domingo, 22 de febrero de 2026

RUBÉN DARÍO CARRERO

  


 

El alumno de la ventana

  

Sólo me queda el lenguaje y los muebles de la sala
que atraen la luz de la persiana y jalan lentamente la tarde.
Las sombras son puertas blancas y entreabiertas.
El silencio de la casa tararea. De tanto mirar la calle gris
la lluvia se mete por la ventana, busca la soledad del sol
y sólo encuentra una mirada regocijándose como paloma mojada
en el barro generoso de lo visible.
Afuera, el árbol está loco por vivir como oro o lápida.
Veo los nidos húmedos del tendido eléctrico;
escucho las frases hechas en la carnicería; huelo el pan de ayer
en la panadería y recuerdo el quiosco de periódicos del viejo Carlos,
donde un día aparecieron las obras completas de Giovani Papini.
Tanteo la oscuridad del libre albedrio en la calle Santos Michelena.
Maracay parece una boda sin Dios.
En esta ciudad fui agnóstico, ateo y budista.
Aquí los años solares iluminan las gotas que caen
sin emoción, sin superstición, solo con la mirada fija
puesta en la imposición en la calle y el museo.
El vendedor de almohadas no se mueve por el calor después de la lluvia.
Una pareja posa y luego ve la foto. Nada tiene pudor.
Escribo sin pudor. Escribo lo que veo. “Pienso, luego camino”.
No entiendo lo que pasa como no entiendo a Kant,
a Spinoza, a Kelsen, a Pollock.
¿Lo que no entiendo se convierte en convicción?
Escribo con aburrimiento feroz. Lúcido, rechazo al mundo horizontal,
calmoso, innombrable, actual. No quiero escribir más. Quiero cantar,
amar y ver… Veo un final sin historia; sin sacrificios. Me basta. Hastío.
Me levanto de la silla con el torso desnudo y pensativo
ya cansado de leer lo que no quiero decir. Vuelvo a mi cuerpo,
me lavo la cara, veo y le digo al espejo: “Tú no sabes leer”. (Siento la mirada).
Simpático, sin paradojas, me asomo a la ventana y pienso en ti. Espero
que te levantes, que entiendas, que preguntes por mí y me defiendas.



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