MIMADOS
CON el chocolate caliente y negro,
Capitán Remordimiento y el Doctor Divago
parlotean en el diván una vida juntos.
Risas sardónicas, mandíbulas cuadradas,
se reflejan en una demolición maxilofacial
fundente. Él precaria ama de casa con pretensiones,
él preclaro parado intelectual,
el terciario avanzado que avanza compacto,
en testudo bajo en el desconcierto clase media.
La novelería estival mal que bien enloquece;
John Barleycorn must die, mi apoyo
instantáneo, mientras a mi pesar acumulo
penalidades kármicas en la maceración mística.
•
Nosotros
que hemos hecho una revolución que no
ha funcionado, tomamos humo como leche
venenosa. El nuevo papa no ha dejado títere
con cabeza también en el limbo. Ni siquiera un niño
no bautizado podrá aspirar ya a una
semi-inmortalidad. En este claro que suspende
metales pesados inhalamos residuos tóxicos de
derechos civiles por así decir. Leo con indecible
placer, en una querida vieja traducción de
Santa Teresa sobre el valor incomparable de
una mortificacioncilla.
•
Sobre
el torrente seco se deposita un légamo
de alcantarilla. Una grey atraviesa el polvo y estaciona
entre cubiertas de camiones quemados donde asoma una carcasa
de lavadora. La mirada va más allá. Por el fondo de colina
se quema doloso el sur, se pone un sub, ensarta un pez araña
esmirriado y le emascula la cabeza a la mar se eleva la peste
nocturna de la elaboración del cerdo y de la industria
de los productos locales, en la genérica llanura de las primicias
el olor de regaliz y menta por todas partes ha casi
desaparecido y en cualquier caso nos transmite un mito, incluso dónde
se esconde, de la infancia, la mística eólica de cuando
iba arriba y abajo en bicicleta a robar flores de calabaza
y moras, sonsacado, retractado, fin de mi campiña.
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