viernes, 6 de marzo de 2020

DOLORES IBARRURI, GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

YANKO GONZÁLEZ





XXIX. educación física, dominio espacial: una sobre lanzar o quizás otra sobre recepcionar. la respuesta tienes que bosquejarla. traza a una pareja espalda con espalda y en medio un balón medicinal. dibuja esa imagen hasta que se hagan viejos.


JACK KEROUAC





Borracho como un búho,
escribiendo cartas
bajo la tormenta

  
De: “American Haiku”

GIACOMO LEOPARDI




  
CANTO I. A Italia


  
Oh patria mía, miro los muros y arcos
y columnas, y bustos, y las yermas
torres de nuestros padres;
mas su gloria no miro,
no miro el lauro y hierro que portaban
los antiguos ancestros. Ahora inerme,
nuda la frente y nudo el pecho muestras.
¡Oh, mas cuántas heridas!
¡Qué lividez, qué llagas! ¡Cuál te veo
hermosísima dueña! Y clamo al cielo
y al mundo: hablad, decidme:
¿Quién la redujo a tal? Y peor es esto,
que encadenados ambos brazos lleva;
y, sueltas las guedejas y sin velo,
yace sentada en tierra y sin consuelo;
y, abandonado el rostro
en el regazo, llora.
Llora, bien has razón, Italia mía,
para vencer nacida
en la fortuna fausta, y en la rea.

Si fueran tus dos ojos fuentes vivas,
nunca pudiera el llanto
igualar a tu daño y a tu escarnio;
pues fuiste dueña, y eres pobre sierva.
¿Quién de ti habla o escribe,
que, remembrando tu pasada gloria,
no diga: grande fue, ya no es aquélla?
¿por qué, por qué? ¿Do está la fuerza antigua,
las armas, y el valor y la constancia?
¿Quién te quitó el acero?
¿Qué traidor? ¿Cuál arte o cuál fatiga
o cuál potestad tanto
valió que el áureo manto te arrancara?
¿Cómo caíste o cuándo
de tanta alteza en un lugar tan bajo?
¿Nadie pugna por ti? ¿No te defienden
los tuyos? Dadme un arma aquí: yo solo
combatiré, sucumbiré yo solo.
Dame, oh cielo, que fuego
a los ítalos pechos sea mi sangre.

¿Tus hijos dónde están? Oigo son de armas
y de carros, y voces y timbales:
en ajenas regiones
pugnan tus propios hijos.
Escucha, Italia, escucha. Veo, paréceme,
un olear de tropas y caballos,
y humo y polvo, y relucir de espadas
como entre niebla lampos.
¿No te alegras? ¿Y tus trémulas luces
volver no quieres al dudoso evento?
¿A qué pugna en aquellos
campos tu juventud? ¡Oh santos númenes!
Pugnan por otra tierra sus aceros.¹
Ay desdichado el que en la guerra es muerto,
no por los lares patrios y la pía
consorte y caros hijos,
mas por los enemigos
de otra gente, y no dirá muriendo:
alma tierra nativa,
la vida que me diste aquí te ofrendo.

¡Oh venturosas, caras y benditas
las antiguas edades, que a morir
por la patria corrían las escuadras;
tú siempre glorioso y siempre honrado
oh tesálico puerto,²
do menos fuerte asaz Persia y el hado
fue que un puñado de almas generosas!
Creo que la hierba, y piedras, y las ondas,
y aun vuestras montañas, al viajero
con indistinta voz
narren el modo como aquella playa
cubrieron los invictos
cuerpos de los que a Grecia eran devotos.
Luego, vil y feroz,
Jerjes huía por el Helesponto,
hecho ludibrio a su postrer linaje;
y hacia el risco de Antela, do muriendo
sustrájose a la muerte aquella santa
hueste, subía Simónides,³
mirando éter, tierra y mar a un tiempo.
Y esparcidas de llanto las mejillas,
y ansioso el pecho, y vacilante el pie,
tañía la dulce lira:
A vos las alabanzas,
que ofrecisteis el pecho a los venablos
por amor de la tierra que os dio al sol;
Grecia os venera, y os admira el mundo.
Al campo de batalla
¿qué tanto amor las juveniles mentes,
cuál hacia el hado acerbo amor os trajo?
¿Cómo tan gaya, oh hijos,
veíais la hora extrema, que risueños
disteis el paso lacrimoso y duro?
Parecía que a la danza y no a la muerte
fueseis juntos, o a espléndido convite:
mas el Tártaro oscuro
os aguardaba, y la onda muerta;
ni las esposas ni los hijos cerca
tuvisteis cuando en la margen áspera
sin besos perecisteis y sin llanto.

Mas no sin la del Persa pena horrenda
e inmortal angustia.
Cual un león en medio de manada
de toros salta encima de uno, y clava
las garras en sus lomos,
y a otro el anca muerde, a otro el pernil;
tal su furia mostraba entre las turbas
persas, la ira griega y la virtud
Ve caballos supinos y jinetes;
ve al vencido, a quien carros
la fuga impiden, y las rotas tiendas,
y, corriendo el primero,
pálido e hirsuto, a Jerjes el tirano;
ve cómo en sangre bárbara
los héroes griegos tintos y bañados,
causa a los persas de infinito afán,
poco a poco vencidos por las llagas,
uno tras otro caen. Oh viva, oh viva:
a vos las alabanzas
mientras en este mundo se hable o escriba,

Antes, cayendo al mar, en lo profundo
chirriarán los astros arrancados,
que la memoria vuestra
y amor transcurra o mengüe.
Vuestra tumba es un ara; y aquí a mostrar
vendrán las madres a sus tiernos vástagos
de vuestra sangre las hermosas huellas.
Y aquí me postro,
oh benditos, y en estas piedras beso,
que serán claras y alabadas siempre
del uno al otro polo.
¡Si entre vosotros me encontrara, y muelle
fuese con sangre mía esta alma tierra!
Que si el hado es diverso y no consiente
que por Grecia mis luces moribundas
cierre postrado en guerra,
así la verecunda
fama de vuestro vate en días futuros
pueda, queriendo el numen,
tanto durar cuanto la vuestra dure.
  

1 Alusión a la campaña napoleónica de Rusia, en 1812, en la que participaron tropas italianas.
2 El Desfiladero de las Termópilas, donde 300 griegos, al mando de Leónidas, perdieron la vida para detener al enorme ejército del rey persa Jerjes, en 480 a. C.
3 Simónides de Ceos (566-467 a. C), poeta lírico que cantó las victorias griegas sobre los persas, y compuso una oda triunfal Leónidas en las Termopilas.


JULIO HERRERA Y REISSIG


  


Reina del arpa y del amor



Evocadora de Jerusalenes
de las graves Afroditas místicas,
de Salomón el creador de harenes
y sumo pájaro de las lingüísticas...

Duermen tus manos de prerrafaelísticas
insinuaciones todos mis vaivenes;
manos que son custodias eucarísticas
para las regias hostias de tus sienes.

¡Vamos a Dios! Entre floridos cánticos,
piquen tus dedos, pájaros románticos,
el Arpa antigua del vergel de Sión...

Y alzando a ti mi beso, en un hipnótico
rapto de azul, como en un cáliz gótico
beberé el vino de tu corazón.

                                                                  
De: “Las clepsidras”

ERNESTO MEJÍA SÁNCHEZ





Sobre un ejemplar de contemplaciones...



Libro mío, ya saliste a envejecer
sujeto al pudor y la amistad, oculto
entre violetas, eras tan intangible
como luna; hoy eres mueble o cosa,
ignorancia o lujo del ocioso, rencor
del sabio, alacrán de perfume
en la camisa del maldito, incendio
de mi casa, secreto que he vendido,
delación de mi alma, amor o escándalo.
Y otra vez intangible, inmarchito
en las sienes de fiebre del amado
lector que te adquirió venalmente.
Mujer que el amor echó de ganar
amigos de toda condición, sin querer
darás al inocente un poco de temor.
Al dañino, la sabida intención.


De: “Estelas/homenajes”


ENRIC SÓRIA





Ars poetica


                            His little, nameless, unremembered acts
                                                          of kindness and love.
                                                                      Wordsworth

                                                               der sússe Glaube
                                        an Wesen, die mein Traum gebar,
                                    der rauhen Wirklichkeit zum Raube,
                             was einst so schon, so gottlich war
                                                                    F. Schiller



Cómo podría no acordarme de vosotras,
tardes anónimas,
vacías como el deseo, cuando en nada descansa.
Las horas en que, altivo,
abandonaba el gris ajetreo del hombre,
buscando la más callada voz,
la que me era precisa.

Tardes solitarias, sólo para mí vivas,
sólo para mi amor llenas y resonantes.
Bajo esa luz, el turbión de los hechos
quiméricamente llegaba a transformarse
en señal de aquiescencia,
tan bella como digna,
y el recuerdo más sórdido era fuente
de un centelleo amable,
si el deseo del tiempo, tan antiguo,
anidaba también, allí, divinizándolo.
Como evocan las ruinas forjadores imperios,
quizá con esplendores que jamás alcanzaron,
y la memoria inventa
falaces espejismos en el ayer desierto,
así yo agradecía las horas y las cosas,
y de una perfección derivé las restantes,
juzgándome, juzgándolas,
con atenta franqueza y la atención
distanciada y tranquila.
Dejando en el olvido los míseros rencores,
asperezas, actos calamitosos, brusquedades.
Así, en las quietas horas,
el mundo y mi destino por fin no parecían
dos seres escindidos, dispersión de fragmentos
en danza inacabable.
Así, la lucidez
edificaba espectros renovados.

Poco duró la farsa.
En el rebaño humano, la pantomima es ley;
y el silencio no encuentra una rendija
en que vivir por el silencio ajeno.
Los hombres pasan, sonámbulos, histriones,
armados de sus vagas creencias y motivos,
con ciega confianza en los objetos.
Del resto, una vez más, el olvido se encarga.

Cómo no acordarme de vosotras,
tardes sin nombre, tardes en que el amor
inventaba palabras convenientes,
palabras que jamás deberían ser dichas por el hombre,
por nadie predicadas.
Igual de inútil que buscar la firmeza en las nubes,
la ternura en las piedras.

Entonces, cuando hablaba a mi solo deseo. 


De: "Andén de cercanías",
Versión de Carlos Marzal