viernes, 27 de febrero de 2026

MANUEL ILLANES

 

  

 

En el templo Kalasasaya del complejo Tiwanaku, los antiguos habían plasmado, en una de las murallas externas, una reproducción del oído humano en forma de embudo; al apoyar tu cabeza sobre él, podías escuchar, amplificado de una manera maravillosa, cualquier sonido que se produjera al interior del templo, incluso a grandes distancias. Como pájaros inflamados las conversaciones venían a enterrar su ceniza en nuestros tímpanos, acudiendo presurosas desde los rincones más ajenos. Aquello simplemente rozaba el milagro. La cultura Tiwanaku había domesticado lo misterioso, incorporándolo a la vida cotidiana de sus habitantes. Qué lejos se encontraba ese logro superior de aquellos que nos ofrece nuestra existencia posmo, representados por iconos devenidos esfinges, que no hacen más que atemorizar o desconcertar sin establecer terreno sagrado, instalándonos en un vacío al que se tilda de libertad. Toda nuestra complicada y dramática arquitectura de signos enmascara un gran cansancio, la certeza banal de que nos encontramos en un camino sin salida.

 

Valorar la simpleza de ese caracol de piedra es reconocerse por un segundo del otro lado de la pared en la que se estrellan nuestros esfuerzos, avergonzados por el vértigo de una deslumbrante inocencia.

  

De: “Las puertas del Edén

 

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