"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 22 de febrero de 2026
VICTORIA BENARROCH
He preparado una lágrima
para tu miedo
he dispuesto la mesa
el vino en mi pecho
mi suavidad
en
la mejor orilla
crearemos el mundo de nuevo
MARÍA MORENO QUINTANA
se
desdice con lamento otoñal
desde
la nube soberana
esculpe
un modelo de felicidad
despoblada
a la vera del río
De:
“Desde el potrero”
CARIDAD GÓMEZ
De
repente, abril
Caminas
al borde de ti misma
con el corazón a tres grados bajo cero
sin brújulas para marcar el rumbo
con demonios en todas tus maletas.
Y de
repente llega abril y asciende el
ritmo de la savia y de tu sangre.
Su lluvia arrasa con tus sombras;
su sol revoltoso ilumina tu alma y
bombea ilusiones como gotas de rocío.
De
nuevo se abren las flores y la tierra
y recuerdas que la vida se hace con la risa;
que tarde o temprano todo pasa…
Y te
descubres hilando versos
en los que ya no está él y notas cómo tus alas
se preparan cual aves migratorias de este mes.
De:
“De repente, abril”
RUBÉN DARÍO CARRERO
El
alumno de la ventana
Sólo
me queda el lenguaje y los muebles de la sala
que atraen la luz de la persiana y jalan lentamente la tarde.
Las sombras son puertas blancas y entreabiertas.
El silencio de la casa tararea. De tanto mirar la calle gris
la lluvia se mete por la ventana, busca la soledad del sol
y sólo encuentra una mirada regocijándose como paloma mojada
en el barro generoso de lo visible.
Afuera, el árbol está loco por vivir como oro o lápida.
Veo los nidos húmedos del tendido eléctrico;
escucho las frases hechas en la carnicería; huelo el pan de ayer
en la panadería y recuerdo el quiosco de periódicos del viejo Carlos,
donde un día aparecieron las obras completas de Giovani Papini.
Tanteo la oscuridad del libre albedrio en la calle Santos Michelena.
Maracay parece una boda sin Dios.
En esta ciudad fui agnóstico, ateo y budista.
Aquí los años solares iluminan las gotas que caen
sin emoción, sin superstición, solo con la mirada fija
puesta en la imposición en la calle y el museo.
El vendedor de almohadas no se mueve por el calor después de la lluvia.
Una pareja posa y luego ve la foto. Nada tiene pudor.
Escribo sin pudor. Escribo lo que veo. “Pienso, luego camino”.
No entiendo lo que pasa como no entiendo a Kant,
a Spinoza, a Kelsen, a Pollock.
¿Lo que no entiendo se convierte en convicción?
Escribo con aburrimiento feroz. Lúcido, rechazo al mundo horizontal,
calmoso, innombrable, actual. No quiero escribir más. Quiero cantar,
amar y ver… Veo un final sin historia; sin sacrificios. Me basta. Hastío.
Me levanto de la silla con el torso desnudo y pensativo
ya cansado de leer lo que no quiero decir. Vuelvo a mi cuerpo,
me lavo la cara, veo y le digo al espejo: “Tú no sabes leer”. (Siento la
mirada).
Simpático, sin paradojas, me asomo a la ventana y pienso en ti. Espero
que te levantes, que entiendas, que preguntes por mí y me defiendas.
TENTE GARRIDO
Estos
prados
De
palabras sin voz,
de relojes parados,
de robles encorvados sobre el camino,
de peonías aisladas
buscando el sol
están hechos estos prados.
De
ceniza caliente,
de tierra húmeda,
latente,
de curvas y encrucijadas,
de luto y plañideras
está repleto este limbo
oscuro e insurgente.
De
pisadas sin huella,
de barro, de piedras,
de regato que expira
ante mis sentidos biselados
que no retienen el impreciso desdén
del fugitivo.
De
filos dentados
y oxidados que
a salto de mata acechan
—astillan el cráneo—
y desfiguran la calavera,
aseguran que no falte
la lumbre en tejavana,
el humo que macere
la esperanza,
la grasa que manchará
atrayendo ojos ocelos
los hules
adornados de carencia.
De
frío y consecuencias,
de futuro cardenillo,
de nube y de racimo
está hecho el destino
del reo liberado.
De:
“Peonías en el lecho del fauno”
JULIETA SBDAR
Poema
escolar
Ya
aprendieron el tempus
fugit, teatrum mundi,
memento mori.
Para que mis alumnas
no rastreen, apuradas
tópicos en el poema
como si fueran buscadoras
de perlas o butifarras
las distraigo, les cuento
cómo fue que aprendí
de memoria, sin teorías
el soneto de Sor Juana.
Me piden que lo recite.
Cierro el libro porque creo
saberlo de corazón
pero recuerdo
el primer cuarteto
vagamente el segundo
y de los tercetos, nada.
A duras penas llego
a la última estrofa
haciendo pie tramposa
sobre la imagen proyectada.
Pero cuando me sumerjo
al final del poema
la voz tiembla
otra vez.
¿De dónde viene esa emoción
por el último verso
que deshilvana la materia
con su pasito cantado
hasta asomarse
al borde de la lengua y va
hacia atrás sin nostalgia?
