"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
lunes, 20 de febrero de 2023
OSWALDO ESCOBAR VELADO
Canto
a mi lengua
Siento
la lengua herida.
Tengo cáncer.
Llegué a Colorado Springs
para curarme.
Inicié
el dulce territorio de Lincoln
penetrando por Houston
ávido de esperanzas.
¡Ah!,
mi lengua, hermanos, mis amigos…
¡Me dolería perderla mucho más que la vida!
Y es que mi lengua ha sido
como una cuerda musical sonando
con atrevidos vientos para el pueblo.
¿Qué
haría yo sin lengua?
¿Hablar a señas? No, sería horrible.
Sería como si un huracán perdiera
su protesta; como estar enterrado
entre todos los hombres
que animan las ciudades…
¿Cómo lograr que la blanca saliva de mi boca
no pierda la popular presencia
de su lengua?
¿Cómo
lograr que el cáncer
se detenga?
Yo
sólo pienso, amigos, mis amigos
que si pierdo la lengua
me nacerá en los ojos…
Puedo
dejarla en el Penrose Hospital
de Colorado Springs
entre gasas esterilizadas y coágulos de sangre…
Puedo dejarla, digo… pero seguiré cantando,
y defendiendo al pueblo.
¡Hoy,
este día,
bajo la cápsula de cobalto
he tenido esperanzas…!
¡Ah!
Si el cobalto falla,
pobre poeta, su amor y sus zapatos.
No
puedo ya seguir escribiendo.
Esa lengua me arde, me quema.
De todos lados sale, del radio y la T. V.
En
las noches la siento como la ballena que se tragó a Jonás.
Inmensa, rompiendo mis dulces maxilares,
da enormes colazos y lloro.
Lloro por mi Patria a la que nunca, amigos,
tal vez yo vuelva a ver…
NOVICA TADIC
4
En
un burdel, cual humo,
de la pipa de un cliente
se alza la media negra de una mujer.
De:
“Pequeño catálogo de imágenes”
JUAN RAMÓN MOLINA
Río
Grande
A Esteban Guardiola
Sacude,
amado río, tu clara cabellera,
eternamente arrulla mi nativa ribera,
ve a
confundir tu risa con el rumor del mar.
Eres
mi amigo. Bajo tus susurrantes frondas,
pasó
mi alegre infancia, mecida por tus ondas,
tostada
por tus soles, mirándote rodar. . .
Presa
fui del ensueño. Tus guijarros brillantes
me
parecían gruesos y fúlgidos diamantes
de
un Visapur incógnito de rara esplendidez;
y
—en sonoro y límpido cristal de luna llena—
el
espejo de plata de una falaz sirena
de
torso femenino y apéndice de pez.
¡Oh
infancia! ¡Quien te hubiera parado en tu camino!
Dueño
era de la lámpara de iris de Aladino,
de
su mágico anillo, de su feliz candor:
como
él, tuve pirámides de gemas fabulosas,
un
alcázar magnífico, mil esclavas hermosas,
y
fue mi amada la hija de un gran emperador.
Más,
todo fue más frágil y breve que tu espuma,
más
efímero y vago que la temprana bruma,
que
sube de tus aguas hacia el celeste azur;
arenas
confundidas en tu glacial corriente,
pájaros
errabundos que buscan lentamente
las
vírgenes florestas que bañas en el Sur.
Lejos
de estas montañas, en un lugar distante,
soñaba
con tu fresca corriente murmurante,
como
en la voz armónica de una amada mujer;
con
tus ceibas y amates y tus yerbas acuáticas,
con
tus morenas garzas, inmobles y hieráticas,
que
duermen en tus márgenes al tibio atardecer.
Cuando
volví a mirarte el opio del hastío
me
envenenaba; pero tu grato murmurío,
tornó
a dar a mí espíritu una sedante paz:
lavaste
con tos olas agrias levaduras,
mi
corazón llenaste de cándidas ternuras,
y
una nueva sonrisa iluminó mi faz.
Amo
tus grandes pozas de tonos verdioscuros,
tus
grises arenales y los peñascos duros,
con
los que a veces trabas una furiosa lid;
y
tus abrevaderos, que cubren enramadas,
donde
su sed apagan las tímidas vacadas,
como
en las fuentes bíblicas el ciervo de David;
las
flores de tus ásperos y espesos matorrales,
tus
islotes, cubiertos de espinos y chilcales,
y
los musgosos árboles que en tu margen se ven,
el
gránulo de oro que en tus arenas brilla,
la
raíz que como sierpe se sumerge en tu orilla,
la
rama que te besa con rítmico vaivén.
Tus
aguas salutíferas me dieron nueva vida.
Infatigable
buzo, perseguí en su guarida
a la
ligera nutria debajo del peñón;
crucé
con fuerte brazo tus remolinos todos,
conocí
los peligros que ocultan tus recodos
y me
dejé arrastrar de tu canturria al son.
A
veces, en las tardes, con perezoso paso
he
seguido tus márgenes, que el sol, desde el ocaso,
dora
con los destellos de su postrera luz,
presa
de una profunda, tenaz melancolía,
tejiendo
ensoñaciones de vaga poesía,
que
mi Tabor ha sido, pero también mi cruz!
¿Qué
dicen los polífonos murmullos de tus linfas?
¿Son
risas de tus náyades? ¿Son quejas de tus ninfas?
¿Pan
tañe en la espesura su flauta de cristal?
Oigo
suspiros suaves… gimen ocultas violas…
alguien
dice mi nombre desde las claras olas,
oculto
en los repliegues del líquido raudal.
¡En
vano estoy inquieto, clavado en tu ribera!
No
miraré, ¡oh náyade! tu verde cabellera,
ni
el jaspe de tus hombros, ni el nácar de tu tez;
sólo
percibo, bajo la superficie fría,
—joyel
de una cambiante y ardiente pedrería—
cual
súbito relámpago, un fugitivo pez.
De
noche —en esas noches solemnemente bellas—
una
por una bajan del cielo las estrellas
medrosas,
en tu tálamo de aljófar a dormir;
y
cuando se despierta la virginal mañana,
vestida
con su túnica magnífica de grana,
huyen
a sus palacios de plata y de zafir.
En
los postreros meses del tórrido verano
semejas
un medroso y claudicante anciano,
de
empobrecidas venas y de cascada voz;
tus
árboles parecen raquíticos enfermos,
tus
eras se transforman en miserables yermos,
segadas
por el filo de una candente hoz.
Por
todos lados hallan los encendidos ojos,
lajas
resplandecientes, misérrimos rastrojos
y
pedregales agrios donde te encharcas tú;
duermen
las lagartijas su siesta en los barrancos,
y la
torcaz del monte —en los escuetos flancos—
se
queja bajo un cielo de vívido tisú.
Más
ya las nubes abren sus lóbregas entrañas:
un
diluvio benéfico desciende a las montañas,
cien
arroyos hirvientes hasta tu cauce van;
arrastras
en tu cólera los más robustos troncos,
y
sacudiendo peñas y dando gritos roncos,
pareces
el hermano del hórrido huracán.
Pláceme
así mirarte cuando a tu orilla acudo,
cuando
me precipito —enérgico y desnudo—
en
tus revueltas aguas que reventar se ven;
y
aspiro de tus bosques el capitoso efluvio
y
pienso que eres una corriente del diluvio
que
fragorosa bate mi palpitante sien.
Porque
amo todo aquello que es grande o que es sublime:
el
águila tonante, no el pájaro que gime,
el
himno victorioso, no el verso femenil;
las
mudas, y solemnes, y vastas soledades,
los
lúgubres abismos, las fieras tempestades,
todo
lo que es soberbio, grandioso o varonil!
Te
amo por eso cuando con vigorosas alas,
te
cruza —mientras turbio y aterrador resbalas—
lanzando
ásperos gritos el martín pescador;
y,
columpiando agrestes parajes nemorosos,
vas
a asustar los viejos caimanes escamosos,
tendidos
en la costa con plácido sopor.
Sigue
rodando, oh río, por tus eternos cauces,
ve a
endulzar del enorme Pacífico las fauces,
sé
un manantial perenne de vida y de salud;
muy
pronto iré a tu orilla, con ánimo cobarde,
bajo
la paz augusta de una tranquila tarde,
a
recordar mi loca y ardiente juventud.
Mañana
—cuando me haga sus misteriosas señas
la
muerte— bajo un lote de cardos y de breñas,
en
una humilde fosa tendré que reposar;
sin
que ninguno inscriba, pues de verdad nadie ama,
sobre
una piedra mísera y tosca un epigrama
piadoso,
que a las gentes convide a meditar.
Pero
mi oscuro nombre las aguas del olvido
no
arrastrarán del todo; porque un desconocido
poeta,
a mi memoria permaneciendo fiel,
recordará
mis versos con noble simpatía,
mi
fugitivo paso por la tierra sombría,
mi
yo, compuesto extraño de azúcar, sal y hiel.
Envuelto
en un solemne crepúsculo inefable,
dirá
tal vez pensando en nuestro ser variable:
“Cual
nuestro patrio río su espíritu fue así:
soberbio
y apacible, terrífico o sereno,
resplandeciente
de astros y túrbido de cieno,
con
rápidos, y honduras, y vórtices”. Tal fui.
Tal
fui, porque fui hombre, oh soñador ignoto,
pálido
hermano mío, que en porvenir remoto
recorrerás
las márgenes que mi tristeza holló.
¡Que
el aire vespertino refresque tu cabeza,
la
música del agua disipe su tristeza
y
yazga eternamente, bajo la tierra yo!
ELISA HUEZO PAREDES
Siempre
el amor
¿Qué
me dejaste, Amor (que así te llamas)
por cada ampolla que me dio tu hoguera?
¿Qué me dejaste, pues, sino tus llamas?:
voraces pasan y dañando quedan.
Y quemabas…
Y aún quemas…
Y como arde tu abrazo como brasa;
y cómo duele si se va tu llama
y cómo escueces si se crece el fuego.
¿Que me dejaste, Amor? pues me dejaste
que me quemara como paja al fuego.
Una
fogata fue el Amor, destello
que hizo prender la flama al abrazarte:
y cómo arde tu brasa…
y que ardoroso empeño
por apagar la llama
¡por encender el fuego!
A. MORALES CRUZ
Osos
7/6
Ya
nos empezamos a limpiar
y ya te veo doble
en
esta cama donde un universo
con patas de mesa
chorrea todo el jugo de almendras
de tu vaso a tus piernas,
que salieron de prisa por una puerta
rajada
sin picaportes
porque eso acostumbran hacer
las alcobas llenas de mosquitos
en el plato de frutas
o en la caja que duermen las facturas y las medicinas
arriba
donde descansa un óleo
y se ven dos jarrones y una pera
voy a tender la mesa, dijiste
al ponerte las medias azules
en
la cama aun los zumbidos
progresan la medianoche
nada
por sí mismo nos llega
solo acontecen plurales vistas de enemigos
forzando la puerta
del baño
a que entren esos osos
RENÉ E. RODAS
Abrigo
Era
de madrugada, primera gran nevada del año.
Golpeaste a mi puerta. Temblabas de frío.
Recogiste la guitarra y cantaste Shelter from the Storm.
Protestó algún vecino. Nunca Bob Dylan sonó mejor.
De:
“La balada de Lisa Island”
