Tu
pueblo
En
el sueño una micro tomo a casa contigo.
Y me
pregunto adónde, dónde habremos llegado,
en
qué garitas te estaré abrazando,
cuando
en casa con otra yo haya amanecido.
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
Tu
pueblo
En
el sueño una micro tomo a casa contigo.
Y me
pregunto adónde, dónde habremos llegado,
en
qué garitas te estaré abrazando,
cuando
en casa con otra yo haya amanecido.
Los
encallados
I
El
único galeón está varado.
No
dará abasto su verduzco mástil
sin
la bravura ni las cuerdas.
En
la playa las saltan niñas de piernas largas
y
calzas. – Man-za-ni-ta del Pe-rú,
los
octosílabos seducen
a
las puestas de sol en sus pancitas.
Nos
forjó la palabra. Su ritmo lo cantamos
borrachos
entre flacas de muy breves vestidos,
obviando
el zarpe. Sólo somos un continente,
como
contiene al viento
cada
bolsa que cubre la falta de ventana.
Puede
ella volar hasta yacer en el carbono.
Así
hemos de volver a la palabra
que
llevamos adentro,
arrepentidos
de incendiar las naves,
uno
a uno en barcazas
para
cruzar a remo nuestra desolación.
Aterrados
cedimos
los
maderos por vino.
Dejamos
nuestros cuerpos para sacos
donde
ocultarnos en el puerto
y
vendimos las velas.
Pero
lo interno no resiste atracos,
sino
del aire. De este muerto
que
aloja en nuestras telas.
Tan
sólo el mar extiende travesías,
lo
demás es turismo:
las
ventanas del bus se empañan
y
son más bien espejos
en
que sus pasajeros se hermetizan.
II
La
palabra hacia la isla Soledad
en
la vaina, nosotros, buscando al fin objetos
para
innombrar. Pero éste es un viaje sin destino,
la
tregua entre los golpes del colegio y la casa.
Agitamos
las palmas como un fajo
de
billetes a crédito.
Nunca
hemos navegado mar adentro
y
tampoco lo haremos esta vez.
Ensordecidos
por el ruido
de levantar vestidos finos,
no
oímos canto alguno,
salvo
los que sirvieran para abrir nuevas blusas,
enaguas
y breteles.
Quedamos
las vasijas cuales anclas
tiradas
sobre la vereda
de
un continente de salvajes.
Mudos
y separados de la falta del aire,
que
desmaya rendido y lejos,
prolongando
la estela que conduce a Extinguirse.
Andrés,
los peces cambian de nombre cuando los pescan
He
comenzado a valorar la prudencia burguesa
cuando
alojo en la casa de mi novia
con
los carretes del vecino, la radio a máximo volumen,
las
peleas, la tele que no apagan,
sobre
todo las risas que se oyen al frente.
En
mi casa materna hay silencio,
no
venden leche ni matraca el gas.
Me
reí mucho cuando un ex compañero de colegio
interrumpió
mi baile para decir que siempre quiso
darle
a mi ex. En otro sitio habría
que
pegarle. Los más pobres se ofenden
si
no ofrezco los puños. Si no los llamo, juran ley del hielo.
Como
éste es facho, brindaría si al fin le confesara:
todos
los resentidos que conozco
se
enamoran
de
la primera cuica que los pesca.
Polaca
De
un pasado dudosamente noble
como
todo pasado noble. Modzelewska por padre,
Wyrzykowska
por madre. Es huérfana y de quince años,
mil
novecientos treinta y nueve:
pide
pega en la industria intervenida.
El
patrón frisa los cuarenta, arrancan
juntos
a Viena por los rusos. Por los celos de Müller cae presa,
acusada
a los nazis para casarlo con su hermana.
Son
más de tres los meses. La liberan los gringos, camina días a Salzburgo
y en
la plaza tras una alarma ve correr a su jefe. ―¡Papa!, chilla.
Se
casan a escondidas para que nunca la bese en la boca.
Doméstica
de su cuñado, duerme en la pieza de servicio
tal
como en Chile. Donde trajo a Goethe
y un
par de pilchas, para hacer del barquito de pesca
uno
con capitán y marineros.
Un
hijo. Viuda. Gatos. Perros. Pájaros
que
huelen como ella o viceversa.
No
está ni ahí con ver a sus nietos, le reclama mi padre.
Toco
el timbre y no suena, grito y no responde,
seis
perros gordos y furiosos ladran sobre la reja.
Maestranza
Bajo
la superficie de los mares
hay
espacios en blanco.
Las
crestas de las olas alcanzan caracteres
que
sólo imprimen en mareas altas.
Estas
dos hojas diarias se suman a otros mundos
y
nuestra Vía Láctea lee.
Los
juzga a todos malos, los arruga y los lanza.
Los
agujeros negros: pura tinta perdida.
El piso sucio y la luz prendida
Ningún
servicio es tan básico, ni la luz ni el agua
y si
de noche la ciudad pestañea sus brillos
tanto
mejor se ve a oscuras. El ojo se acostumbra a todo.
El
viaje en bus durará algunos meses
se
habituará a dormir sentado, al pan con jamón y al café,
a
ser discreto como un lago
y no
como esta lluvia sobre el techo de cinc.
Un
poco de baba sobre la almohada
que
diga “aquí durmió”
repetirá
temas siempre variables
como
el clima y su opinión del país extranjero,
porque
usted está en contra de la belleza que se note
―que
parezca agarrable como un plato:
Andrés
lava su auto en un pasaje
de
Lima, Monterrey o de Santiago,
su
esposa es güera o rubia como un sable.―
El
bus, en cambio, es un país donde están de paso todos,
un
poco trasnochados y malolientes
donde
nadie hace el amor ni en los asientos ni en los baños.
Somos o no somos hermanos
Somos
ocho en la pieza.
Tengo
catorce años y duermo con mi hermana.
Sus
muslos contra el pecho esperan
un
portazo. Tirita el vidrio
como
dos ojos que resisten algo.
A
veces junto mis pestañas y las abro de golpe
para
que se descuide nuevamente.
El Alexander
―Mañana
le voy a quitarle el niño― últimas palabras del
hijo
pastabasero a su madre (i. Los pastabaseros se vuelven locos,
me
ha levantado las manos dos veces ya ii. Hace pipas delante mío
para
provocarme iii. Tira en pelotas en el patio iv. Quiso quemar mi casa).
Al
crespito centro de la discusión le brillan los ojos,
en
ellos repite la hiedra de afuera. Imagínatelo en los cerros,
cómo
reflejaría las luces naranjas de la noche:
indistinguibles
las casas de las calles de los autos
su
anemia de su quiste de su sífilis.
Con
fruición toma mamadera
mira
los pechos de quien vive con él, su aparente tía (informa
sobre
ella el Servicio Nacional de Menores, SENAME:
fuerte
sentimiento de abandono y soledad / con relaciones instrumentales, no
desarrolla
vínculos profundos / exacerba sentimientos de tristeza).
Igual
la tía tiene apoyo, no así la abuela (la de las cuatro citas sobre
pastabaseros)
que
mira a la ventana cada tarde
alerta
para que su hijo no se aparezca.
Quedarme afuera de mi propia casa justo cuando pensaba
construirla
Abren
cervezas con las cerraduras
de
la escuela y yo ni con llave muevo
este
cerrojo. Traigo las murallas blancuchas de mi pieza
nada
de fotos de mujeres que se despiden y desean suerte,
renunciando
a los triunfos conyugales.
Quedarme
afuera de mi propia casa
justo
cuando pensaba construirla,
cansado
y a las dos de la mañana
lo
intento y ya ninguna llave gira.
Ninguna
llave gira por el frío
que
generan los malos ratos: viajar solo y de noche
como
en Cacocum, Cuba; de donde me sacaron a piedrazos
cuando
salté la reja del que creí el motel y no lo era.
Igual
a un detenido: las manos detrás de la nuca,
pero
esa sombra forma un ojo. Hablando solo como niño pobre
y
decidido como las mujeres que publicitan universidades,
muñecas
cuya ropa perdió la hermana de ese niño:
juro
que ni embajada ni en su vida
volverá
a verme y menos sin frazadas, durmiendo a la intemperie.
Quedarme
afuera de mi propia casa y sin el dios a quien le recé al perderme
cuatro
horas en bosques del Llanquihue
otro
catorce de febrero.
Brenda en el bus pirata
No
puedo salir sola ni en Juárez ni en Laredo
la
cuatrocientos quince fue mi hermana.
Nunca
he tenido sexo con chavos que estén sobrios
mi
mirada derrumba los andamios.
Cargo
y descargo bolsos más grandes que diosito
para
la cuarta revisión de polis.
Pongo
ojos de cuándo volverá mi turista
y
cada noche me despido en serio.
Este
cassette toca su vida
Luego
de cinco órdenes de arresto
mi
mamá invita a mi papá a la casa,
se
pone linda, le cocina rico.
Con
tres borgoñas y solos
mi
papá me confiesa lo que eso indica: que lo ha hecho bien,
que
las piernas que abre se mantienen abiertas.
Lo
dice porque le conté del viernes:
cinco
años sin verla y me tomó la mano.
Este
cassette toca su vida
vida
que rozo apenas
si
con el dedo rebobino.
Mi
papá y yo seguimos solos.
Esboza
Las
instantáneas he velado y presumo en ellas una nueva
Geografía
de Chile. Puse una a una las transparencias,
de
la cantiga de pequeños pechos a la gitana tierna.
Su
danza surca los quince años. Persiguiendo al que siempre escapa:
otro
que fui en los parques, la sombrilla que somos en la playa.
Casas
rodantes frente al lago giran a un cuerpo con sus calas
y
arisca la nariz sobre mi cuello quien me ha vuelto remiso
tras
saber cómo se abren las castañas, vello y valles distintos
cuando
son greda las caderas. Como en vasijas, lo llovido
se
apoza en los bolsillos de la colegiala de aquel Mapocho.
Y a
la universitaria empapa a falta de besos. Mas celoso,
son
delgadísimas sus trenzas y atan mis brazos a sus hombros.
Se
forma un único semblante al superponer todas las hojas,
un
río cuyos brazos no vuelven a juntarse. Ellas alojan
cada
nombre en fragmentos. Se encarnan como actriz en piezas rotas,
son
seis montañas rusas o una sola. De su protagonista,
ya
solamente me parezco a los secundarios que despistan.
Al
no reconocerse en ellos, espectadores los olvidan.
Terminales
comunes
Sólo
la vuelta de otras niñas en bicicleta
da
origen a la plaza en donde puedo escribirte.
Los
círculos concéntricos del cielo
trazan
decenas de gaviotas
mientras
tu mano se esculpe a sí misma
(vuelos
de águila sobre el tocador).
Estos
retoques a la piel del mar
hacen
de los pelícanos cucharas
en
las pestañas del océano.
El
agua es tu perfil,
oculto
por la niebla de los puertos
girando
en bicicleta.
Mantra
Con
las heridas de los dedos pinto
unos
cuadros que compran a buen precio
quienes
me las hicieron.
Un
muro es un muro, aunque le pinten flores
Un
muro es un muro, aunque le pinten flores
aunque
las pinten nueve
compañeros
de La Legua Emergencia
un
sábado en la tarde: sus pañuelos, sus barbas,
mientras
las lacrimógenas caen como el rocío
en
la cuadra siguiente.
Firme
aquí: mi firma es redonda y fina
Hace
justo un año fui testigo contra mi marido por abusos sexuales de otra.
Desde
entonces Carabineros ronda por mi casa
pues
su hermana juró vengarse. Él está preso
y
así esposado viene a la audiencia de divorcio.
Los
niños querían acompañarme para verlo, porque lo aman tanto como yo.
Si
me ensucio, ahí no es donde me limpio: me interesa la limpieza del paño.
Me
duele ver de pie al gendarme y a espaldas de mi esposo, ojalá nadie pase por
aquí.
No
quiero rearmar mi vida. Yo me miré al espejo esta mañana y lloré.
Vine
tarde a la audiencia. Quién sabe si se suspendía,
como
el almuerzo cuando él no llegaba.
Exordio
a soltar la cuerda
(tendencia
a la afonía)
Y a
estos ojos blancos, a echar la puerta abajo
a
camionazos del Goliat.
A
cincelar en la garganta bordes
del
pasillo de rugby. Padre envuelto en banderas.
Dolor
de cuello, afuera la lengua y balbuceos,
gringo
proleta o vieja solterona
limando
sus perfectos muebles. Flaco,
tendencia
a la afonía y al bostezo.
A
inflamar estas naves, las amígdalas
y
las palabras graves. Modulación en falta.
Tendencia
al yeso y a perder papeles,
al
mal riego sanguíneo. A caerse en canales.
Perdimos
nuestras fichas de ludo. Se atoraron
con
dulces nuestras cuerdas. Y para este jueguito
del
amor, nudos en la tráquea.
Soltar
la cuerda
Nunca
aprendimos a saltar la cuerda.
Mis
padres la olvidaron
en
el bazar de Presidente Errázuriz
dos
nueve cero uno.
Al
techo del lugar sigue amarrada,
balanceando
a mi abuelo.