"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 27 de febrero de 2026
JULIETA SBDAR
Versiones
de un guindado
1
A
mediados de abril, mi abuela
junta varias guindas y vuelca un litro
de vodka en un botellón
que cierra hasta las fiestas de septiembre.
A lo largo de esos meses traslada
el botellón de un mueble a otro
para que esté al reparo del calor
de la brisa y de la luz
potente del día.
La receta no sugiere
ningún itinerario para la maceración,
basta con que repose
en un rincón oscuro
pero el guindado desarma
la fijeza de los días,
hoy por ejemplo que toca
cambiarlo de armario a la tarde.
2
Es
junio y el guindado
descansa en el mueble del living.
Nadie lo recuerda.
3
Lo
podés hacer con grosellas
con arándanos o cranberries,
dice la bobe y deja
el guindado a la intemperie.
Suelta la palabra
que sostenía el poema.
4
Abrirlo,
dice mi abuelo, es como estrenar un
perfume:
nunca se repite
el aroma de la primera vez.
5
Cuando
lo prueba, mi papá
recuerda otro guindado, el de su abuela rusa
la que vivía sola
en la casa del fondo
y aparecía jarra en mano
los primeros días de primavera.
Nadie sabe en qué continente
aprendió la receta.
Este, dice, es un poco más dulzón.
6
Lo
pruebo con el peso
del tiempo estacionado. Pero no.
El sorbo no me trae
otro guindado a la memoria. No importa.
No es urgente
darle forma a la huella.
LUIS CHAVES
Inocencia
polaroid
Alguna
vez hiciste un collage
con fotos de cuando éramos niños
y aún no sabíamos nada el uno del otro.
Como
ahora.
JESÚS RAMOS DÍEZ
Bajo
las plumas
Una
vez más acudo a ti
para sentir el peso del rocío
bajo las plumas de tu nave,
que es la mía, que es la nuestra,
tabernáculo pagano de sabiduría.
Pluma
y espuma
que se cohabitan y se requieren
como puñales emboscados
navegando sin rumbo hacia el mar
incendiado de los ensueños.
Plumas
ardientes
que abaten la tristeza
de cada peldaño no cumplido;
espuma que se deshace en flor,
misterioso desorden que origina
la ola del deseo.
Vivir
y morir, he aquí, amor,
la ventura de esta nave,
luz tenue y vaporosa que surca
los océanos azules y profundos
de rémoras pasadas.
Vivir
con el reflujo gris
de la marea, pena y anhelo
que convergen en leve
contrapunto;
Morir
junto al ocaso
de la alborada, púrpura escarlata,
para sentir en cada fragmento
del tiempo que nos demora
el peso del rocío
bajo las plumas de tu nave,
que es la mía, que es la nuestra…
siempre nuestra.
De:
“Tu ofensiva belleza”
BENJAMÍN PRADO
El
libro milagroso
Esta
historia la sabe todo el mundo,
se
ha contado mil veces:
alguien
encuentra un libro milagroso
que
obliga a quien lo abre
a
vivir
línea
a línea
lo
que dicen sus páginas,
como
si lo que lee fuese una maldición
escrita
en
la palma
de
su mano.
Su
tinta es un veneno en la mirada,
sus
hojas,
el
tarot de una hechicera,
las
alas de una tribu de demonios,
los
pétalos
de
las flores del mal.
Cualquier
cosa que ocurra en él, va a sucederte
—peligros,
aventuras,
conspiraciones,
guerras—
y
sólo
quien
supere
cada
una
de
sus trampas
—imaginad
espectros,
momias
o un
dragón—,
podrá
volver a la realidad.
Se
me ocurre otra idea: una autobiografía
de
la que se pudiera
suprimir
lo
que duele
y
hacer que nunca haya sucedido.
¿Sabrías
responder,
si
alguien te preguntara,
qué
planes tienes para tu pasado?
Sé
que mejorarían mis recuerdos
si
borrase
mis
huellas
del
camino
a la
boca del lobo
—ya
lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo
que
despertar al lado de un extraño—
y
cambiar, por ejemplo, el haber compartido
todo
lo que tenía
con
quien después usó su mitad contra mí.
Cuando
acabé esa guerra,
parecía
uno
de esos soldados que vuelven a sus casas
rotos,
como
esculturas
griegas
a un
museo;
pero
haber caído me hizo ponerme en pie:
no
hay
revolución
que
no comience
a
las puertas de una panadería sin pan.
Ojalá
se pudiese
hacer
con la memoria lo que con un poema:
corregirla,
quitar
las palabras que sobran,
igual
que quien devuelve un pez al agua,
como
quien rompe en dos una fotografía…
Un
verso que se tacha
es
lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.
De:
“La edad de los fantasmas”
RAQUEL JADUSZLIWER
Siguiendo
el hilo de agua, el borde
que
se forma entre lo que pasó
y lo
que no pasó.
Siguiendo
el ritmo de alguna idea fija,
lineal
como un dibujo de niño primerizo
antes
de perderse en sus analogías.
Así
llegamos hasta aquí.
Hay
una música de fondo, pero el calor
es
tan real, puede palparse.
También
lo que sucumbe al peso de la tarde.
Lo
mismo que este sol que me llevo a la boca
maduro
como todo verano.
De:
“Espiga de los días”
MANUEL ILLANES
En
el templo Kalasasaya del complejo Tiwanaku, los antiguos habían plasmado, en
una de las murallas externas, una reproducción del oído humano en forma de
embudo; al apoyar tu cabeza sobre él, podías escuchar, amplificado de una
manera maravillosa, cualquier sonido que se produjera al interior del templo,
incluso a grandes distancias. Como pájaros inflamados las conversaciones venían
a enterrar su ceniza en nuestros tímpanos, acudiendo presurosas desde los
rincones más ajenos. Aquello simplemente rozaba el milagro. La cultura Tiwanaku
había domesticado lo misterioso, incorporándolo a la vida cotidiana de
sus habitantes. Qué
lejos se encontraba ese logro superior de aquellos que nos ofrece nuestra
existencia posmo, representados por iconos devenidos esfinges, que no hacen más que atemorizar o desconcertar sin
establecer terreno sagrado, instalándonos
en un vacío al
que se tilda de “libertad”. Toda nuestra complicada y dramática arquitectura de signos enmascara un
gran cansancio, la certeza banal de que nos encontramos en un camino sin
salida.
Valorar
la simpleza de ese caracol de piedra es reconocerse por un segundo del otro
lado de la pared en la que se estrellan nuestros esfuerzos, avergonzados por el
vértigo de una deslumbrante inocencia.
De:
“Las puertas del Edén”
