En
el templo Kalasasaya del complejo Tiwanaku, los antiguos habían plasmado, en
una de las murallas externas, una reproducción del oído humano en forma de
embudo; al apoyar tu cabeza sobre él, podías escuchar, amplificado de una
manera maravillosa, cualquier sonido que se produjera al interior del templo,
incluso a grandes distancias. Como pájaros inflamados las conversaciones venían
a enterrar su ceniza en nuestros tímpanos, acudiendo presurosas desde los
rincones más ajenos. Aquello simplemente rozaba el milagro. La cultura Tiwanaku
había domesticado lo misterioso, incorporándolo a la vida cotidiana de
sus habitantes. Qué
lejos se encontraba ese logro superior de aquellos que nos ofrece nuestra
existencia posmo, representados por iconos devenidos esfinges, que no hacen más que atemorizar o desconcertar sin
establecer terreno sagrado, instalándonos
en un vacío al
que se tilda de “libertad”. Toda nuestra complicada y dramática arquitectura de signos enmascara un
gran cansancio, la certeza banal de que nos encontramos en un camino sin
salida.
Valorar
la simpleza de ese caracol de piedra es reconocerse por un segundo del otro
lado de la pared en la que se estrellan nuestros esfuerzos, avergonzados por el
vértigo de una deslumbrante inocencia.
De:
“Las puertas del Edén”
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