Mostrando entradas con la etiqueta FERNANDO FERREIRA DE LOANDA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FERNANDO FERREIRA DE LOANDA. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de noviembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





J. T. Hopkins, soldado



Sus dudas y temores
con la humedad de su cuerpo,
bajo escombros, en Vietnam,
alimentaron una simiente,
y en un arbusto continuará.

Dios es el acaso, la continuidad
de la materia engendrando vida.


1980


martes, 19 de noviembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Para Octavio Paz



En el salitre fatigado de los vencedores hipoteco
mis zapatos andariegos
y la palabra hastío.

A los vencidos —nunca magnánimos— queda la
esperanza,
ala de tigre, cactus de fallidas flores.

1980

miércoles, 13 de noviembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Kuala Lumpur

a Alvaro Mutis



Arrastrado por la fuerza que lleva a las aves a emigrar,
mudo y estático,
se quedaba mirando los navios y los aviones que
llegaban y partían dándoles procedencia o itinerarios
coralinos.

De tanto soñarse pasajero, humus pretérito, cicatriz de
un deseo
remoto, tripulante o clandestino, cultivaba la
frustración, abonándola
y regándola, para segregar repetidamente el nombre de
las ciudades lejanas
en donde las imaginaba.

Envejeció a la sombra cauterizada de la continuidad
obsesiva, con el
imponderable ponderable para fustigarlo, y, opiado,
las manos, fuente de gaviotas,
ya no vibraban cuando nos hablaba de Kuala Lumpur,
los cuernos de la luna.

Sabiendo que jamás tendría alas para volar, aletas para
nadar, volvía
todos los sábados, en la tarde, al punto de observación,
donde, subyugado,
moría preferentemente una semana. Ebrio, trazaba
mapas, definía concavidades,
y bajo el peso del malogro levantaba la copa y
brindaba: kuala Lumpur, kuala Lumpur,
como algo inasible, más allá de los límites de la razón.
Y a los amigos
hablaba de Bélgica, Trinidad, Hong Kong y Port-Said
con intimidad y colores
tales, del clima y del comercio, de las calles y de las
mujeres, de los prostíbulos
y de los atardeceres, que jamás alguno se mostró
incrédulo, marineros, marginales,
prostitutas.

Hablan de su muerte; hace dos meses que no aparece:
si se mutiló, no fue del todo;
vive, fragmentado, en cada uno de nosotros, míseros y
sedentarios, adventicios
firmes en el suelo, maniatados por compromisos, a lo
superfluo.

No era humano: pájaro de ala quebrada, pez retenido
en el acuario, o vegetal,
quién sabe?


1980


jueves, 7 de noviembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Para Jorge Guillén



¿En qué calendario está la fecha de mi muerte,
qué carta de amigo la detalló, imprevista
bajo el impacto del miedo o consciente del fin?

Inventamos palabras para justificar emociones
suscitadas y las sentimos y vivimos a través
de las que incorporamos a nuestro vocabulario.

El sol no nace ni se pone.



1980



viernes, 1 de noviembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Chichicastenango
  
a Claudia Guillen



Cada gota de lluvia tiene un color
y la vegetación explota con violencia.
El tiempo pasa gritando, opaco y pesado,
preñado de sortilegios;
todos los pájaros son quetzales: los escucho,
y las palabras, cajas donde salta una sorpresa.

1980


jueves, 26 de septiembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Oda para Jack London



Soy siempre de aquellos
que va dejando a alguien,
nunca ese alguien
seguro en la partida:
en la melancolía de la ausencia
la mañana nostálgica es insumisa.

Los viajes fueron hechos para mí.
Nací con los mapas.
Los itinerarios están en la palma de mi mano.

Soy siempre un extraño,
forastero en playas nunca repetidas,
minutos en la existencia de mujeres olvidadas
en puertos nunca visitados por segunda vez.

Tampoco me dijeron nada las manos ni los pañuelos
que permanecen cálidos en los puertos:
desconozco la tibieza del hálito.

También mis manos,
una a sotavento,
otra a barlovento,
nunca se manifestaron.
Nunca las sacudió una saudade futura.
Nunca fui ese alguien que se queda, soy siempre el
que se va,
—el que se va y nunca regresa, como si fuese a existir
el olvido con la muerte.


viernes, 20 de septiembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





El ausente



Háblame de las muchachas, háblame de aquellas
que me esperan a la orilla de los muelles,
navío tras navío anclado, después de la mañana.
No te inquietes si el gallo del campanario
te dice desde el este
que los vientos de mala facción también se orientan
hacia allá.

Háblame de las que se quedan
inclinadas en el balcón del mar
y preguntan por mí
y por las aguas donde ando.

De aquellas que en las mañanas de bruma
mi recuerdo arrebata hacia el puerto,
con la esperanza de esconder mi rostro
en el jadeo, arrullo del pecho.

Y de las que me aguardan en las terrazas
vueltas hacia el mar, ansiosas
en una espera impasible de piedra.

Dime si el sol les doró la cara,
si con la primavera sus senos florecieron,
si de los otros esconden el secreto
para que yo lo diluya
en madrugadas que se aproximan,
y si guardan el mensaje bajo velos opacos
donde la tibieza se refugia
y en la tibieza el misterio.

¿Quiénes son aquellas que a los lejos veo
señalándome en el horizonte
y qué mundo les habita la mirada?

¿Y qué te recuerda esa ansiosa espera, a la puerta
del mar,
por mi retorno que se cumplirá en una fuga
movido por los vientos vigorosos que soplan del sur?

Dime si todavía existe el gran azul que las cubría
y si ningún vientre creció en mi ausencia,
o si alguna, después de mi tan prometido amor,
agotada de esperar, casó.

Háblame del color de sus insomnios,
si habito en sus sueños,
si todas las noches las poseo
y si, cuando bailan, es con el ausente que bailan.
Si cuando se inclinan en el descansillo de la escalera
y me buscan por las playas largas y muertas,
no temen que les robe la flor,
las que flor traen.

Háblame de las cartas que nunca me fueron enviadas
y de los sollozos retenidos en los tinteros
en las manos trémulas todavía de adioses ya tan
remotos
por desconocer el paradero del ausente;
de las que al asomarse a las ventanas abiertas
hacia el muelle
suponen encontrarme recargado en un poste,
esperándolas,
y de las que, deshecho el engaño, al desnudarse
suspiran por mí: Simbad.

De Bangkok vengo, pasé por Borneo,
llegué al Havre y conocí a Marie.
Había mar también (¡oh nostalgia de Violante!)
bañando las costas de España.
A muchas prometí que casaría;
contigo sólo, sin embargo, me casaré.
Y debajo de tu cuerpo desnudo, entre sábanas de lino,
después del amor, en las madrugadas, se levantará el
sol.

Muchas veces te adiviné en la infancia,
en las indelebles muchachas de los mosaicos.
Eras azul en el vaso de porcelana.
Tus cabellos, sólo de cerca vistos,
podré decir si son o no
plumas de mis sueños de niño.
Tus mejillas parecen la orla de una isla
que no existe, que jamás existirá.
Y el hálito de tu amor no empaña los espejos
donde me cristalizo.

Despierta a mi amor, para mis manos,
para el calor de mis muslos,
para las noches que pasaremos en claro,
para las noches en que no tendremos pasado ni
ambiciones,
las largas noches en que nos olvidaremos
de que los gallos cantan y hay madrugadas.

¡Oh!
¡Saber que en lo desconocido existen tus
senos, como un puerto que me espera!



1948

sábado, 14 de septiembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Oda para Bartolomé Días



I

Cuando el astrolabio no te hable más de las estrellas,
de meridianos, de la calculada aproximación o
alejamiento,
de la mujer amada que ves y sientes en cada una de las
mujeres
que ocasionalmente surgen y se desvanecen en los
puertos.

Cuando las amapolas no sean cortadas por tu mano
y las rosas escarlatas se marchiten en tus jardines,
ajenas al perfume de los cabellos que no adornaron,
a las mujeres que no amaste, que no conociste
o ignoraste y que en la noche abren la puerta a los que
les llevan
claveles, alhelíes, rosas blancas, agapandos, nenúfares,
y les dan la boca, que mal adivinan, y su desnudez.

Cuando el timón no responda más a tu voluntad
y te enfrente camino de la muerte,
rotos los zapatos y la esperanza,
aguárdalas en las colinas del sueño,
pálido, con las velas arriadas.


II

¿La muerte? No existe; nada existe en lo efímero,
tan próximo el fin del principio, tan lejos de lo
deseado.

Hace mucho morí
mi propia muerte.
Somos, insignificantes como la anónima simiente que
el viento arrastra
para que las pendientes inaccesibles luzcan colores
como banderas.

¡Oh, saberme poeta como te sabías marinero,
domar las palabras como lo hacías con el viento y el mar,
ajeno al encanto de las sirenas o de las advertencias
divinas!
Callar ante la tempestad e inflexible rasgar el Atlántico
perpendicularmente, mezcla de pantera y Neptuno.
Saberme poeta como te sabías marinero;
saberme uno, indivisible, preservarme sin malogros,
sin pena ni sombra.

Muerte somos desde el nacimiento a la espada que nos
traspasa,
al viento que nos condena, al agua que nos cubre y
diluye.
Oh jerarquía de fuego y cristal,
¿por qué existimos destinados a un fin,
frontera incolora, donde una hoja caída
y suave expresa
su amarilla inclinación por el otoño?


III

Ah, Bartolomé Dias, marinero sin mujeres, sin
puertos,
tanto sudaste por ver el Índico más allá de la tempestad
y de la fábula,
tanto quisiste verte señor de Oriente,
plantar los cinco escudos más allá de tu sueño y la
cruz,
fundiendo lo real con lo fantástico,
cuántas estrellas seguiste loco y lúcido, y qué otros
tantos libracos y adivinos consultaste,
—y los poetas no hablaron de ti, oh hábil,
ni de tus sueños ni de los fantasmas que invocaste
no obstante surcases la cortina que envolvía las
palabras y el abismo.
Pensabas servir a la patria
y serviste a muchas.

Bartolomé Dias de mi infancia,
símbolo de mi raza, agitas y estremeces mi pecho,
y te apegas a mis venas para largar al viento las velas
y arrastrarme al Índico.

¡Ah, Bartolomé Dias, mi ulises luisíada,
te consagraré en la piedra con la palabra o ante Dios!
Te lanzaré del pasado al porvenir
y no habrá tempestad que te abata jamás.




domingo, 8 de septiembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





El ahogado



De alhelíes la sepultura,
rociada en tibia
afinidad con algas,
abriga náufragos
en la palidez de la niebla.

Pardo mundo inconsútil,
la ilusión navega
bajo el extinto albedrío
del retardado suicida
que purifica esperanzas.

Soñar: ya no sueña.
Manos clavadas en el abismo,
la boca abierta a todo el mar
y al pasar el laberinto,
los ojos, ya no ojos:
dos espejos.

1947




lunes, 2 de septiembre de 2019

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA





Ah, soñar con las mudas palabras



Ah, soñar con las mudas
palabras, por silentes
caminos, en la mansedumbre
de las penas olvidadas;
despojado de contenido,
aún existe el náufrago,
exvigía de la bruma,
en la quilla de sepia cargada.

Ahora el esqueleto toma rumbo
por la amura de babor,
ahogado en el gran sueño,
en el caos de su propia alma,
—asombrada sombra blancuzca,
sin brújula,
bajo y sobre las olas
en una cara del prisma.

Del marinero fluye
el silencio
—rosa que escande
los pétalos.



1947

viernes, 30 de junio de 2017

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA




Poema



Soy anónima arena, piedra, cactus, palabra,
pero amigos —tres o cuatro—, suban las escaleras,
no sean ceremoniosos, abran las puertas,
de par en par las ventanas,
sírvanse vino de Madera y disculpen la sobriedad
de los muebles y los gestos:
muero mañana.

Alguno con la muerte, carga secretos
y las manos llenas de sangre, de dinero:
yo no.
Alguno con la muerte, inventa dialectos
que justifican frustraciones:
yo no.
Alguno con la muerte, interrumpe el fabulario:
yo no.
Oh, morir de amor, de amibas, ambarino,
embajador y de amargura,
entre un auto deshecho, de infarto, de ajenjo, esdrújulo,
¡apuñalado por el marido de la amante!

Amor, amar, vivir, amar el amor, amar la vida,
y silbar, en el destierro de las madrugadas
fragmentos de melodías que me quedaron de otra
existencia.

Desde la terraza miraremos la luna, de bruces, sobre el
mar.
¿Y por cuánto tiempo?
¿Arena de qué playa,
piedra de qué peñasco,
cactus de qué soledad,
palabra de qué vivencia?


1956


sábado, 24 de junio de 2017

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA




Verano



La naranja madura en silencio,
pende dorada y cae cual poema
definitivo.

Hay poemas que jamás nacen:
no fueron flor.
El águila veloz desciende
para permanecer y sobrevivir;
la sombra asusta y esconde el sol
a la víctima. Muerta,
los diminutos la diluirán
inconscientes de tiempo.
Sumados los días,
Homero se fragmentará.

Amor maduro, el verano
es la plenitud obsequiosa
a la solicitud;
el camino es el otoño,
después la muerte.

Grávidos, los frutos asoleados
dejan entrever, en sus
subterráneos, lagartijas
menudas y repugnantes.