lunes, 17 de agosto de 2026


 

MARGARET ATWOOD

 


  

Frente a un espejo

  

Fue como despertarme
después de haber dormido siete años

y encontrarme con una cinta tiesa,
de un negro riguroso
podrido por la tierra y los torrentes

pero en cambio mi piel se endureció
de corteza y raíces como cabellos blancos

Mi heredada cara traje conmigo
una aplastada cáscara de huevo
entre otros desechos:
el plato de loza hecho añicos
en el sendero del bosque, el chal
de la India destrozado, fragmentos de cartas

y el sol de aquí me ha impreso
su bárbaro color

Se me han puesto rígidas las manos, los dedos
quebradizos como ramas
y los ojos perplejos después de
siete años, y casi
ciegos/brotes, que sólo ven
el viento
la boca que se abre
y se agrieta como una roca al fuego
al intentar decir

Qué es esto

(sólo hallas
la forma que ya eres,
pero qué
si has olvidado ya en qué consistía
o descubres que
nunca lo has sabido)

 

 

 

ÁNGELA MALLÉN

 

 


 

Siempre hay que irse

  

Castañas por el suelo.

Hojas de cobre viejo con destellos borgoña, casi lila. Crestas pajizas. Horas frescas y atardeceres largos. La decoración del otoño ya preparada, sin dilación ni excusa. Sin obreros ruidosos ni intermediarios interesados. Sin daños colaterales, ni salpicaduras, ni cascotes. De manera natural. Y puntual. Toda la vida cumpliéndose el excelso regalo, el don: en abril, verdes matices de hoja-yerba-brizna-aguja. En el mayo francés, pompones amarillos de genista, kilómetros de lavanda pura. Y amapolas, si le convienen a la decoración. La alfombra verde del junio checo, pisoteada por los turistas en agosto, reseca en septiembre. Hasta caer el manto liviano helado y blanco. Entonces se oculta el campo, las ciudades pierden sus aristas. Y pronto llegará diciembre. Pero siempre hay que irse.

 

Le agradezco al destierro

que me haga soñar con el retorno

Olmos, tilos, castaños,

plataneros y sauces

huyen de mi camión como huye la garza

cuando los montes arden

Yo también soy esquivo

Filmo los exteriores a cámara ultrarrápida

Porque siempre hay que irse

Atrás quedan ciudades y riberas,

lagunas de Tartessos

inmersas en tiniebla y fuegos fatuos

Y atrás queda la diosa en su edénica Ogigia

donde los árboles dan fruto todo el año

(Esposa querida

no en demasía tu corazón se acongoje

que mi nostalgia vence)

 

De: “Motel Milla Noventa”

 

BOHDÁN-ÍHOR ANTÓNYCH

 

 

 

Copas

 

El fresno verde, la hoz, los caballos.

Un muchacho se pegó a la ventana.

La primavera se derrama en las copas

rojas y las copas de plata.

 

Y el muchacho ansía la llave

que abre las puertas de la primavera.

De pronto, un potro saltó asustado

o fue el sol que brincó en la hierba.

  

De: “Cántico sobre la indestructividad de la materia: obras selectas”.

Versión de Salomea Slobodian

 

ALBERT MÉRAT

  



Metamorfosis

 

¡Oh, salubre y fecundo abono de los fallecidos!
Misterioso fermento de las savias eternas,
nosotros, podredumbres carnales, somos tu ingrediente,
amontonados sin orden ni concierto bajo la más verde hierba.

Cuando nos hayamos dormido, helados y rígidos,
en la tierra, más cerca de las ubres ardientes,
nos despertaremos como aves con alas,
o como recios robles, elevándonos de las entrañas del fango.

¡Son los muertos los que hacen a la naturaleza soberbia!
¡Salud, cosecha! ¡Salud, bosques! ¡Salud, briznas de hierba,
corrientes raudas, rosadas floraciones, belleza proveniente de los muertos!

–Materia perseguida por las leyes fatales,
celosa del sueño sin remordimientos, ¿nos vas a hacer
reiniciar sin fin la ensoñación de la vida?

 

MELCHOR DE PALAU

 

 


En clase

 

Dando vueltas al globo de los mundos,
asombrado un alumno así exclamaba
«en torno a tan pequeños continentes:
¡cuánta agua!»
mientras yo, por las penas abrumado,
murmuraba inconsciente estas palabras
«en torno a escasas dichas de la tierra:
¡cuánta lágrima!»

 

 

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ UNSÁIN

 

 

 

Conocimiento de la patria

  

Tengo todo el tamaño de la patria en mi mano
desde donde florecen las nieves preferidas
hasta donde se afirma la furia del verano,

desde las altas piedras del viento malheridas
hasta donde los mares disponen sus arenas
y recogen al alba las tristes despedidas.

Esta es la clara patria. La que amamos apenas.
La que nos presta un cielo de bandera salvaje
y se amansa en las manos codiciosas y ajenas.

Este es el desolado término de mi viaje.
Aquí se aprende el justo tiempo de la tristeza
y una antigua leyenda prestigiosa: el coraje.

He cantado el más alto dolor, aquel que empieza
en los jugos oscuros de la sangre perdida
y crece como un golpe de sombra en mi cabeza.

No tengo más razones que la desparecida
de amor, en cuya tierra me aguanto y me cobijo.
Todo lo que florece, todo lo que convida
es parido por ella. Yo también soy su hijo.

¿Dónde queda la patria? ¿Dónde está la dolida?
¿Qué gringos silenciosos la beben de mis venas?
¿Qué milagro del mundo la quita de mi vida?