"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
jueves, 23 de abril de 2026
VITA SACKVILLE-WEST
Luz
de luna
¿A
qué hora el ladrillo y la piedra más humildes adquieren
una belleza que no es la suya,
y más allá de la falla de la madera construida
brilla la intención íntegra y buena,
y todas las pequeñas casas del hombre se
elevan a un lapso más oscuro y más noble;
Cuando la ausencia del color da escape
al espíritu más profundo de la forma,
—
Entonces la gran arquitectura de la tierra se hincha
entre sus montañas y sus páramos
bajo la luna a la amplitud
masiva, primitiva y tosca:
—
Entonces las nubes se hacen como banderas de plata
fluye sobre los riscos andrajosos,
y toda la costa, negra y plateada , ordena a
su encorvado y rocoso ejército,
y los promontorios que avanzan sombríamente apuntalan
la tierra contra el mar,
la tierra oscurecida, la ola que brilla,
y la luz de la luna atraviesa oblicuamente la cueva de Merlín.
JOSÉ ROBERTO CEA
Parábola
—El
finado Evenor —respondió la
Joaquina Telule—
venía hecho tecolote a molestar a la Julia,
hasta que se la llevó.
Ella se fue poniendo pálida
y se la tragó la tierra.
De Evenor sólo queda el recuerdo
de que vendía almas…
Una vez que lo buscaba la policía
no le quedó tiempo
de hacerse invisible o huir.
Cuando los policías entraron a su casa,
vieron un melón
y se lo comieron.
De: "Pocas
y buenas"
ALICE LARDÉ
¡Canta,
corazón mío, canta!
Cuando
silencioso y cubierto de neblina se despierte el boscaje, y en las flores de
los jardines tiemble aún el rocío de la mañana, canta, corazón mío, canta, y
que como una suave brisa de primavera sea tu canción.
Cuando
veas caer del jazminero sus pétalos purísimos confundiéndose con las mariposas
blancas que revolotean bajo la enramada, y sientas el castísimo perfume de las
rosas, canta, corazón mío, canta, y que tu canción se eleve hasta los cielos
como el humo sagrado del incienso.
Cuando
contemples, como en un incendio de oro, la salida del sol tras de los árboles,
canta, corazón mío, canta, y que tu canto sea como una flor de fuego que va
despetalizándose en fulgores.
Cuando
veas bajar a la luna hasta el borde del lago adormecido, canta, corazón mío,
canta, y con los hilos de plata teje tu maravillosa canción.
Mientras
haya una emoción intensa que haga vibrar tus fibras, canta, corazón mío, canta,
y ¡no importa que tu canto sea de dolor o de alegría!; él llegará hasta las
almas taciturnas, como un mensaje de amor o de consuelo.
¡Canta,
corazón mío, canta, mientras haya una emoción intensa que haga vibrar tus
fibras…!
CLAUDIA MARÍA JOVEL
I.
La ternura en el combate
Denise
Desde
aquel día que perdiste la muñeca
y lloraste sin consuelo
comenzaste a jugar, a vivir.
Se enojaron las hojas,
la fuente te negó su agua
y fuiste el pétalo que no se secó.
Hoy guiñas el ojo al invierno,
matas con amor
al duende de los pálidos amaneceres
y no me pides pan,
sino flor.
Al fin la luz empieza a brillar,
y tu sonrisa,
como la brisa a la hora que canta el gallo,
moverá nuestros corazones sedientos;
abriremos la válvula del sentimiento
y se desdoblará el amor,
se escapará el fuego
y no nos sentaremos a esperar la primavera,
sino que…
saldremos a buscarla.
VLADIMIR AMAYA
After
party… después de una larga cadena nacional
En
torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
un cachimbo de alegres expresidentes salvadoreños.
Vestidos con sus trajes caros
y algunos con sus uniformes militares:
medallitas y condecoraciones,
con alguna que otra masacre en los bolsillos;
todos muy animados le daban la bienvenida al muchacho
gorrita al revés, patas de pichiche,
quien había sido electo gobernante de la otrora finca de sus más profundas
ambiciones.
Lo sentaron muy cerca de ellos y con euforia lo vitorearon.
Francisco Menéndez, muy amable,
le advirtió hablándole bajito:
—No te sentés cerca de Maximiliano,
no lo querrás como
tu amigo
—ni como tu vicepresidente— intervino el ingeniero Araujo.
Patas de pichiche le gritó al general Menéndez:
—Cállese, viejo,
usted es de los mismos de siempre, no me diga qué hacer.
Al oír esta barbaridad, el general
cayó fulminado por un infarto.
—Pero bebe, muchacho, bebe que aquí tomás regalado—,
le decía don Tomás, guante en mano, blandiendo todavía su sable.
—¡Bienvenido al clú más prestigiado de todo el chimbolero!—,
le dijo Malespín, quien sin ser mala espina, añadió:
—He oído que te va bien, pero te podría ir mucho mejor.
Invadí una patria al menos,
saqueá algunas iglesias,
fusilá un par de curas y hacé desordenes cuando te pongás bien bolo.
No olvidés invadir tu propio país si es necesario
(una vez le funcionó a Manuel José Arce).
Quemá ciudades si te queda tiempo,
pero lo más importante: cuidá tu cabeza de los malditos indígenas
cuando pasés por San Fernando.
Aquel caudillo hubiera seguido en su receta,
pero en la mesa confabularon:
Votaron en secreto.
Y otra vez mi pobre general fue desconocido, excomulgado
y desterrado a la sala de no fumadores y abstemios.
Y la plática seguía, seguía de lo más alegre,
entre brindis y hurras por el aprendiz de dictador.
Y el patas de pichichi decía:
“Y los llamé mollera sumida…”
Y los expresidentes se carcajeaban.
Carlos Meléndez, Alfonso Quiñónez y Jorge Meléndez,
le preguntaron, sin rodeos, al quinceañero cuarentón:
—¿Nunca has pensado en hacer tu propia dinastía?
Tenés muchos hermanos.
Bien te salen unas tus cinco tandas, deberías de pensarlo…
—Es mejor solo dos
y uno que esté en las sombras—, le recomendaron, sabedores,
los hermanos Ezeta.
—Que no te falte un cuerpo represivo confiable,
nosotros tuvimos a la «Liga Roja», eficiente y disciplinada.
—Yo tuve a los «Escuadrones de la Muerte»,
dijo una figura sombría al borde de la barra.
La leyenda dice que esa silueta es la de aquel “piricuaco”, seco y feyo
que nunca alcanzó la silla presidencial.
El licenciado Dueñas y el general Gerardo Barrios
continuamente interrumpían la conversa,
enfrascados en aquella discusión milenaria:
que cuál era el mejor guaro de Centroamérica,
si «Muñeco» o «Quezalteca».
el general Martínez zanjó este pleito y dijo:
—Las aguas azules
son las mejores que existen— mientras le pasaba el péndulo detector de venenos
al ceviche del general Fidel Sánchez Hernández.
—Y entonces, decinos,
¿cuáles son tus planes?— inquirió el teniente coronel Lemus,
justo en el momento en que se acomodaba un habano en la buchaca.
El presi respondió:
Militarización.
—eso es un buen movimiento —recalcó el coronel Armando
Molina, reflexionando:
«No hay nada mejor para un civil que
rodearse de policías y soldados».
El tío favorito de la capital continuó:
“Restringir el acceso a la información pública”.
“Instrumentalizar la religión para el dominio de las masas”.
“Detenciones arbitrarias y doblones de muñecas”.
“Gastar miles de dólares en propaganda en lugar de salud, educación y cultura”.
“Discursos de odio”. “Bloqueo a la prensa”.
“Comprar encuestas”.
“Construir un estadio”, —Yo hice eso—Interrumpió Maximiliano.
“Poner un tren”, —yo también hice eso —interrumpió el Dr. Zaldívar.
“Poner una nueva moneda en curso que no beneficiará a nadie más que a mí y mis
amigos”
—Yo también hice eso ¡qué coincidencia! —interrumpió, sonriente, el licenciado
Flores.
—Pero al hacer estas
cosas, repuso el interpelado,
decirle al pueblo que todo esto sucede por primera vez.
Los exmandatarios asintieron admirados.
Y, junto al más cool, gritaban eufóricos:
¡qué viva la vida!… sin fisco…
Fue ya al final de aquella alborozada plática,
cuando los expresidentes, cual hadas madrinas,
y bajo efectos etílicos de misteriosos sahumerios
otorgaron sus “dones” al benjamín tirano.
—Yo te doy el don de la “expropiación de tierras”, dijo uno.
—Yo, el de “los lujos estúpidos”, dijo otro.
— El don “del fraude”, el don “de la represión”
no pueden faltar, dijo un tercero casi llorando.
No faltó quien le dijera: —El don “de la demagogia” te doy.
—Te doy el don de la “persuasión” y la matonería”, dijo uno más.
—El don “de la fiebre mesiánica”, dijo el último.
La velada terminó cuando el patas de pichiche dijo dos cosas que quedaron en la
historia:
“Muchachos, tomémonos una selfie”.
Y “hay que seguirla en otro lado,
llevaré una dotación de atún con macarrones,
y de aquella harina importada que sé que les va a gustar.
* *
*
Las
servilletas quedaron chorreadas y las boquitas tiradas en el suelo.
Las cervezas y las propinas las pagó el muchacho,
y claro, usó bitcoin.
MARÍA MORENO QUINTANA
desatada
tuerce el rumbo
hacia
su propia guarida
la
arrebata el fantasma
de
este sueño latente
