viernes, 26 de junio de 2026


 

PAULA F. LUPIÁÑEZ

 


 

Cuarto peldaño

  

Hoy el brazo me escupió́ al pasar la cuchilla.
No supe si fue el jabón o la orden mal dada.
Mi cuerpo ya no firma la paz con su proyecto.
Últimamente fallo. Camino sin saber
si yo dije «camina». Hay gestos que se mueren
antes de ser del todo.

El aire no me sigue cuando pelo cebollas.
Las yemas, como párpados, bajan su cortinilla.

Subo la escalera, la duda me sostiene.
Al cuarto peldaño algo me dice «quieto».
No sé si es el tobillo, la médula, o el siglo.

Ayer me miré en la ducha como quien se registra.
La sombra no faltaba, la piel seguía su curso.
La toalla estirada parecía una bandera

como una patria perdida en su derrota.
Desde el salón cantaba su voz algo en inglés.

And if I should falter
Would you open your arms out to me?

Me partió́ por la mitad.
Le pregunté a la estufa si notaba el invierno.
Guardó su protocolo, no dijo, no sabia.
Me da miedo pensar que al mover los dos brazos
no ocurra lo esperado. Hay quien gime su fiebre
como un reclamo para ser oído.
Yo prefiero el sigilo: lavar sin que me vean,
comer sin hacer bulto, que nadie se dé cuenta
de cuando empezó́ el fracaso
a roerme los huecos.

 

De: “Pan recién horneado bajo el brazo”

 

 

GREGORIO CASTAÑEDA ARAGÓN

 

 

  

 

La canción del marinero

  

Con la primera luz surgió la clara
canción de un marinero. Un fresco canto
que venía de lejos, de los montes
cubiertos de verdor.

Y soplaba tan recia la ancha ráfaga,
que inquietando la voz áspera y ruda
la hacían tornar a los nativos montes
como un pájaro loco.

Así tu alma salvaje, oh marinero
que fuiste labrador, torna a la tierra
húmeda y negra donde echaste el grano.

Y los ramajes fértiles, regados
con tu sangre, ahora sienten la frescura
de tu canto en la brisa mañanera.

 

 

ÁNGEL GAZTELU

 

 

 

Paisaje

  

Ventana, a la luz lanzas
tus brazos, abres tus hojas,
como un pájaro sus alas
y haces la estancia sonora.

Traes las voces de la calle,
los ruidos de los pasos,
los perfumes vegetales:

ese cotidiano río
de los cabeceantes carros
y los salomónicos gritos
de los pregones frutales.

Te entregas también ventana
a las verónicas del aire,
con las familiares telas
tendidas en las solanas,
-oh polícromo oleaje-.

Allá, a lo lejos, un árbol
derrama su alzada copa
sobre los rojos tejados:
flechando su fresca fronda
llegan azorados pájaros.

Allá una aérea espadaña
fija su aguja de piedra,
donde tenue luz morada
quiebra el perfil de la tarde.
Desde la esquila lejana
llueve -sombra y sueño- el ángel.

 

 

CLEMENTE PADÍN

 

 

 

 

La poesía es la poesía

  

P

expresión artística
de la belleza

O

arte de componer versos

E

expresar lo bello
por medio del lenguaje

S

cierto indefinible encanto

I

obra de arte
que suspende el alma
infundiéndole
suave y puro deleite

A
h!

 

 

MAHFÚD MASSÍS

 

 

 

 

Otro traje

  

Este traje de perro que llevo,
traje de malhechor
muerto hace siglos en esta tierra,
y en que los huevos del tiempo dejan su magra trompa,
quiere erguirse como soldado, ir a la sierra
donde mataron al Comandante.

Pero
¡qué piernas cansadas! Si llevo
tres mil años metido en esta pirámide, podrido, glacial,
y América, qué América, exigiendo, siempre exigiendo
machos terribles, y no
un animal cansado como yo, angélico, lúbrico, ensimismado,
haciendo versos huevones que nadie lee,
que ni yo mismo leo,
por que aprendí a escribir sin haber leído el libro del mundo.

Madre,
vuélveme
a parir
de nuevo,

Tírame al barro,
quiero ser un soldado saliendo de una casa vacía,
lejos de los poetas,
o de las putas con alas de mariposa,
o
por último
déjame en Bolivia, aunque me corten los dedos
con los que intento escribir
esta canción
de loco
derrotado.

 

 

SACHEVERELL SITWELL

 

 

 

El loro

  

La voz del loro estalla—
Inútil contradecir—
Lo que dice, lo dirá de nuevo:
Hechos secos, como galletas—
Su voz y los vivos colores
De su pecho y sus alas
Son inmemorialmente antiguos;
Viejas damas vestidas de satén rizado
Encerradas en sus estancias
Como especímenes bajo un cristal,
Intactas—y sin cambiar jamás,
Con la memoria de emociones muertas;
El ardor de sus veranos
Rociado como alcanfor
Sobre sus parasoles de seda,
Guardados en un armario.

Reflexivo, pero sin un pensamiento nuevo,
El loro se balancea en su percha de marfil—
Luego, con gravedad, da una voltereta
A través de anillas clavadas en el techo—
Como el sol ejecuta sus juegos
Mientras asciende por el puente aéreo
Que apenas vemos
A través de prismas de cristal en la lluvia que cae.