Música
de toses
acompaña un perro con auyidos largos.
Ajuera, una sombra… ¡la que nunca falta,
la enlutada vieja
que yega en invierno visitando ranchos,
por los quinchos rotos
se lo pasa espiando!
¡Ciérrele
la puerta, mamacita güena,
degüeye esos perros que le están auyando:
no le reze a naides que no está pa’ rezos,
despierte los chicos con algún engaño,
porque esa ladrona de los nidos pobres
se yeva dormidos los pichones mansos!
Antes
de acostarse pa’l último sueño,
yegó a sus cachorros…,
pintó en cada frente
la rosa sangrienta de sus besos malos,
y tantió los cuerpos… ¡no juera que alguno
s’estuviera enfriando!
(Sin
yamar a naides, como dueña ‘e casa,
rempujó la puerta, despenó el pavilo
y apagó los marlos).
Hasta
el alba güeltió la enlutada
sin poder conseguir arrancarlos;
madrugando acarriaba el solcito
su visita de luz hasta el rancho,
p’alumbrar unas alas de yelo
que tapaban el sueño ‘e sus guachos…!
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