sábado, 14 de marzo de 2026


 

NONI BENEGAS

 


 

La nave

a Olvido García Valdés

 

Había un cuadro en la pared,
algo así como un mínimo concentrado de imagen.
Una vertical de mástil o árbol partido por el rayo
más un esbozo trunco en la base
resumían el movimiento.

De ese cuadro
todos quedábamos colgados,
no de las grandes marinas o los grupos de familia
livianos y abigarrados.
Ese mástil de una balsa abandonada a la corriente
revelaba el trazo interior de cada uno,
altivo ante el océano
que el feroz marco individual contiene.

Plomizo y urbano,
cercaba el azabache del palo sin tocarlo,
y casi las olas en un mar de niebla
hubieran querido absorber de una vez al tripulante,
si no fuera que éste era la nave misma


De: “La balsa de la medusa”

ROWENA HILL

 

   

Labor del ojo

  

El ojo agradece la luz
si es templada,
viste las nítidas flores
de un jardín de páramo
o persevera en los largos ocasos
del norte,

afronta o quizás celebra
la luz cruda del mediodía
en una playa caribeña,
reclama al sol del desierto
su despotismo.

En la noche busca una estrella
y con ese hilo de luz mide su distancia de la tierra;
voltea el instrumento,
con la sonda se hunde
en el espacio interior
buscando el orbe luminoso
al fondo de la negrura.

 
 
 

VICTORIA BENARROCH

 

 

 
La paciencia entretejida
a mares firmes
ha venido a traernos
flores amarillas
 
 
De: “El desierto que cruzamos”.

 

MANUEL HERNÁNDEZ

 

  

La orden

 

 

Paseo
entre las ramas más altas

Navego por sus
ríos de cielo

Desde la grama a sus pies
veo el infinito

Olvido que
estos tímidos árboles
ignoran que ayer
firmaron la orden

  

De: “A un respiro de la orilla”

 

GERTRUDE STEIN

 

  

Historias mallorquinas

  

Romanones no.
Maura sí.
Napoleón tercero, catedral.
Águila de McKingley.
Preces del Papa por la paz.
Barco de alfileres y agujas.
Historias mallorquinas.

 

JAMES TATE

 

  

Sucede así

 

 

Estaba afuera de la parroquia de Santa Cecilia
fumando un cigarrillo cuando una cabra apareció a mi lado.
Era mayormente negra con blanco, con un poco de café
rojizo aquí y allá. Cuando comencé a caminar
me siguió. Me sorprendió y encantó, pero me pregunté
cuáles eran las leyes sobre este tipo de cosa. Hay
una ley para llevar perros con correa, ¿pero qué hay de las cabras? La gente
me sonreía y admiraba a la cabra. “No es mi cabra”,
les explicaba. “Es del pueblo. Sólo es mi turno
cuidándola”. “No sabía que teníamos una cabra”,
dijo uno. “Me pregunto cuándo será mi turno”. “Pronto”,
dije. “Sean pacientes. Todo a su tiempo”. La cabra
se quedó a mi lado. Cuando me detenía ella se detenía. Me miraba
hacia arriba y yo me quedaba mirándola. Sentí que sabía
todo lo esencial sobre mí. Seguimos caminando. Un policía
en su ronda nos miró. “Esa es una majestuosa
cabra la que tiene ahí”, me dijo, deteniéndose a admirarla.
“Es la cabra del pueblo”, le dije. “Su familia lleva
trescientos años con nosotros”, dije, “desde el comienzo”.
El oficial se inclinó para acariciarla, luego se detuvo
y me miró. “¿Le importa si lo acaricio?” me preguntó.
“Tocar a esta cabra cambiará su vida”, le dije.
“Es su decisión”. Lo pensó un minuto,
y luego se enderezó y dijo, “¿Cuál es su nombre?” “Le
llaman el Príncipe de la Paz”, le dije. “¡Dios! Este pueblo
es como una cuento de hadas. A donde mires hay misterios
y maravillas. Y yo sólo soy un niño jugando a los policías y ladrones
para siempre. Por favor perdóname si lloro”. “Lo perdonamos,
oficial”, le dije. “Y entendemos por qué usted, más que
nadie, jamás debe tocar al Príncipe”. La cabra y
yo seguimos caminando. Estaba oscureciendo y comenzamos
a preguntarnos dónde dormir esa noche.