Azoteas
Hay que subir siempre. Eso es el destierro,
una cuesta, aunque sea en el desierto.
María
Zambrano
Perder
el pie, el piso, la cadencia del salto; quedarse parado en la azotea. Sí. Así.
Solos en la azotea, entre ropa tendida como cuerpos exangües y todas las viejas
cosas de las que te desprendes porque no quieres ver lo que pasó, pero las
guardas, las metes en cofres, en cajitas, hasta en bolsas de plástico. Las
guardas.
Lo
que pasó es sencillo. Te equivocaste. Perdiste el pie, el piso, la cadencia del
salto y viniste a parar hasta esta isla suspendida en el azul blanquísimo de
una tarde brillante: esta eterna azotea.
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