lunes, 3 de agosto de 2026


 

JUAN PABLO ZAPATER

 


 

A veces pienso
que en un solo verano
cabe mi infancia.

 

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

  

 


32

Polilla

  

El chasquido
de las alas
que se agitan entre la hojarasca
porque enterrada bajo el deseo
yace desnuda la frustración,
algo que se desliza
sobre la lengua
y que sabe a vinagre o azúcar,
salir y tocar. En las decisiones hay siempre
una noche venosa
o un cielo azul.
Perder es el camino para ganar,
ganar el camino para perder,
oír
el aleteo agitado
al otro lado,
enloquecido aleteo y,
aplastada contra el cristal,
el terciopelo color sangre
de su rostro aniñado.

 

De: “Vida insecta”

 

ZUZANNA GINCZANKA

 

 

 

Virginidad


Nosotras….
El caos de avellanos desmelenados tras la lluvia
huele a pulpa de sus frutos untuosos,
las vacas paren en el aire sofocante
en los establos que arden como estrellas. —
¡Oh, grosellas y trigo maduro
jugosidad a punto de derramarse,
oh, lobas amamantando a sus crías,
los ojos de las lobas son dulces como lirios!
Chorrea de las resinas la espesa miel,
la ubre de la cabra pesa como una calabaza —
— fluye leche blanca como la eternidad
en los templos del pecho materno.

Y nosotras…
… en
cubículos empapelados en color melocotón
herméticos como termos de acero
enredadas en los vestidos hasta el cuello
mantenemos
conversaciones
educadas.

1936

  

De: “El ave de fuego”

Versión de Elzbieta Bortkiewicz

 

 

DANIEL ALCÁZAR

 

 

 

Regent Street, 1912

Emmeline Pankhurst

 

El cristal de Liberty’s es un lago helado
donde mi reflejo pacta con la seda.
Veo mi sombrero, mi abrigo burgués,
superpuestos a un maniquí de cera,
la imagen muda de lo que esperan que sea.
Pero bajo mi mano, un amante frío
que aguarda su momento.
Miro mi rostro en el escaparate y me digo:
Deeds, not words
El maniquí me sonríe con su vacuidad de lujo.
Yo le devuelvo una mirada de guerra.
¡Crash!
La telaraña blanca se extiende,
y el cristal cae con el estruendo
de un Imperio que se rinde.
A mi alrededor, silbatos y gritos de pánico
abrazando el bullicio de Londres.
Veo a la joven Mary correr, el sombrero torcido,
doblando la esquina perseguida por la ley.
Veo a la vieja Jane inmovilizada, sus piedras
rodando por el adoquín como votos robados.
Yo no corro. Me quedo frente a mí.
Siento el aire frío de la calle entrar en la tienda,
barriendo el olor a perfume y a sumisión.
No hay miedo, solo una paz profunda y eléctrica.
Cuando el primer policía me agarra del brazo,
mi sonrisa es el trozo de vidrio más afilada.

 

De: “La memoria encendida”

 

FERNANDO DÍAZ SAN MIGUEL

 

  


 

Cicatriz de mis recuerdos el sueño ya no puede hacerme nada.

insecto

Manejo como real la textura de un sueño.

pie

Mañanas y tardes en las que reclamar más vida.

lugar

Un dolor constante, ilusionado, todo lo perdido.

verso

Planea sobre el hueco preguntando.

 

De: “El libro de la sed”

 

 

 

RONNY RAMÍREZ

 

 

 

Las sombras del parque solitario

 

En otras circunstancias, el parque me acogería
y los árboles podrían ser mis amigos.
Pero el parque no me reconoce
y los grandes árboles
se tornan inmensos y sombríos.
Alguien pasa corriendo al otro lado de la cancha
y solo cae una hoja de un laurel cercano.
Ando raudo por el camino que oscurece
y temo a las ramas que crepitan de repente
a la sombra de mis pasos.
Está lloviendo, y el parque solitario
tiene rumor de mística y muerte.
Aquí quedó varada
la risa de un niño que nunca volvió a casa
y cuyo último recuerdo solo se mueve en el columpio vacío.
Aquí trotaron mujeres que pensaban
en qué harían esa noche o al día siguiente
o en un par de años,
sin sospechar que iban a correr la misma suerte
de un pequeño barco en el ojo de un huracán:
nadie las volvería a ver
después de torcer por un túnel
de recodos frondosos y blancos.
Aquí también yació un hombre sin pasado
que terminó girando en la deriva de su propia sangre.
Solo venía a dispersar la mente
y relajarse con el juego de luces y sombras
en los tejados verdes y centenarios;
tal vez recostado en la hierba
e intentando fijar la mirada
en el polvillo que queda suspendido entre las ramas.
Pero una bala, una sola,
que llevaba mucho tiempo buscándolo,
pudo encontrarlo y darle un fin que nadie esperaba.
La verdad es que hubo un tiempo
donde se confiaba en la soledad del paisaje,
donde había algo de eucaristía
en los atardeceres lánguidos.
Ahora nadie puede, por ejemplo,
hacer el amor al cielo raso
sin que algún alma en pena y en desdicha
y ridícula y triste
siga el legado de un tal asesino del zodiaco
y manche las flores silvestres
con la sangre de los jóvenes enamorados.
Ahora las fiestas deben estar cronometradas
porque cerca de las luces alegres
merodean depredadores nocturnos.
Las familias deberían poder celebrar
un cumpleaños hasta el amanecer
y los niños deberían poder jugar y crecer sin ser vigilados.
Pero el caso es que me duele
tener que caminar apresurado
y no poder recoger la gotita de lluvia
que me habrán guardado los framboyanes,
porque alguien —y no un Pennywise
debe estar acechando desde los desagües
y debe estar recolectando huesos, cabello
y dientes de gente perdida.
Quisiera estar tendido en una red
llena de rocío,
atrapado en una telaraña de ficciones,
y no sentir este alivio inmenso
de llegar finalmente a la carretera
de vehículos indiferentes y veloces;
pero la verdad es que existen personas
con intenciones más oscuras
que la noche que se avecina.

 

De: “Condeno la noche y sus perros de caza”