Mostrando entradas con la etiqueta EUGENIO MONTALE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EUGENIO MONTALE. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de abril de 2025

EUGENIO MONTALE

 

 

 

La forma del mundo

 

 

Si tiene el mundo la forma del lenguaje
y el lenguaje la forma de la mente,
la mente son sus plenos y vacíos
no es nada o casi y no puede salvarnos.

Así habló Papirio. Ya era noche
y llovía. Pongámonos a salvo,
dijo, y avivó el paso no advirtiendo
que era suyo el lenguaje del delirio.

  

Versión de José Ángel Valente

 

 

viernes, 25 de abril de 2025

EUGENIO MONTALE

 

 

 

Delta

 

 

La vida que se gasta en los trasiegos
secretos he ligado a ti:
ésa que se debate en sí y parece
casi que no te sabe, presencia sofocada.

Cuando el tiempo se atasca en sus rompeolas
tu acaso al suyo inmenso reconcilias,
y afloras más precisa, memoria, de la oscura
región donde bajabas, como ahora
al escampar se espesa
el verde en los ramajes, el bermejo en los muros.

Todo ignoro de ti, sino el mensaje
mudo que me sustenta en el camino:
si existes, forma, o escrúpulo en el humo
de un sueño te alimenta
y la costa que se afiebra -turba- y contra
la marea crepita.

Nada de ti en el vacilar de horas
grises o desgarradas por un lampo de azufre
sino el silbido del remolcador
que de las brumas llega al golfo

  

Versión de Armando Uribe

 

jueves, 24 de abril de 2025

EUGENIO MONTALE

 

 

 

El olor de la herejía

 

 

¿Fue Miss Petrus, secretaria y hagiógrafa
de Tyrrell, su amante? Sí, fue la respuesta
del barnabita, y un movimiento gélido de horror
serpenteó entre los familiares, los amigos y otros
ocasionales huéspedes.

Yo, apenas un niño, permanecí indiferente
a la cuestión; el barnabita era
un discreto tapeur de pianoforte
y a cuatro manos, quizá a cuatro pies,
zapateamos o cantamos
«En esta tumba oscura» y otros varios
divertimientos.

Que desprendiera un tufo de herejía
parecía ignorarlo la familia. Muerto
y ya olvidada la persona, supe
que estaba suspendido a divinis y quedé boquiabierto.
¿Suspendido de qué? ¿De qué cosa y por qué?
¿A medio aire, en fin, sujeto con un hilo?
¿Sería lo divino un gancho o colgadero?
¿Entra por el olfato como cualquier olor?

Sólo más tarde comprendí el sentido
de la expresión y ya no me quedé
suspendido de aliento. Aún me parece ver
al viejo fraile en la pineda,
que ardió hace tiempo, inclinado sobre textos miasmáticos,
bálsamo para él. Y nada en el olor recuerda
lo demoniaco o lo divino, soplos de voz o pneumas,
de los que sólo queda huella en algunos papeles ilegibles.

  

Versión de José Ángel Valente

 

 

 

miércoles, 23 de abril de 2025

EUGENIO MONTALE

  

 

 

Casi una fantasía

 

 

Amanece de nuevo, lo presiento
por el albor de vieja
plata en las paredes:
las ventanas cerradas se vetean de un tenue resplandor.
Vuelve el advenimiento del sol
pero sin las difusas voces,
los acostumbrados estrépitos.

¿Por qué? Pienso en un día encantado
y de las justas de horas demasiado iguales
me resarzo.
Desbordará la fuerza que me inflamaba,
inconsciente mago, desde largo tiempo.
Ahora me asomaré, destruiré altas casas,
despojos viales.
Tendré ante mí un lugar de limpia nieve
mas tan ligero como el paisaje de un tapiz.
Resbalará un destello lento
entre el algodón del cielo.
Selvas y colinas llenas de invisible luz
me harán el elogio de los festivos retornos.

Alegre leeré sobre el blanco
los negros signos de las ramas
como un esencial alfabeto.
Todo el pasado de repente aparecerá delante.
No turbará sonido alguno esta alegría solitaria.
Cruzará el aire posándose sobre una estaca
algún gallito de Marzo.

  

Versión de F. Ferrer Lerin

martes, 22 de abril de 2025

EUGENIO MONTALE

 

 

 

Dolor de vivir

 

 

Frecuentemente hallé el dolor: vivir
era el riochuelo estertoroso, agónico;
la llama retorciéndose en la pira;
el cabello en la ruta, inútil, roto.

Placer no conocí. Sólo el milagro
que obra la divina indiferencia:
la estatua erguida entre la somnolencia
tórrida, con la nube y el milano.

 

 

Versión de Carlos López Narváez

 

jueves, 29 de junio de 2017

EUGENIO MONTALE




A mi madre



Ahora que el coro de las codornices
te acaricia en el sueño eterno, rota,
feliz bandada en fuga hacia las colinas
vendimiadas del Mesco, ahora que la lucha
de los vivientes arrecia, si tú cedes
como una sombra los despojos
(y no es una sombra,
oh gentil, no es lo que tú crees)
¿quién te protegerá? La calle despejada
no es una vía, sólo dos manos, un rostro,
aquellas manos, aquel rostro, el gesto de una
vida que no es otra sino ella misma,
sólo esto te ubica en el elíseo
lleno de almas y voces en que vives;

y es también la pregunta que tú dejas
un gesto tuyo a la sombra de las cruces.


De: “La tormenta y lo demás”


viernes, 23 de junio de 2017

EUGENIO MONTALE




El arca



La tormenta primaveral ha trastornado
la sombrilla del sauce;
bajo el torbellino de abril
se ha enredado en el huerto el vellocino de oro
que oculta a mis muertos,
mis fieles perros, mis ancianas
sirvientas –a quienes, desde entonces,
(cuando el sauce era rubio y le arrancaba
los rizos con mi honda) han caído,
vivos, en la trampa. La tempestad
los reunirá, de seguro, bajo el techo
de antes, pero lejos, muy lejos
de esta tierra fulgurante, donde
hierven cal y sangre bajo la huella
del pie humano. Humea el cucharón
en la cocina, su ronda de reflejos
reúne caras huesosas, hocicos aguzados
y al fondo los protege la magnolia
si un soplo allí la arroja. La tormenta
primaveral inquieta mi arca
con un ladrido fiel, oh perdidos.


De: “La tormenta y lo demás”

          

sábado, 17 de junio de 2017

EUGENIO MONTALE




Siria



Decían los antiguos que la poesía
es escala hacia Dios. Acaso no es así
cuando me lees. Pero bien conozco el día
que por ti rencontré la voz, suelto
en un rebaño de nubes y de ágiles
cabras que en un peñasco deshojaban
zarzales y carrizos, y los rostros demacrados
de la luna y del sol se fundían,
el motor averiado y una flecha
de sangre en una peña señalaba
el camino de Aleppo.


De: “La tormenta y lo demás”


domingo, 11 de junio de 2017

EUGENIO MONTALE




La tormenta
  
Les princes n'ont point d'yeux pour voir ces grand's merveilles,
Leurs mains ne servent plus qu'à nous persécuter...
(Agrippa D'Aubigné: "A Dieu".)



La tormenta que chorrea en las hojas
duras de la magnolia, los largos truenos
de marzo y el granizo

(te sorprenden los sonidos de cristal
en tu nido nocturno; de los oros
apagados en las caobas, en los cantos
de encuadernados libros; aún arde
una grana de azúcar en el cascarón
de tus párpados)

el rayo que confita
árboles y muros y los sorprende en esa
eternidad de instante –mármol, maná
y destrucción– que llevas esculpida
dentro de ti como condena y te une
a mí más que el amor, extraña hermana;
y aun el rudo estruendo, los sistros, el bramar
de panderetas sobre la fosa oscura,
el taconeo del fandango, y encima
el ademán violento...

Como cuando

te volviste y, con la mano, libre
la frente de la nube de cabellos,

te despediste –para entrar en la sombra.


De: “La tormenta y lo demás”


lunes, 5 de junio de 2017

EUGENIO MONTALE




Mientras duermo



El canto de las lechuzas, cuando un iris
con discontinuos latidos se deslíe,
los gemidos y los suspiros
de juventud, el error que de nuevo ciñe
las sienes y el horror vago de los cedros
agitados por el golpe de la noche –todo esto
puede volver a mí, desbordarse en los fosos,
irrumpir en los canales, despertarme
a tu voz. Punza el sonido de una
jiga cruel, el adversario baja
sobre su rostro la celada. Entra la luna
de amaranto en los ojos cerrados, es una nube
que se hincha; y cuando el sueño la transporta
más hondo aún, es sangre aún después de la muerte.


De: “La tormenta y lo demás”


miércoles, 31 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Pequeño testamento



Esto que de noche centellea
en el casco de mi pensamiento,
huella madreperlácea de caracol
o esmeril de vidrio machacado,
no es luz de iglesia o de taller
que alimente
clérigo rojo, o negro.

Sólo puedo dejarte
este iris como testimonio
de una fe que impugnaron,
de una esperanza que ardió más lenta
que un duro raigón en el hogar.
Conserva su polvo en tu polvera
cuando, apagadas ya todas las lámparas,
se convierta la sardana en infernal
y un receloso Lucifer en una prora descienda
del Támesis, del Hudson, del Sena,
agitando sus alas de betún, semi–
tronchadas por la fatiga, para decirte: llegó la hora.
No es una herencia, un amuleto
que aguante el topetón de los monzones
en la telaraña de la memoria;
pero una historia no perdura sino en la ceniza
y persistir es sólo la extinción.
La contraseña era justa: quien la reconoce
no puede equivocarse al reencontrarte.
Cada quien reconoce a los suyos: la altivez
no era la fuga, la humildad no era
cobarde, el tenue resplandor allá abajo
no era el de un cerillo que se frota.

  
De: La tormenta y lo demás


lunes, 29 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Rechina la polea del pozo



Rechina la polea del pozo,
el agua sube a la luz y ahí se funde.
Tiembla un recuerdo en el colmado balde;
en el círculo puro ríe una imagen.
Acero el rostro a evanescentes labios:
se deforma el pasado, envejece,
pertenece a otro...
Ah, vuelve a rechinar
la rueda y te devuelve al fondo lóbrego,
visión, una distancia nos separa.


De: Huesos de sepia


jueves, 25 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE



  
El sueño del prisionero



Albas y noches se distinguen aquí por pocos indicios.

El zig-zag de los estorninos sobre las almenas
en días de batalla, mis únicas alas;
un filo de aire polar
el ojo del carcelero en la mirilla;
crac de nueces aplastadas, un aceitoso
chisporroteo desde las cavas, asados
reales o supuestos –pero la paja es oro,
la rojiza linterna es el hogar
si durmiendo me imagino a tus pies.

La purga data desde siempre, sin un porqué.
Dicen que quien abjura y accede
puede salvarse de esta matanza de ocas;
que quien se injuria a sí mismo, pero traiciona
y vende carne de otros, se sirve con el cucharón
en vez de terminar en el paté
destinado a los dioses pestilenciales.

Tardo de entendimiento, llagado
por la punzante yacija, me he confundido
con el vuelo de la polilla que machaca
mi suela contra el suelo de ladrillos,
con los cambiantes kimonos de las luces
expuestas en la aurora de los torreones;
he husmeado en el viento la chamusquina
de las rosquillas en el horno,
me he mirado a mi alrededor, he suscitado
iris en horizontes de telarañas
y pétalos en el armazón de las rejas;
me he levantado, he vuelto a caer
en el fondo, donde el siglo es el minuto

–los pasos y los golpes se repiten,
y aún ignoro si estaré en el festín
como embutidor o embutido. Larga es la espera.
Mi sueño de ti no ha terminado


De: “La tormenta y lo demás”



martes, 23 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Sestear pálido y absorto



Sestear pálido y absorto
junto al candente muro de un huerto;
oír entre breñales y rastrojos
chasquidos de mirlos, deslices de sierpes.

En las grietas del suelo o en el algarrobo
espiar columnas de rojas hormigas
que ora se rompen, ora se entrecruzan
en lo alto de minúsculas gavillas.

Observar entre frondas el palpitar
Lejano de escamas de mar
mientras se alzan temblorosos crujidos
de cigarras desde los calvos picos.

Y andando bajo el sol deslumbrante
sentir con triste maravilla
cómo es toda la vida y su martirio
en este andar siguiendo una muralla
coronada con vidrios rotos de botella.


De: Huesos de sepia


viernes, 19 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Dos en el crepúsculo



Entre tú y yo fluye en el mirador
claridad submarina que deforma
el perfil de las colinas y tu rostro.
Amputado de ti, cada gesto tuyo
está en un fondo huidizo; entra sin huella
y se esfuma, en el medio que colma
cada surco y se cierra a tu paso:
tú aquí, conmigo, en este aire que baja
para sellar
el torpor de las piedras.
Y yo, derribado
bajo el poder que gravita en torno, cedo
al sortilegio de no reconocer
en mí nada que me sea ajeno; si levanto
el brazo apenas, el acto resulta
distinto, se rompe en un cristal, ignota
y empañada su memoria, y el gesto
deja de pertenecerme;
si hablo, escucho atónito esa voz
que desciende a su gama más remota
o apagada en el aire que la deja en vilo.

Como en el punto que resiste a la última
consunción del día,
dura el extravío; luego un soplo
reconforta los valles en un frenético
movimiento que en las frondas suscita
un tintineo que se dispersa
entre veloces humaredas y las primeras luces
dibujan ya los muelles.

...Entre nosotros
caen sin peso las palabras. Te miro
en un blando reverbero. No sé
si te conozco; sé que jamás estuve
separado de ti como sucede en este regreso
tardío. Pocos instantes han quemado
todo en nosotros: menos dos caras, dos
máscaras que graban, con esfuerzo,
una sonrisa.


De: “La tormenta y lo demás”



miércoles, 17 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




La casa de los aduaneros



Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el cantil a pico en la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró el enjambre de tus pensamientos
y allí se detuvo, inquieto.

El ábrego fustiga desde hace años los viejos muros
y el sonido de tu risa ya no es dichoso:
la brújula gira enloquecida a la ventura
y el cálculo de los dados ya no resulta.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.

Aún sostengo una punta, pero la casa
se aleja y sobre el techo la veleta
ahumada gira sin piedad.
Sostengo una punta, pero te quedas sola
y no respiras aquí en la oscuridad.

¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende,
extraña, la luz de la nave petrolera!
¿El paso es éste? (Aún resurge el oleaje
sobre el precipicio que se derrumba...).
Tú no recuerdas ya la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va y quién queda.



De: “Las ocasiones”

sábado, 13 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Día y noche



Hasta una pluma que vuela puede dibujar
tu figura, o el rayo que juega al escondite
entre los muebles, el reflejo del espejito
de un niño en los tejados. Sobre el perfil de los muros
residuos de vapor prolongan las agujas
de los álamos, y abajo, en el tripié, se encrespa
el papagayo del afilador. Luego la noche calurosa
en la plazuela, y los pasos, la incesante y dura
fatiga de hundirse para resurgir iguales
desde siglos o instantes, de pesadillas que no pueden
recuperar la luz de tus ojos en el antro
incandescente –y aun los mismos gritos y los interminables
llantos en la veranda
si de pronto retumba el golpe que te enciende
la garganta y aplasta las alas, oh peligrosa
anunciadora del alba,
y se despiertan claustros y hospitales
en un laceramiento de cornetas...


De: La tormenta y lo demás


jueves, 11 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Estancias



En vano busco el punto en que se movió
la sangre que te nutre, inacabable
repelerse de círculos más allá del breve
espacio de los días humanos,
que te dio la presencia en un tormento
de agonías que ignoras, viva en un pútrido
pantano de astro abisal, y ahora
es linfa que dibuja tus manos,
en el pulso te late inadvertida, el rostro
te inflama o decolora.

También la red menuda de tus nervios
recuerda levemente el viaje suyo
y si observo tus ojos, los consume
un fervor recubierto de un pasaje
turbulento de espuma que se espesa
o se rompe, y en el estruendo de las sienes
lo percibes diluyéndose en tu vida
como a veces se quiebra en el silencio
de una plaza dormida
un vuelo estrepitoso de palomas.

En ti converge, ignara, una aureola
de hilos; y alguno de ellos apareció
en otros: y hubo quien estremeció la noche
golpeado por un ala cándida en fuga,
y hubo quien descubrió larvas vagabundas
donde otro vio enjambres de muchachas
o entrevió, como rayo que se bifurca,
una arruga en la calma, y el embate
de las levas del mundo surgidas de un jirón
del azul lo cubrió, quejumbroso.

En ti vislumbro la última corola
de ceniza liviana que no dura,
en copos desplomada. Querida,
desquerida, ésa es tu índole.
Das en el blanco, lo atraviesas. ¡Oh el zumbido
del arco al distenderse, surco que ara
el oleaje y se cierra! Y ahora sube
la última burbuja. La condenación
acaso es la delirante, la amarga
oscuridad que cae sobre quien se queda.


De: Las ocasiones


domingo, 7 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




En una carta no escrita



¿Por un hormigueo de albas, por pocos
hilos en que se enrede
el lazo de la vida y se engarce
en horas y años, hoy los delfines en parejas
cabriolan con sus hijos? Oh, que yo nunca escuché
nada de ti, que huya del esplendor
de tus pestañas. Otras cosas hay en la tierra.

No puedo huir ni asomarme de nuevo;
se demora la fragua bermeja
de la noche, la tarde se prolonga,
la plegaria es suplicio y aún no llega
hasta ti, entre las rocas las que emergen,
la botella desde el mar. La ola, vacía,
se estrella contra el cabo, en Finisterre.


De: La Tormenta y lo demás



viernes, 5 de mayo de 2017

EUGENIO MONTALE




Noticias desde el Amiata



El fuego de artificio del mal tiempo
será rumor de colmenas en la noche.
El cuarto tiene vigas
carcomidas y un olor de melones
se cuela entre las tablas. Las humaredas
mórbidas que remontan un valle
de elfos y de hongos hasta el cono diáfano
de la cima me empañan los cristales
y desde aquí te escribo, desde la mesa
remota, desde la celda de miel
de una esfera lanzada en el espacio
–y las jaulas cubiertas, el hogar
donde estallan las castañas, las venas
de salitre y de moho son el cuadro
donde muy pronto irrumpirás. ¡La vida
que te fabula es aún demasiado breve
si puede contenerte! Tu ícono abre
el fondo luminoso. Afuera llueve.


De: Las ocasiones