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miércoles, 29 de abril de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Blues del refugiado



Digamos que hay diez millones en esta ciudad,
unos viven en mansiones, otros viven en agujeros:
con todo, no hay lugar para nosotros, querida, no hay lugar.

Alguna vez tuvimos una patria y nos pareció justo,
mira en el Atlas y ahí la encontrarás:
no podemos ir a ella ahora, querida, no podemos ir.

En el cementerio del pueblo hay un árbol viejo
que año con año florece nuevamente:
los viejos pasaportes no hacen eso, querida, los pasaportes
    viejos no.

El cónsul golpeó la mesa y dijo:
“Si no hay pasaporte están oficialmente muertos”:
pero aún vivimos, querida, aún estamos vivos.

Fui a un comité; me ofrecieron una silla;
me pidieron cortésmente que volviera en un año:
pero ¿a dónde iremos hoy, querida? ¿hoy a dónde iremos?

Fui a un mitin público; el orador se puso de pie y dijo:
“Si los dejamos entrar se robarán el pan”;
hablaba de nosotros, querida, hablaba de nosotros.

Creí oír el estruendo de un trueno en el cielo;
era Hitler en Europa diciendo: “¡Deben morir!”;
nos tenía en mente, querida, nos tenía en mente.

Vi un poodle en un saco cerrado con un alfiler,
vi una puerta abierta para que entrara el gato:
no eran judíos alemanes, querida, no eran judíos alemanes.

Bajé a la bahía y me paré junto al muelle,
vi nadar a los peces como si fuesen libres
a cinco metros de mí apenas, querida, a cinco metros de mí.

Crucé un bosque, vi a las aves en los árboles;
no tenían políticos y cantaban a placer:
no eran la raza humana, querida, no eran esa raza.

Soñé que vi un edificio con mil pisos de altura,
mil ventanas y mil puertas;
ninguna era nuestra, querida, ninguna era nuestra.

Me detuve en la pradera entre la nieve que caía;
diez mil soldados marchaban de aquí para allá:
buscándonos, mi vida, buscándonos a ti y a mí.



jueves, 23 de abril de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Rimbaud



Las noches, los túneles, el mal tiempo,
sus horribles compañeros, lo ignoraban;
mas la mentira del retórico, en ese niño,
reventó como una gaita: el frío había hecho a un poeta.

Su amigo, lírico y débil, le traía tragos,
sus cinco sentidos sistemáticamente derrengados;
puso fin al sin sentido acostumbrado,
hasta que de la debilidad y de la lira fue apartado.

Los versos eran una especial enfermedad de los oídos;
la integridad no era suficiente; eso parecía
el infierno de la niñez: debía intentarlo de nuevo.

Ahora, galopando a través de África, soñaba
con un nuevo yo, un hijo, un ingeniero:
su aceptable verdad para los hombres falsos.



viernes, 17 de abril de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Por fin se devela el secreto...



Por fin se devela el secreto, como al final siempre debe
    suceder,
la suculenta historia está madura para contarla al amigo
    intimo;
sobre las tazas de té y en la plaza logra al fin la lengua
    su deseo;
aguas quietas corren en lo hondo, amada, no hay humo sin
    fuego.

Atrás del cuerpo en la morgue, atrás del fantasma
    en los linderos,
atrás de la dama que danza y del hombre que bebe como
    loco,
bajo la mirada fatigosa, el ataque de migraña y el lamento,
invariablemente hay otra historia, hay más de lo que mira
    el ojo.

Para la clara voz que súbitamente canta, allá arriba
    en las paredes del convento,
el perfume de viejos arbustos, las huellas amigables
    en el corredor,
los juegos de croquet en verano, el apretón de manos,
    la tos, el beso,
hay siempre un maligno secreto, una razón privada
    para todo esto.


sábado, 11 de abril de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





El laberinto



               Antropos apteros pasó varios días
               silbando en el oscuro laberinto,
               confiando alegremente su salida
               a su temperamento y a su instinto.

               La centésima vez que vio un arbusto
               que cien veces pensaba haber pasado,
               en la confluencia de cuatro senderos,
               reconoció al fin que se había extraviado.

“¿Dónde estoy? a menos de que tenga una respuesta,
dice la metafísica, una pregunta no puede ser propuesta,
por lo que asumo
que a este laberinto lo ha planeado alguno.

Si el pensamiento del teólogo es correcto
un plan implica la idea de un arquitecto:
un laberinto creado por Dios sería sin duda
un preciso universo en miniatura.

¿Serían los datos de la percepción,
en ese caso, válida comprobación?
¿Qué del universo que domino me puede decir
cuál es la dirección que debo seguir?

Lo que sugeriría el matemático
sería una línea recta: lo más práctico.
Pero izquierda y derecha en alternancia
es algo, con la historia, más en consonancia.

La estética en contraste cree que todo el arte
intenta el corazón gratificarte:
si rechazo disciplinas como ésta...
¿seguiré el camino, entonces, que mejor me parezca?

Sólo es verdadero este razonamiento
si se acepta el clásico discernimiento,
cosa que resulta imposible de asegurar
si al introvertido hemos de escuchar

ya que su absoluta presuposición
es que el hombre crea su propia condición:
este meandro no fue creado por la divinidad
y más bien es reflejo de mi culpabilidad.

Su centro, que no puedo hacer presente,
es conocido para mi inconsciente;
no tengo pues por qué desesperar:
en él he estado siempre con sólo así pensar.

El problema es cómo decir no quiero;
los que están quietos se mueven más ligero;
mientras no acepte que estoy perdido
porque yo quiero estarlo, estoy perdido.

Si eso fracasa, quizá yo debería
hacer lo que los educadores harían:
contentarme con la conclusión
ya que, en teoría, no existe solución.

Toda declaración sobre lo que yo siento,
como estoy perdido, es falsa al cien por ciento:
termina mi sabiduría donde había empezado:
cualquier barda es más alta que un humano.”

               Antropo apteros, vacilante,
               confuso ¿hacia atrás? ¿hacia adelante?
               mirando hacia arriba deseó ser el ave
               a la que estas dudas
               debían parecer poco menos que absurdas.


domingo, 5 de abril de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Herman Melville



Al final casi, navegando, entró a una calma singular
y ancló en su casa y alcanzó a su esposa
y bogó en la ensenada de sus manos
y cada mañana cruzaba a la oficina
como si fuera otra isla su trabajo.

Existía el Bien: esto era su nueva ciencia
su terror tuvo que alejarse totalmente
para que se diera cuenta; mas fue lanzado por el viento
allende el Cabo de Hornos del éxito razonable
que aúlla: “Esta roca es el edén. Aquí naufraga”.

Pero que lo ensordeció con truenos y lo aturdió con
    relámpagos:
—el héroe lunático cazando, como a una joya,
al raro monstruo ambiguo que mutiló su sexo,
odio por odio hasta vaciarse en grito,
sobreviviente imposible arrebatado al delirio—
todo eso era falso y complicado; la verdad era simple.

Nada espectacular el Mal, y siempre humano,
comparte nuestra cama y come en nuestra mesa,
y nos presenta al Bien todos los días,
hasta en las estancias rodeadas de yerros;
tiene un nombre (como “Billy”) y es casi perfecto
aunque porta como un adorno su tartamudez:
y cada vez que se topan tiene que pasar lo mismo;
es el Mal el que es desvalido como un amante
y busca pleito hasta encontrarlo
y ambos son destruidos abiertamente ante nosotros.

Pues ahora se había despertado y ya sabía
que nadie se salva mientras no sea en sueños;
pero había algo más que había sido trastocado por
    la pesadilla—

incluso el castigo era humano y era una forma de amor:
la quejosa tormenta había sido la presencia de su padre
y había sido llevado siempre en el pecho de su padre.

Que con delicadeza lo había descendido ahora para
    abandonarlo.
Se puso de pie sobre el balcón angosto y escuchó
y todas las estrellas arriba cantaron como en su infancia
“Todo, todo es vanidad”, pero ya no era lo mismo;
porque ahora las palabras cayeron como el sosiego
    de las montañas
—Natanaél fue tímido por ser su amor egoísta—
pero ahora gritó, transportado y vencido,
“La divinidad se ha roto como un pan. Nosotros
somos los pedazos.”

Y se sentó en su escritorio y escribió una historia.


viernes, 27 de marzo de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





La pregunta



Todos creemos
que nacimos de una virgen
(¿pues quién puede imaginarse

a sus padres copulando?)
y se sabe de casos
de vírgenes preñadas.

Pero la pregunta persiste:
¿de dónde sacó Cristo
el cromosoma que faltaba?


sábado, 21 de marzo de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Canción



¿En qué piensas paloma mía, mi gazapa?
crecen como plumaje tus pensamientos, callejón sin salida
    de la vida:
¿en hacer el amor o en contar el dinero,
o en robarte unas joyas, planes de ladrón?

Abre los ojos, tú, la más querida;
déjame cazar con tus manos que de mí se han escapado;
haz los movimientos que exploran lo familiar;
levántate en el margen del tibio y blanco día.

Levántate con el viento, mi gran serpiente;
silencia a los pájaros y oscurece el aire;
cámbiame con terror, vive un momento;
ataca al corazón y ahí detenme.



domingo, 15 de marzo de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Musée des Beaux Arts



Nunca se equivocaron sobre el sufrimiento
los Viejos Maestros; qué bien entendieron
su lugar en lo humano; cómo sucede
mientras otros por ahí abren una ventana, comen o en algún
    lado caminan sin fijarse;
cómo, mientras los ancianos apasionadamente
esperan el milagroso alumbramiento, debe siempre haber
    niños
patinando en un estanque a la orilla del bosque
que no tienen especial interés en que suceda;
nunca olvidaron
que incluso el temible martirio debe seguir su curso
a como dé lugar en una esquina, en algún lugar sucio
donde llevan los perros su vida de perros
y el caballo del verdugo
se rasca el trasero inocente contra un árbol.

En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo se aleja todo,
placenteramente, del desastre; el labrador
pudo haber oído el chapoteo, el desamparado grito,
pero para él no se trataba de un fracaso importante:
el sol brillaba como debía en las blancas piernas
que desaparecían entre las aguas verdes;
y el airoso y delicado buque, que algo asombroso debió ver
—un niño que caía del cielo—
tenía que ir a algún sitio y navegó con calma.

lunes, 9 de marzo de 2020

WYSTAN HUGH AUDEN





Septiembre 1, 1939



Me siento en un lupanar
de la calle cincuenta y dos,
incierto y asustado
mientras mueren las grandes esperanzas
de una década baja y deshonesta:
olas de rencor y de miedo
corren sobre las iluminadas
y oscurecidas tierras del planeta
oprimiendo nuestras vidas privadas;
el inmencionable olor de la muerte
ofende a la noche de septiembre.

La escolaridad debida puede
desenterrar toda la grosería que,
desde Lutero hasta ahora,
ha enloquecido esta cultura,
averigua lo ocurrido en Linz,
qué gran imagen hizo
un dios sicópata:
yo y el público sabemos
lo que aprenden los escolares:
aquellos a quienes se les hace mal
hacen mal a cambio.

Tucídides en el exilio sabía
todo lo que un discurso puede decir
acerca de la democracia,
y lo que hacen los dictadores,
la añeja porquería que dicen
a las tumbas apáticas;
todo lo analizó en su libro,
la ilustración ignorada,
el dolor que forma hábito,
pena y mala administración:
todo hemos de sufrirlo nuevamente.

Hacia este aire neutral
donde usan los ciegos rascacielos
toda su altura para proclamar
la fuerza del Hombre Colectivo,
derrama cada lengua su vana
competencia de disculpas;
pero quién puede vivir tanto tiempo
en un sueño eufórico;
se asoman fuera del espejo
la cara del Imperialismo
y el error internacional.

Los rostros en la barra
se aferran a lo cotidiano:
nunca deben apagarse las luces,
la música debe siempre oírse,
conspiran todas las convenciones
para que este fuerte asuma
los modos del hogar;
a menos de que veamos lo que somos:
perdidos en un bosque hechizado,
niños temerosos de la noche
que jamás han sido buenos ni felices.

La más ventosa basura militante
que gritan las Personas Importantes
no es tan vulgar como nuestro deseo:
lo que el loco de Nijinsky escribió
sobre Diaghilev
es cierto del corazón común;
pues el error creado en el hueso
de cada mujer y de cada hombre
ansía lo que no puede tener,
no el amor universal
sino ser en soledad amado.

De la oscuridad conservadora
hasta la vida ética
los trenes atestados vienen
repitiendo su voto matinal:
“Seré fiel a mi mujer,
me concentraré más en mi trabajo”,
se despiertan los desvalidos gobernantes
y reasumen su juego compulsivo:
¿quién puede liberarlos ahora?
¿quién puede alcanzar al sordo?
¿quién puede hablar por el mudo?

Lo único que tengo es una voz
para deshacer la mentira y sus dobleces,
la mentira romántica en los sesos
del sensual hombre-de-la-calle
y la mentira de la autoridad
cuyos edificios tentalean el cielo:
no hay tal cosa como el Estado
y nadie existe solo;
el hambre no deja escoger
ni al ciudadano ni al policía;
debemos amarnos unos a otros o morir.

Indefenso en la noche
nuestro mundo yace en estupor
y con todo, punteado en todas partes,
irónicos puntos de luz
relampaguean donde sea que los Justos
intercambian mensajes;

pueda yo, compuesto como ellos
de Eros y de  polvo,
sitiado por la misma
negación y desesperanza,
mostrar una flama afirmativa.