martes, 17 de febrero de 2026


 

BORIS ROZAS

 

 

Lovers go home

  

En invierno la noche y el amor
son el billete hacia lo perpetuo,
frágil caligrafía
vadeada por hombres
sin patria alguna,
estirpe de miradas
que rodean
lo que no existe y nos invade.

Mi ciudad es silenciosa
sus casas demasiado altas.
Caen los días, se suicidan uno tras otro,
dejando la misma marca
sobre la acera.
Los pinares escondidos
huelen la sangre de los ancianos,
aguardan
el lento declinar de las hojas.

Cuando fuimos en otras vidas
anteriores a esta que nos mece.
Desde mi pie en el estribo
sobresale el tiempo
que conjuga
y de lejos a veces
te menciona.

Lovers go home

el poeta en llamas reaparece,
quizás ya sabiendo
que lo era.

  

De: “Wes Borland aprende a tocar de oído”

 

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

 

  

Retrato del poeta adolescente

  

Cuánto tiempo ha pasado, cuántas cosas

que has vivido olvidaste.

Pero aún puedes,

si miras hacia atrás, ver a lo lejos

a aquel muchacho apenas parecido

al hombre que ahora eres.

En la tarde

de un antiguo verano está sentado

debajo de la acacia que hace poco

cantaste en otros versos.

Deja el libro

que en las manos tenía, y mira el campo

mientras piensa o sueña.

Después abre un cuaderno

y escribe allí un poema que tú ya no recuerdas.

  

De: “Mi tan ajeno yo. Autorretratos 1978-2025”

 

 

MARÍA BARCELÓ CHICO

 

 

 

Acechan los ojos
el brillo de lo oscuro.

En cada ángulo
tantean con urgencia
la frágil materia de la noche.

Desmenuzan la luz.

  

De: “Acaso el grito”

 

 

MAY SARTON

 

 

 

No dejes venir ningún viento

  

Encontraste palabras para esto y lo llamaste amor:
pero cuando tu mejilla estaba contra la mía como una
hoja con otra, no era amor;
Y cuando cedí a vos, no fue
por amor. Desde lo más profundo de la mente
llegó, tan suave como un árbol que florece,
una luz como pétalos cayendo en lo ciego

Vi la vida crecer en mí y plegarse.
Y ahora tengo un cuerpo que nadie tuvo,
y ahora tengo un corazón que antes tuvo
solamente el ala de una polilla en el hueso,
solamente el corazón de una polilla que latía en el centro.
No es menos que el amor que vi abrirse como una
flor en tu beso, no es menos.

 


ALEJANDRO CÉSPEDES

 

 

 

Fragmento 20

El ojo incalculable (III)

Vi el final de la película

  

«Un hombre entregaría naciones enteras por borrar el sufrimiento de su corazón y, sin
embargo, nadie puede comprar nada con el dolor, porque el dolor no vale nada».

RIDLEY SCOTT. El consejero (2013)

 

 

Ahora somos expertos
en la premonición de nuestros cataclismos,
tañemos las campanas que anuncia el desastre
y la extinción de toda realidad, sin embargo,
dejamos que en la tierra el tiempo fluya
ajeno a la estruendosa miseria que instauramos.

Cada acto genera un nuevo mundo.
Cuando un cuerpo se entierra en el desierto
crea un mundo, pero cuando ese cuerpo
se abandona, insepulto, para que sea encontrado
creamos otro mundo.

Dos mundos y un mensaje diferente.
Cualquiera de los dos puede existir.
«El jefe» nos lo recuerda:
ese mundo en el que pretendemos
enmendar nuestros errores,
hoy es distinto del mundo
donde se han cometido esos errores.
Quisiéramos escoger, ensayar otras opciones,
pero ya no es posible repararlo.
Esa elección ha sido realizada
en aquel otro mundo ya pasado.
En cualquier caso, todos deberíamos
prepararnos un rincón donde poder dar cobijo
a esas tragedias que antes o después
llegarán a nuestra vida.
Pero esa es una inversión
que muy pocos van a hacer.
Todos somos el mundo que nos hemos creado,
y cuando dejemos de existir
también lo hará ese mundo que creamos.

¿A qué estaríamos dispuestos
para evitar el dolor que nos aguarda?
El ojo incalculable nos responde:
«Un hombre entregaría naciones enteras
por borrar el sufrimiento de su corazón»,
pero con nada puede intercambiarse
porque nada se puede comprar con el dolor.

«El dolor no vale nada».

 

 

De: “Taller de relojería”

 

LUIS CHAVES

 

 

La bajita del rincón oscuro

 

Mamá quería que yo fuera mujer
y que no lloviera nueve meses al año
y que papá la sacara a bailar de vez en cuando.
Pero era más probable amanecer un día con tetas
o un cambio anómalo del clima,
antes que don Luis la convidara un bolero.
Hace varios años que mi madre dejó de soñar,
hoy aguarda la vejez como un último trámite.
Esa mujer que muchas mañanas
lavó y secó los pies que más tarde
una sola vez bailaron con ella,
se sienta todos los días en las gradas de su casa
a mirar el baile victorioso de la lluvia.
Y para atender mis llamadas,
cada vez menos frecuentes,
ya ni siquiera puede levantarse
por el peso de tanta música muerta en sus piernas.