"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 7 de julio de 2026
CÉSAR CONTO
El
poeta
Vedlo
extender sus alas poderosas
Y hasta las nubes remontar el vuelo
Vedlo vagar con incansable anhelo
Por regiones de eterna claridad
Vedlo fijando su mirada ardiente,
Que un rayo de los cielos ilumina,
Sobre la muda tierra que se inclina
Ante el brillo de tanta majestad
Sobre la tierra, que al oír su acento
Atónita se postra ante su planta,
Y al genio un trono espléndido levanta
Y le ofrenda coronas de laurel:
Es el hijo del genio, es el poeta
Que desde el cielo inspiración recibe,
Que en la región del idealismo vive
Y á quien el mundo sirve de escabel.
Es el poeta, cuya voz sublime
Repite el eco por la inmensa esfera,
Cuya mirada ardiente reverbera,
En círculos de fuego, rayos mil
Es el poeta, que cautiva el alma
Y de placer y admiración la llena,
Cuando su acento celestial resuena
Al compás de su lira de marfil.
Salva del tiempo el insondable abismar
Arrebatado en su orgulloso vuelo
De inspirado profeta, y rasga el velo
Del incierto y oscuro porvenir:
Torna la vista hacia el pasado y canta,
Y la magia secreta de su acento
Da á lo que fué calor y movimiento
De entre escombros haciéndolo surgir.
Eterniza el recuerdo de los hombres
Que asombraron al mundo con sus hechos,
Y hace brotar en los heroicos pechos
Sentimientos de gloria y gratitud
Anatemas fulmina sobre aquellos
Que oprobio fueron y terror del mundo,
Con el acento aterrador, profundo
Con que dama indignada la virtud.
En éxtasis sublime su alma absorta
Contempla embebecida la belleza,
En su tipo supremo, en su pureza,
Circundada de vivo resplandor;
Y en sus cuadros magníficos refleja
De la belleza el vívido destello,
Cuadros do imprime su indeleble sello
El inspirado numen creador.
Canta el amor, el sentimiento excelso
Que del hombre el espíritu sublima
Y con su fuego inextinguible anima
Los seres de la inmensa creación:
Amor! la luz que el universo inflama,
Vital aliento que el espacio llena,
Lazo divino que ata y encadena
El sér al sér en inmortal unión
Que la belleza y el amor ligados
Por misterioso lazo de armonía
Las fuentes son de luz y poesía
Que inspiración al pensamiento dan;
Inspiración de lo alto que revela
Imágenes sublimes á la mente,
Y cuyo influjo el corazón ardiente
Hace latir con delicioso afán.
Modula entonces su armonioso canto
El bardo al són de la vibrante lira,
Y el entusiasmo de su mente inspira
Al que escucha su acento seductor
Y dulcemente conmoviendo el alma
Con la magia de ignoto magnetismo,
A la vaga región del idealismo
La hace elevarse con creciente ardor.
Ora su voz atronadora junta
A la imponente voz de la cascada
Que, por mano invisible arrebatada,
Al abismo despéñase veloz
Ora al manso arroyuelo que serpea
En la llanura con murmullo blando,
Y en la verde ribera va besando,
El aromoso cáliz de la flor;
Ora rival del astro de los astros,
Su mirada sobre él fija tranquila,
Sin que ofusquen siquiera su pupila
Los rayos del inmenso luminar;
Ora sentado en la desnuda roca
A la ribera del mugiente oceáno,
Hace escuchar su acento soberano
Dominando el bramido de la mar.
Cuando en oscura noche de tormenta
Silban los rayos y retumba el trueno,
Canta el poeta, de entusiasmo lleno,
Al són de la furiosa tempestad;
Y alza su voz al Sér omnipotente
Que desata y refrena la tormenta
Desde el augusto trono do se sienta,
Circundado de gloria y majestad.
Busca el hombre en el mundo la ventura
Para saciar su corazón sediento;
Mas si prueba el placer por un momento,
Siglos padece de dolor también
Y al ver desvanecida la esperanza
Que le hizo amar su efímera existencia,
Tal vez alzando el grito en su demencia
Maldice al Dios dispensador del bien.
Pero escuchad! El arpa del poeta
Resuena ya con mística dulzura
Y del dolor templando la amargura
A el alma vuelve su perdida fe;
Y la vista nublada y abatida
Una mirada á lo futuro lanza,
Y el radiante fanal de la esperanza
Iluminando el horizonte ve.
Del pecho entristecido y agostado
Por el soplo letal del sufrimiento
Brota de nuevo un dulce sentimiento
De calma y de consuelo manantial:
Así al herir Moisés la dura roca
Del árido desierto con su vara,
Hizo brotar el agua fresca y clara
En abundante y límpido raudal.
¡Bien hayas tú, poeta afortunado,
Revelador sublime de lo grande,
Tú, cuyo ardiente espíritu se expande
Y esparce por doquier vivo fulgor!
¡Bien hayas tú, que al pecho dolorido
Que gime herido de mortal quebranto
Consuelo das con el celeste encanto
De tu divino acento arrullador!
Vate feliz, ¡ cuán dulces son tus cantos,
Cuán grato el eco de tu blanda lira,
Ora suspire tierna, cual suspira
La casta virgen, trémula de amor
Ora conmueva el vagaroso viento
Con robustas y sordas vibraciones,
Cual bramido de recios aquilones
Que levantan las olas con furor!
Canta! El numen que inspira tus cantares
Un destello es de luz del alto cielo:
Levanta audaz tu majestuoso vuelo
En alas de tu genio colosal;
Y cuéntanos tus sueños, tus visiones
En el mundo ignorado donde moras
Al són de aquellas notas seductoras
Que arrancas de tu cítara inmortal.
Tú, á quien el cielo concedió propicio
El instinto feliz de la armonía,
La fecunda y ardiente fantasía
Y una alma llena de entusiasmo y fe,
Canta, vate inmortal, esparce en torno
La luz divina que tu mente inflama:
Tuya es la gloria; que la eterna fama
Trenza guirnaldas para ornar tu sien.
Inmarcesibles lauros que no agosta
El mortífero soplo del olvido,
Como un lampo de gloria suspendido
Sobre tu noble frente, brillarán;
Y el eco de la fama renovando
De siglo en siglo tu perenne gloria,
Hará que no se extinga tu memoria
Con las edades que al pasado van.
IVÁN METÓDIEV
Una
mariposa
se ha estrellado en la campana.
Nadie lo oye.
De:
“Meros sentidos: obras selectas”
Versión
de Marco Vidal González
ÉMILE VICTOR RIEU
El
cumpleaños del hipopótamo
Ha
abierto ya sus paquetes
salvo el último, el mayor;
su ilusión está en lo alto
y le late el corazón.
Oh feliz hipopótamo,
¿qué regalo habrá aquí?
Corta el hilo. Todo enmudece.
¡Unas botas! Surgen así.
Oh
pequeño hipopótamo,
las penas de lo menor:
dejó caer dos lágrimas
al río en su clamor;
y el “gracias” que murmuró
fue el más triste que se oyó
en la selva senegambia
de ave, bestia o voz.
HERNANDO DOMÍNGUEZ CAMARGO
A la
muerte de Adonis
En
desmayada beldad
De una rosa, sol de flores,
Con crepúsculos de sangre
Se trasmonta oriente joven.
Cortóla
un dentoso arado
Que, a no ser de ayal torpe,
Por la púrpura que viste,
Le juzgara marfil noble.
Cerdoso
Júpiter vibra
Rayos, marfil, sobre Adonis,
Y el alma que trae de Venus
Hiere más, mientras más rompe.
Espumoso
coral vierte
Que en verde esmeralda corre,
Mar de sangre en quien a Venus
Naufragio prepara Jove.
Verdugo
monstruo ejecuta
De inflexible Dios rencores,
Y siendo amor el vendado,
Son cadahalsos los montes.
«¡Ay!,
fiera sangrienta, dice,
Si asegundarte dispones,
Advierte que en la de Venus
No en mi vida, has dado el golpe.
Y
matar una mujer
Con hazaña tan enorme,
Más para escupida es,
Que para esculpida en bronce».
Con
esto se vino a tierra
Esta hermosura Faetonte,
Y exhala beldad, ceniza
Del sol que agoniza ardores.
De
la herida a la ventana
El alma, al golpe, asomóse
Y aunque halló en la sangre escalas
Saltó atrancando escalones.
Cuando
de cansar las fieras,
Ciudadanos de los bosques,
Venía la diosa Venus
Guisando a su amante amores.
Perlas
desata en la frente,
Y su cuerpo exhala olores,
Que en amorosa porfía
Mejillas y aire recogen.
Juega
la túnica el viento
Y entre nube holanda expone
Relámpagos de marfil,
Migajas de perfecciones.
Arroyo
de oro el cabello,
Libre por la espalda corre,
De la cual pende un carcaj,
Vientre de dardos veloces.
Duplica
en la espalda flechas,
Rigores ostenta dobles,
Bruñido dardo a las fieras,
Sutil cabello a los hombres.
Al
pequeño pie el coturno
Le pone armiñas prisiones,
blando muro a dura espina
Que a tanta beldad se opone.
Fuentes
le abrió de coral,
Quizá previniendo entonces,
Que tanto fuego tuviese
Por la sangre evacuaciones.
Hilos
de rubí desata
Para que su nieve borden,
Con que en la tez de las rosas
Lácteos purpureó candores.
Ramos
de sangre en tal cielo
Fueron cometas atroces
Que le escribieron desastres
En tan sangrientos renglones.
Espoleóle
a su desgracia
Con la espina y arrojóse
Desde el risco del amor
Al zarzal de confusiones.
Trajinaria
de distancias,
La vista escudriña el orbe,
Ve un atleta con la muerte
Luchando en rojas unciones.
A
Adonis vio, jaspe yerto,
Por lo manchado y lo inmoble,
Y por dudar lo que ve,
Adrede le desconoce.
Asómase
toda el alma
A los ojos, conocióle,
Y por dudar y engañarse,
Con engaños se socorre.
Beber
la muerte en sus labios,
Cervatilla herida, escoge,
Muerte bebe en barro y vida
En boca rubí propone.
A
voces le encaña el alma
Y a la de Adonis, sus voces,
Como se va por la herida,
Son a su prisa empellones.
Mira
al cielo de su rostro,
Que alumbraban zarcos soles,
Y halla que a eclipsarlos vino
La luna de su desorden.
De
las mejillas, que en rosas
Desabrocharon botones,
Si bordados, no alelíes,
Cárdenas violetas coge.
El
panal dulce del labio,
Que entre ambrosia daba olores
Si es ámbar flor maltratada,
Hiel al néctar corresponde.
Mas
las víboras de sangre,
Que se arrastran por las flores,
Nueva Eurídice, la muerden,
Miembros de mármol la ponen.
Rabiosamente
se arroja,
Y es el remedio que escoge,
Beberle en la boca el mismo
Veneno que la corrompe.
La
boca avecina al labio,
A heredarle el alma, adonde
Como llegó Venus muerta,
Alterna muerte matóles.
Ay
Píramo!, ay, Tisbe nueva!
Riscos ablandáis que os lloren,
Pues caváis en una herida
Hoyo a dos vidas conforme.
Con
las palabras enjagua
Y dando nieve en sudores,
Con cansados huelgos dice
Estas quejas a los dioses:
«¡Ay
Dios bronce!
¡ay Dios diamante!
¡ay Júpiter!, cuando adores
A Europa toro, oro a Dafne,
Tus amores se malogren.
¡Ay,
Apolo vengativo!,
Cuando con pies voladores
Sigas a Dafne, de ingrato
Laurel tus sienes corones.
¡Ay!,
náufraga vida mía!,
Que un mar bermejo te sorbe
Y en la roca de la muerte
Te estrellas ya sin tu norte».
Dijo, y por la herida misma
Hasta el corazón entróse,
Que aún más allá de la vida
Un dulce amor se traspone.
JORGE ENRIQUE GONZÁLEZ PACHECO
Del
pesebre, madre
Sílaba
que reina lo materno
sobre mi hombro definitivo y blando,
va a librar infinita
los extravíos lejanos.
Obsequia
mi pupila al secreto
como columnas frágiles detrás del valle;
palpitante elevar escurridizo,
tan diferente al escaso modo.
Estremecida
de azúcar y sal
quiebra mi agrio perecedero:
remotos minutos, leve carne.
Frente
al instante, tierra inmutable
precisas el vagar a los decires,
desmemoriada voz, del pesebre madre.
CRIS RIVERO
La
urraca
el
pico
húmedo y sucio
chirriante
hurga entre los restos de un tintero abandonado
se ha lanzado de lleno sobre el papel
mancha con las patas cada resquicio
y se esmera en sacar adelante una simple sílaba
el pico
cortante
manchado de negro
rezuma hiel y pólvora mojada
tizna el pergamino sin retorno
rompe con las garras poemas ajenos
roba historias con su lengua
y las vomita hasta vaciar las venas
revolotea sobre la mesa, frenético
el pico
torcido
chorreante
no se refleja en la ventana
–en la ventana solo hay dedos–
huellas envejecidas
de sangre y tinta
de deseo y sueño
de lengua mordida hasta llorar
no hay graznido ni cuerdas vocales
no hay sonido posible que exista
pues aún no ha robado ninguna voz hoy
el pico
chasqueante, mohoso
rechina buscando un trozo de inspiración
para aprender a hacerla suya
dejar de buscar a la musa
conseguir un nombre propio
¿quién se refleja en la tinta?
¿de quién es el pico, los dedos, la voz rota?
¿quién está en la ventana?
¿tiene alas o manos, sabe siquiera escribir?
¿quién revolotea sobre la mesa?
¿quién rompedestrozaescriberoba este poema?
¿quién es el poeta?
¿y quién
en silencio roto
pico húmedo
es la urraca?
De:
“Instrucciones para un funeral”
