Fragmento
20
El
ojo incalculable (III)
Vi
el final de la película
«Un hombre entregaría naciones enteras por borrar el
sufrimiento de su corazón y, sin
embargo, nadie puede comprar nada con el dolor, porque el dolor no vale nada».
RIDLEY SCOTT. El consejero (2013)
Ahora
somos expertos
en la premonición de nuestros cataclismos,
tañemos las campanas que anuncia el desastre
y la extinción de toda realidad, sin embargo,
dejamos que en la tierra el tiempo fluya
ajeno a la estruendosa miseria que instauramos.
Cada
acto genera un nuevo mundo.
Cuando un cuerpo se entierra en el desierto
crea un mundo, pero cuando ese cuerpo
se abandona, insepulto, para que sea encontrado
creamos otro mundo.
Dos
mundos y un mensaje diferente.
Cualquiera de los dos puede existir.
«El jefe» nos lo recuerda:
ese mundo en el que pretendemos
enmendar nuestros errores,
hoy es distinto del mundo
donde se han cometido esos errores.
Quisiéramos escoger, ensayar otras opciones,
pero ya no es posible repararlo.
Esa elección ha sido realizada
en aquel otro mundo ya pasado.
En cualquier caso, todos deberíamos
prepararnos un rincón donde poder dar cobijo
a esas tragedias que antes o después
llegarán a nuestra vida.
Pero esa es una inversión
que muy pocos van a hacer.
Todos somos el mundo que nos hemos creado,
y cuando dejemos de existir
también lo hará ese mundo que creamos.
¿A
qué estaríamos dispuestos
para evitar el dolor que nos aguarda?
El ojo incalculable nos responde:
«Un hombre entregaría naciones enteras
por borrar el sufrimiento de su corazón»,
pero con nada puede intercambiarse
porque nada se puede comprar con el dolor.
«El
dolor no vale nada».
De: “Taller
de relojería”
No hay comentarios:
Publicar un comentario