En
Maratón
Marianne
Moore saludó el campo de batalla.
Su endeble mano al borde del sombrero
redondo como un plato, de pie en pose de atención
en su mejor estilo Astilleros de Brooklyn
o como años antes Jim Thorpe y ella
izaron la bandera escolar en Carlisle.
Aquí en largas capas escarlata las hileras
avanzaron con escudos sillados, entonando
a los tambores azotados y el pífano chillando
el himno despiadado de Apolo el Lobo,
lanzas remitiendo, colas de caballo fluyendo
de cascos enmascarados con ojos de ultratumba.
Los sableros próximos y los jabalinistas
Más capas rojas, Ares salvaje en sus filos.
Las jabalinas silbaron como perdices
parejas en un monte y cayeron cual nevisca.
Los persas penetraron, barrena de avispones.
Los griegos lanzaron su estocada como el fuego
engulle un palo. Mañosamente sabios
los persas se retiraron hacia el mar
y navegaron fuertemente hasta Atenas,
la cual, el ejército griego en la llanura,
se arrodilló a sus pies, victoria de mañana.
Pero los griegos estaban allí el día siguiente
para reducirlos. Habían corrido toda la distancia
desde Maratón, veinte millas, en bronce.
Hace dos mil cuatrocientos cincuenta y cinco
años. Hay cosas que uno nunca debe
dejar incompletas, como venir de Brooklyn
durante la vejez para saludar al ejército
en Maratón. ¿Qué son los años?
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