jueves, 30 de marzo de 2023


 

MALVA FLORES

 

 

 

Azoteas 

Hay que subir siempre. Eso es el destierro,
una cuesta, aunque sea en el desierto.
María Zambrano

 

Perder el pie, el piso, la cadencia del salto; quedarse parado en la azotea. Sí. Así. Solos en la azotea, entre ropa tendida como cuerpos exangües y todas las viejas cosas de las que te desprendes porque no quieres ver lo que pasó, pero las guardas, las metes en cofres, en cajitas, hasta en bolsas de plástico. Las guardas.

Lo que pasó es sencillo. Te equivocaste. Perdiste el pie, el piso, la cadencia del salto y viniste a parar hasta esta isla suspendida en el azul blanquísimo de una tarde brillante: esta eterna azotea.

 

 

ÁNGEL MARÍA GARIBAY

 

 

 

 

El Tepozan

 

ENFELPADAS de nieve y de verdura
nigricante tus hojas, que trepidan
a cualquier viento, a reposar convidan
bajo la oliente paz de tu frescura.

Algo robas, tal vez, a la ternura
de los gorriones que en tu fronda anidan:
si el viejo nido en tu ramaje olvidan,
algo también te dejan de amargura.

Solitario, a la orilla del sendero,
o, en los eriales, lánguido y sombrío;
junto al arroyo, sin cesar parlero,

o, al borde de la mies, amable y pío,
siempre invitando estás al pasajero
y él te desprecia, como al canto mío.

 

 

FERNÁN GONZÁLEZ DE ESLAVA

 

 


 

Otro

  

¡Oh qué buen labrador, bueno!
¡Qué buen labrador!

¡Ah! labrador excelente.
Decláranos sabiamente.
Tu labor y tu simiente
¿Qué significa, Señor?
¡Qué buen labrador!
Todos los hombres nacidos
Aperciban los sentidos,
Oiga quien tuviere oidos.
Oirá divino primor.
¡Qué buen labrador!
Salí con mi ser divino
Del Padre do estoy contino,
Y al mundo, manso y benigno
Vine á hacer mi labor.
¡Qué buen labrador!
Vine á quitar la neguilla
Y á dar divina semilla,
Y en la Virgen sin mancilla
La sembró divino amor.
¡Qué buen labrador!
Sembré en el Ángel primero,
Y esta cayó en el sendero
Porque dijo: por mi quiero
Igualarme al Criador.
¡Qué buen labrador!
Y en Adán la sembré yo,
Y esta entre espinas cayó,
Cuando del mando excedió
De su Dios y su Criador.
¡Qué buen labrador!
En los de ley de Escriptura
Sembré el grano de la altura,
Y cayó en la piedra dura.
Porque le faltó el humor.
¡Qué buen labrador!
Viendo cuán mal acudia
Esta labor que hacia,
Acordé por mejor via
De sembrar la ley de amor.
¡Qué buen labrador!
Tomé la Cruz por arado
Do mi cuerpo fué clavado,
Y allí fué el perdón sembrado
Del que á Dios fuese ofensor.
¡Qué buen labrador!
Los bueyes fueron, cristiano,
El ser divino y humano,
Que con amor soberano
Uncí con la Cruz tu amor.
¡Qué buen labrador!
Los clavos que me enclavaron
Son coyundas que me ataron,
Con las cuales te sacaron
De la cárcel del dolor.
¡Qué buen labrador!
La lanza fué el aguijada
Que en mi cuerpo atravesada
Abrió la puerta cerrada
De la gloria al pecador.
¡Qué buen labrador!
El yugo suave y leve
Que al que hace lo que debe
Yo le ayudo á que lo lleve
Y soy premio á su sudor.
¡Qué buen labrador!
De piés y manos atado
Me tienes hombre culpado;
No temas, que ya he trocado
En clemencia mi rigor.
¡Qué buen labrador!
Mi propia vida sembré
Cuando en el sepulcro entré,
Y de allí resucité
En mi virtud y vigor.
¡Qué buen labrador!
Y en aqueste Sacramento
Sembré divino sustento,
Para dar por uno ciento
Al contrito pecador.
¡Qué buen labrador!
Mira, hombre, si te quiero.
Pues mi Cuerpo verdadero
Queda en divino granero
Porque te hartes mejor.
¡Qué buen labrador!
Comigo mismo te heredo,
Y al Padre voy, y aquí quedo:
Pues yo hago lo que puedo.
Haz tú algo por mi amor.
¡Qué buen labrador!
Sembrarás por tu consuelo
Buenas obras en el suelo,
Y cogerás en el cielo
Fruto de sumo dulzor.
¡Qué buen labrador!

 

SAINT-POL-ROUX

 

 

 

 

La encantadora de serpientes

À Alfred Jarry

  

Sobre el pulgar del pie, senos de proa, pública, ella se arquea desnuda: diadema a sus pies, desenrollándose al resorte de su gesto, lascivamente surgen hacia los ojos de rocío las serpientes hace un momento amodorradas, y en cuanto la muchacha se abandona al brasero de espirales, ya la multitud presiente rubíes bajo las escamas, en tanto que Satán, dueño del circo, aspira el olor del festín que se prepara en el fondo de la crápula, porque ya los reptiles han invadido la carne cincelada de flechas vivas y van a consumir el alma del ídolo que se pasma, simbólico, en su maligna apoteosis de revoluciones, un silbato de víbora entre sus labios de cereza.

 

JULIO MIGNO

 

 

 

Música de toses
acompaña un perro con auyidos largos.
Ajuera, una sombra… ¡la que nunca falta,
la enlutada vieja
que yega en invierno visitando ranchos,
por los quinchos rotos
se lo pasa espiando!

¡Ciérrele la puerta, mamacita güena,
degüeye esos perros que le están auyando:
no le reze a naides que no está pa’ rezos,
despierte los chicos con algún engaño,
porque esa ladrona de los nidos pobres
se yeva dormidos los pichones mansos!

Antes de acostarse pa’l último sueño,
yegó a sus cachorros…,
pintó en cada frente
la rosa sangrienta de sus besos malos,
y tantió los cuerpos… ¡no juera que alguno
s’estuviera enfriando!

(Sin yamar a naides, como dueña ‘e casa,
rempujó la puerta, despenó el pavilo
y apagó los marlos).

Hasta el alba güeltió la enlutada
sin poder conseguir arrancarlos;
madrugando acarriaba el solcito
su visita de luz hasta el rancho,
p’alumbrar unas alas de yelo
que tapaban el sueño ‘e sus guachos…!

 

 

GUY DAVENPORT

 

 


 

En Maratón

  

Marianne Moore saludó el campo de batalla.
Su endeble mano al borde del sombrero
redondo como un plato, de pie en pose de atención
en su mejor estilo Astilleros de Brooklyn
o como años antes Jim Thorpe y ella
izaron la bandera escolar en Carlisle.
Aquí en largas capas escarlata las hileras
avanzaron con escudos sillados, entonando
a los tambores azotados y el pífano chillando
el himno despiadado de Apolo el Lobo,
lanzas remitiendo, colas de caballo fluyendo
de cascos enmascarados con ojos de ultratumba.
Los sableros próximos y los jabalinistas
Más capas rojas, Ares salvaje en sus filos.
Las jabalinas silbaron como perdices
parejas en un monte y cayeron cual nevisca.
Los persas penetraron, barrena de avispones.
Los griegos lanzaron su estocada como el fuego
engulle un palo. Mañosamente sabios
los persas se retiraron hacia el mar
y navegaron fuertemente hasta Atenas,
la cual, el ejército griego en la llanura,
se arrodilló a sus pies, victoria de mañana.
Pero los griegos estaban allí el día siguiente
para reducirlos. Habían corrido toda la distancia
desde Maratón, veinte millas, en bronce.
Hace dos mil cuatrocientos cincuenta y cinco
años. Hay cosas que uno nunca debe
dejar incompletas, como venir de Brooklyn
durante la vejez para saludar al ejército
en Maratón. ¿Qué son los años?