viernes, 26 de mayo de 2023


 

AITANA ALBERTI

 


 

Casi elegía

 

En esta noche en que he ido perdiéndome vaciándome
de mí y de los otros
sólo ha quedado una forma sin dueño
Entonces te ha mirado como nunca
ni cuando lo eras todo y yo el germen posible

No quisiera pensar los lejanos derrumbes por donde
fui escapando
pero ahí están para mi mal incólumes

Tampoco sé decirte cuándo tu agua pura me abandone dejando
un casi olvido de mareas felices

Eco de tu palabra sobre batidos vientos
en la alta soledad murmuran las banderas
oigo los viejos himnos las canciones selladas
al comienzo del tiempo
y pasan los soldados envueltos en la tierra

Qué pesadumbre amarte cuando ya hasta los árboles
emblanquecen
y las fotografías desconocen los nombres y los tiernos
animales queridos abandonan uno a uno la ronda
y no hay más libros dulcemente caídos
ni huellas de mis pies en tus pasos

Sin embargo, algo se mueve en esta noche algo en el yerto
sueño se levanta
Cuando despierte el alba recordaré el sabor
de tus mejillas.

 

De: “Y de nuevo nacer”

 

ROSARIO LOPERENA

 

 

 

[No sé cómo pasa que nadie…]

 

No sé cómo pasa que nadie desfallece al cuarto de hora. Que a nadie se le cae la cabeza a media tarde. Que no hay gritos de quebrar vidrieras.

Cómo es que todos están siempre de pie. Acertados. Contenidos. En el perímetro de abarcar las cosas. Sin romperlas.

Cómo es que se traman mecanismos para dar pasos. Uno tras otro. Y ese hueco entre un pie y otro es perfecto para la dobladura de talones y el desmayo.

Cómo sucede que el asiento, la cama o este suelo no son zanjas.

Cómo es que todos están listos siempre para el tiempo y las labores. Para mirar al otro sin espasmos. Y comer con tenedores. Y sentir que se mastica un cuerpo mientras otro cuerpo mira otro cuerpo. Cuerpo que muerde cuerpo. Y lo digiere.

Como si uno no tuviera una gota dentro que insiste en la caída. Como en la celda 27. Donde estuvo Chucho el Roto. Filtradura. Ahí en lo más del cráneo. La carne más expuesta. Fue tan hondo. Muerte de agua. La gota tocando la nota. Un ultimátum. La intimidad con uno mismo. Luego la confusión lingüística. La luz. Los instantes beatos. Luego la caída. La luz.

         Manuscrito manifiesto

La caída es un talismán. Un agua pequeña donde meter la cara. Hay que doblar las corvas. Tirar extremidades. Estrellar costillas. Cerca de las rocas. Contra las rocas. Emular a Bas Jan Ader por la mañana. Arremangarse el sexo. Ponerlo boca arriba. Enrollarlo. Coserlo. Hacerlo un paracaídas partido por el medio. Saltar de árbol en árbol. Como brujas que copulan con plantas. Preñadas como las piedras. Que antes de ser piedras fueron brujas. Donde se estrelló la virgen. Donde la iluminaron.

Perder el equilibrio. Tropezar. De frente. De pico. De costado. Caer.

Caer. Por movimiento. Por la noche en primaveras frías. Soñando con otra estación del año. Durante la polinización y la contabilidad. Cuando brota de la niebla lo olvidado. Cuando te descubres bañado en una voz. Tallándote la piel con un sonido.

Desfallecer en medio de una junta. En medio de una clase. Mientras se come. Mientras se baila. Ovillarse en una reunión. Tirarse. De bruces. De cabeza. En un clavado. A la fuente de plaza. Contra los mostradores. Contra los escritorios y las gráficas. Contra las cajas registradoras. En los estacionamientos. De cuerpo entero. Sobre las torretas. Desde las grúas. Desde las terrazas. Planear. Desde los miradores. Aventarse. Del pupitre. De la butaca. Dentro del subterráneo. Dentro del otro. En las cloacas. En la azotehuela. Sobre las vías. Entre los carros. En uniforme. Desnuditos. Sobre insignias. Sobre himnos. Sobre lábaros. Zafarse la cabeza. Resbalar. Sobre la lengua. De panza. Caer. De boca. Hacer crocar los dientes contra la lengua. La materna. La extraña. La heredada. Contra la idea. Romperse el espinazo. Como kamikaze. Como la despechada. Con ganas de estar ciega. Sin fe. Sin arraigo. Como si uno no tuviera un nombre.

Caer cuando uno está sentado. Cuando uno está dentro de un cuerpo. Cuando uno tiene un cuerpo dentro. En la genuflexión y el sueño. Sobre lo mullido. En la pesadilla del venado. Sobre los escudos de poliuretano. Antes del gas pimienta. Durante el choque. Durante el saludo. Con la manita al pecho. Frente a los tanques. Aventar el peso hacia adelante. Llevar el peso hacia el estómago. Perder la vertical. Llevar el cuerpo afuera. Del cuerpo. De la manutención. Del peso. Desvanecer la recta. Cuando se miran las arrugas nuevas. Bajo la lluvia. En la pobreza. Al poco tiempo. En la bilis. En el ácido del hambre. Caer. De ira. De ternura. De risa. Gratuitamente. Por euforia. Por necesidad. Por tristeza. Caer por presión y prescripción. Por olvido. Por higiene. Profilaxis. Caer como defensa. Por contagio.

Con los nervios como cables destrozados por las ratas. Con la cabeza hecha una madeja. Con articulaciones como cuerdas. Como papalotes. Como nubes disecadas. Caer como muñecas inflables que rebotan al escuchar piropos. Caer como una espora. Estéril. Vivir en la caída como peces en el hielo. Abiertos. Con los vientres extendidos. Vivir como los peces helados en lo abierto. Vivir como los peces.

 

IRENE SELSER

 

 

 

 
Escritura

                      Siempre, en el fondo de todo hay un jardín.

                                                           Olga Orozco

 
En la comarca de Vauville, en Normandía,
crece el fabuloso rosal de L’Homme Atlantique,
muerto de muchas muertes como Marguerite Duras,
la joven francesita nacida en Indochina.
“Escribe, no hagas nada más”, le aconseja un amigo
y su mano convierte en sílabas las hojas aserradas del ciruelo,
las yemas del manzano, la textura rugosa del sauce.
Agua de manantial la botella de whisky y un pavor como el de esa mosca,
que agonizó frente a sus ojos a las dos con veintipico,
las patas del insecto adheridas mortalmente a la pared recién pintada.
Ella bebe porque sí y se cubre con un mantón.
De pronto, la vemos sumergirse en la grafía,
su infancia aúlla sin un ruido en la desembocadura del río Saigón
con su vestido de modesta seda indígena,
los zapatos raídos de su madre con unos brillitos como de cabaret
y un sombrero masculino de fieltro con ala plana que cautivará a su amante,
el espigado Lee Von Kim; prostituida la adolescente
en los brazos de ese chino del norte, con sus zapatos ingleses
color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón.

La nostalgia llena las páginas,
pero un libro concluido también es la noche, pronuncia Marguerite
y, no sabe por qué, esas palabras la hacen llorar.

 

De: “Don de la ausencia”
 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

 

 

 

EL DORSO afable a veces se vuelve quemadura,
mirar atrás es insondable.
Tanto dolor se le fue acumulado en los alvéolos
que cuesta creer
que se pueda volver a respirar en paz.

Renuncio al odio y a su rictus.
Digo “renuncio” pero tendré que limpiar la sangre de la herida.

 

De: “Más allá de la aureola marrón y núbil”

 

ELIZABETH PÉREZ TZINTZÚN

 

 

 


Las aguas

 

Donde el pueblo P’urhepecha
muchas aguas
regaban las tierras
muchos ríos
daban a los lagos de beber.

Ahora
bebemos de la tierra
hacemos espesos los lagos
los dejamos huérfanos
poco a poco se acaban.

 

La versión original del poema está escrita en lengua p’urhepecha

 

 

CÉSAR CAÑEDO

 


 

 

Masturbarse,
a veces,
tiene que ver con esperar a que llamen de un nuevo trabajo,
a que el teléfono suene con el regreso de alguien,
a que el día nos alcance.

La masturbación
es como ir siempre al mismo supermercado
y pagar lo mismo todas las veces
y olvidar lo de siempre.
Monótona y segura
como el que se pone los bóxers a toda prisa
al casi ser sorprendido.

A veces es tan seca
que me recuerda a un hombre caminando por una vieja calle
en la que podría o no nevar,
en la que podría o no haber otro hombre viéndolo nevar.
Pero puede a veces
tener que ver con desmoronarse,
con hacer de uno mismo
el cansado ejercicio de deshacerse de uno mismo.

 

De: “Sigo escondiéndome detrás de mis ojos”