"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 12 de febrero de 2023
MARIO ZETINO
Sal
a la calle a caminar.
Mira
mientras vas de camino a estudiar,
mientras vas de camino a tu trabajo
o a buscar un trabajo
o a buscar
el sentido de tu vida,
mira
las caras de la gente con quien te cruzas.
Yo
escribo desde San Salvador. ¿Te has dado cuenta,
te has puesto a pensar
en todos los lugares del mundo y de la historia
de los que vienen las caras de la gente
con quien te cruzas en la calle?
Rostros
de reinas y de guerreros y de sabios indígenas;
rostros de mercaderes que cruzaron
las vastas rutas de Asia en caravanas;
rostros de conquistadores y de emigrantes;
de las mujeres de toda Europa
que ellos trajeron a esta tierra en sus barcos;
rostros extranjeros de todo el planeta
que en este día del siglo XXI podrían saludarte
con su voz salvadoreña:
“¡Hey! ¿Qué ondas, vos? ¿Cómo has estado?”.
Mira
esas caras,
esa sonrisa, leve o de oreja a oreja;
esos labios tensos o tristes;
esos sueños, tal vez desdibujados
por niebla o noche.
Mira
el paso,
mira la calma o la prisa,
el modo de mirar mientras caminan
o el modo de evitar
la mirada de todos.
Sal
y mira a la gente y piensa
en el camino que el polvo de estrellas que somos ha recorrido a través de las
eras
para cruzarse contigo en la calle
hoy.
Y
mientras caminas,
mira a los ojos a cuantos puedas
y de pronto podrás recuperar
la humildad,
el reconocimiento
de tu esencia:
que todos somos nadie
y cada uno.
8 de marzo de 2019
ÍTALO LÓPEZ VALLECILLOS
Visita
Vino.
Dejó en el escritorio
un caracol. Y ahora el mar
anda suelto en mis papeles.
Todo se ha vuelto espuma,
sol, cielo y yodo. Arena
la palabra. Y el pensamiento
un breve rumor,
una canción, agua que va
y viene, sin límites,
ni acantilado cierto.
Todo
por Silvia,
que trajo el caracol.
GABRIELA PAZ
Carta a mi sagrada vulva
A
ti, vulva innombrable,
te debo todas las palabras,
sábanas de seda,
noche masturbada,
manos abiertas,
múltiples orgasmos,
punzantes lenguas.
A
ti, a tus labios y tu hermoso orificio,
te debo dedos dildos,
aprender a follarte,
sin fallarte,
desfloronar la vergüenza…
nombrarte, lamerte, frotarte y descubrirte clítoris.
A
ti, vilipendiada; cuquita, voladita, florecita,
tantas veces violada y cercenada,
te debo campos de terciopelo,
partos seguros y calzones de algodón.
A
ti, fuente y principio de la vida,
te debo: desfiles en la calle,
monumentos erigidos por tu sagrado monte,
pinturas abstractas,
cultos y marchas.
A
ti, tan oculta y franca,
te debo emanciparme.
A
ti, vulva, vagina, te debo el respeto a cada vello,
alejarte de las pinzas y la cera,
disculparme cada maltrato,
permitirme cada goce,
enseñarte a vibrar,
volverme fuerte,
defenderte.
A
ti, vulva, vagina, ano, ni es no es, ¿cómo es?,
te debo aprender a nombrarte,
decirte lo que te gusta.
A
ti, vulva, lunática,
eternamente menstruante,
te debo el rojo saber de mi sangre.
Vos,
vulva,
hallada culpable de envidiar al pene,
te debo gritar que sos la vida misma,
A ti, te prometo correrme libre.
(2017)
JOSUÉ ANDRÉS MOZ
Discurso roto
(o
Breve autobiografía del caos)
A partir de la serie “Pulpos’’
de Efraín Caravantes
Hecho de nada soy,
por nada aliento;
nada es mi ser y nada mi sentido
Jaime
Torres Bodet
El niño es capaz de
ver la muerte
donde el anciano sólo encuentra el artificio.
Elías
Marín
El
cuerpo no soporta el espíritu.
De
nuevo hablo de mi carne,
absoluta representación de la renuncia.
De
mi costilla: el vacío. Nada nace de mí,
ni siquiera esta lágrima de piedra que se humedece en el poema.
&
observo,
lo hago con la ceguera de quien lo ha perdido todo
& sostengo mi corazón como quien entrega un acantilado a los niños.
Más
allá de mi puerta
ningún latido
(hijo
bastardo de la transparencia de los días,
único huésped de los otros que me habitan,
herida predecible para quienes han visto mis ojos)
¿&
hasta dónde llegará mi canto
si todos quieren hablar,
si no calla el cráneo & se rompe,
si todos adentro escriben una fiesta con mi sangre,
si yo escribí mi epitafio allá por mil novecientos noventa & cuatro
& falsifiqué mi ternura para no arruinarle a todos mi infancia,
si la vejez enferma & los enfermos se consideran la última costilla
& no comprenden que los golpes no son sino un eterno retorno
& que cada patada en el rostro del padre
es un puño cerrado sobre los años
& una voz temblorosa que regresa con un megáfono
entre los huesos?
De
mi costilla: el vacío. Ninguna herencia para nadie.
El círculo perfecto de todos dentro.
El círculo perfecto de todos fuera. & mi voz:
este pájaro dormido que despierta a quienes lo imaginan muerto,
la enumeración incesante, esta procesión de ídolos rotos
& cuerpos sin rostro. Anónimo el dolor para romper la piel,
para partir las ventanas frente a la negación de la sombra
porque otras son las guerras de este tiempo, la pólvora & los perros,
porque el cristo es el mismo desde el principio de los muertos
Ahora
nos queda el ruido: un laberinto nunca transparente,
la caricia invertebrada de lo que no se nombra, la mano sobre la pierna,
el juego inocente de las navajas en la garganta, de los periódicos en la sien.
¿& quién quiere salir si allá afuera es igual el aroma del fracaso?
No
se necesita luz para comprender la rosa.
No se necesitan labios para saborear el beso.
Lo que quiero decir: no se encuentra en las palabras.
TOMÁS ANDRÉU
Oquedad
Somos
efímeros:
un
relámpago en medio de la noche
sería más longevo que toda nuestra existencia
y el fulgor de una hebra de tabaco,
ardería más que todos nuestros sueños.
Somos
decadentes:
un
perro putrefacto bajo el sol del mediodía
sería un surtidor benevolente de retribución a natura
y sería algo nuevo bajo el sol
más que todo el fruto de nuestras manos.
Somos
pequeños:
una
ola del azul y profundo mar
sería más esbelta que nuestras ideas
y en la solaz orilla de la playa,
un nombre sobre la arena llegaría
lento al olvido, después del nuestro.
Somos
desolación:
el
yermo Sahara en su vasta soledad
sería más fértil que nuestro enjambre de esperma
y la infinita arena que el sol hace relampaguear
perviviría más que toda nuestra descendencia.
Somos
efímeros,
somos decadentes,
somos pequeños,
somos desolación.
Somos
el poema que nadie acaba.
DERLIN DE LEÓN
Primera muerte de mi Madre
Esta
es tu primera muerte, Madre.
También la mía.
Ya solo tu alma es joven
y mis manos son torpes.
Allá,
alguien te hará daño primero.
Luego los otros, y yo estaré demasiado lejos.
No para salvarte de sus navajas.
Para tomar café juntos, a la zaga del mundo.
Porque aquí tampoco he podido librarte
del carrusel homicida;
de la doble jornada;
de mi padre;
de mis vicios.
Esta
es tu primera muerte, Madre.
Tu primer viaje.
Yo no busco un ataúd, un epitafio.
Busco un agujero hondo
para enterrar ésta piedra.
Busco algo para mí.
No sé dónde.
No sé qué.
