La
encantadora de serpientes
À Alfred Jarry
Sobre
el pulgar del pie, senos de proa, pública, ella se arquea desnuda: diadema a
sus pies, desenrollándose al resorte de su gesto, lascivamente surgen hacia los
ojos de rocío las serpientes hace un momento amodorradas, y en cuanto la
muchacha se abandona al brasero de espirales, ya la multitud presiente rubíes
bajo las escamas, en tanto que Satán, dueño del circo, aspira el olor del
festín que se prepara en el fondo de la crápula, porque ya los reptiles han
invadido la carne cincelada de flechas vivas y van a consumir el alma del ídolo
que se pasma, simbólico, en su maligna apoteosis de revoluciones, un silbato de
víbora entre sus labios de cereza.
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