre la estufa.

 

II

Pone en fila los recuerdos, ellos gritan que no han existido nunca.
Pone en fila los nombres ellos repiquetean juntos como cucharas de madera.
Pone en fila los rostros y ellos en hilera se disgregan
confundiendo las uñas con sonidos.
Habla con el aire. “Tú no hieres”, dice,
pero el aire quema y siega, con hoz, el pasado.

 

Versión de Beatriz Castellary y María Grazia Calandrone

 

MARÍA GRAZIA CALANDRONE

 

 

 

El altar de la especie

 

Era fácil amarla pero estaba destinada
a irse presurosamente y también a sumarse
a ciertos preparativos que los indicios consideran
meticulosos. Por la tarde cuidaba el jardín
en silencio. No entendíamos lo que pensaba, estaba
tranquila. O bien
hurgaba en un bloc de notas. Todas las noches –ya que se había vestido
el último cliente– compraba un dulce para el desayuno de la madre.

Por el agua viajan los desperdicios y son
retenidos a intervalos regulares por la rejilla enterrada
en la oscuridad y en el silencio que se crean a muchos metros bajo
el aspecto superficialmente aéreo del agua
que depende de la demora del sol en el ápice como una laca
democrática, un chorro desbordante de optimismo
también en las urticarias deshuesadas por el golpe de las fábricas.
Se llama calle de la fábrica de cáñamo y lleva,
en una mezcla de cieno y terrón
resistente al imprimirse del deshecho animal a la central
hidroeléctrica – es un sentimiento interrumpido, una deriva de los continentes y de
    los correspondientes desastres sumergidos
en la isla del cuerpo que termina
en la puerta del gran casamiento: hay sólo un guarda y controla
el va y viene entre las dos partes de agua y llama serpentina o quizás
    transmigración.
La encontramos en un extraño abandono
como si escindidas todas las ligaduras:
casi nada del agua del canal
ningún mal pensamiento
ninguna ironía
ni una gota de agua en los pulmones, ni siquiera
diatomeas –el cuerpo sostenido por una luz crítica
más allá del propio abandono– palpitaba al sol como presa de un éxtasis.

 

Versión de Beatriz Castellary y María Grazia Calandrone

 

FRANCESCA RANDAZZO

 

  

 

Dónde está el calor
Ese ambiente ligero 
     Desenfadado
En el que navegabas poeta
Dónde quedó
Sin contratiempos entre el caos
Tu horizonte radiante y azul
Ahora el frío
Descubre los perros, los postes
Los muertos
Los guardias congelados
Cuidando la casa del amo
El hielo
De sus armas
En acecho
Una masa de policías
Levita y fermenta en la noche
Sin color sin palomas
Sin árboles
Sin casas sin esquinas sin callejones
Sólo añicos sólo golpes
Y un reloj
Que marca
El toque de queda