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martes, 30 de octubre de 2018

THELMA NAVA





Tlatelolco 68



I

Es preciso decirlo todo,
porque la lluvia pertinaz y el tiempo de los niños
sobre los verdes prados nuevamente
podrían lograr que alguien olvide.
Nosotros no.
Los padres de los otros tampoco y los hijos y
los hermanos
que pueden contarnos las historias
y reconstruyan los nombres y vidas de sus muertos tampoco. 


II

Tlatelolco es una pequeña ciudad aterrada
que busca el nombre de sus muertos.
Los sobrevivientes no terminan de iniciar el éxodo.
Pequeña ciudad fantasma, húmeda y triste
a punto de derrumbarse si alguien se atreviera
a tocarla nuevamente.
Nada perdonaremos.
Rechazamos todo intento de justificación. 


III 

Miro pasar las ambulancias silenciosas una tras
otra
mientras aquí en el auto
un anciano que sangra y no comprende nada
está en mis manos. 


IV

Que no se olvide nada.
aunque pinten de nuevo los muros
y laven una y otra vez las piedras
y sean arrasados los prados incendiados con pólvora
para borrar, definitivamente
cualquier huella. 



Ellos ignoran que los muertos crecen,
que han echado raíces sobre las ruinas
aunque los hayan desaparecido
(para que nadie verifique cifras).
Todo ha sido invadido por la sangre.
Aún vuelan partículas por el aire que recuerda.
Es de esperarse nuevamente su visita.
Los asesinos siempre regresan al lugar del crimen.





domingo, 31 de mayo de 2015

THELMA NAVA


 


Destino de las palabras

 

Navegamos los días
y las palabras viajan hasta darnos la mano
las palabras incendio
                                en los labios insomnes
las palabras incendio
                                festín de fuego para el solitario.

¿Qué destino para las palabras?
Se recomienza siempre y se vuelve
a la palabra primitiva
                                la que ata
y nos seduce
                   viva
                         temblorosa
                                          cálida
como una mano en la espalda desnuda
o la tibieza de un cuerpo no besado.

 

lunes, 25 de mayo de 2015

THELMA NAVA


 

Para quien pretenda conocer a un poeta

 

Es difícil conocer el corazón de un poeta.
A primera vista resulta fácil doblegarlo por la
    vanidad
ensalzarle y hasta aprenderse de memoria unas
    cuantas líneas suyas.
Caminar a su lado y sostener el mar con la mirada,
hablar de ciudades irreales,
adivinar su amor y sus costumbres,
su vida cotidiana, sus odios y rencores.
Penetrar el secreto de su técnica,
llegar a sus orígenes.

Pero ¿quién, bajo lluvia, es capaz, sabe realmente
    cómo es por dentro ese cuerpo tembloroso, amoroso,
    maldito, blasfemo o perseguido de un poeta?

 

 

martes, 19 de mayo de 2015

THELMA NAVA


  

La orfandad del sueño

para Efraín

 
                              La vita non e sogno. Vero l’uomo e
                                    il suo spirito geloso del silenzio.
                                 Dio del silenzio, apri la solitudine.
                                                                      Quasimodo

 


                                               I

Regreso de los sueños que se inclinan
cada noche a recoger violetas.
De tardes que se juran la lluvia a perpetuidad.
De palomas que se adelantan a los acontecimientos.
Regreso porque es preciso convencerse y mirar
que los atardeceres cambian siempre de sitio
y la lluvia no solamente se detiene en los labios.

Todos los días nos encontramos al pie de la sorpresa.
El viento dispersa sonrisas que surgen de la nada,
del lugar donde no crece ni una sola semilla
y la piedra no es más que piedra
colocada en la tierra.

Mi corazón te está buscando,
como la hormiga que recorre distancias
y se mete en la boca de la manzana.

Y la orfandad no cesa,
oh noche enemiga del alba de las doncellas
que no supieron tejer nunca
un velo nupcial.

De la góndola del sueño surges tú y agitas
la campana de plata
que no conoció la risa de un niño;
solidificas mi corazón y voy hacia tu encuentro
incendiada, como un salmo que vuela por los aires.

                                            II

Todos los días te sacrifico un cordero de oro
surgido de los pies de hambrienta muchedumbre,
nacido del silencio de todos los caminos,
para dar libertad al ángel
de los santos misterios –guardián
de los enamorados que llegan a sus plantas
con la verdad en los ojos–.
Y tropiezo de pronto con un escudo de cobre,
al frente de la puerta iluminada.

Un muro de salamandras me protege
y te me pierdes repentinamente.
Te alejas como un barco en la neblina
y es preciso pagar un rescate de jazmines
para poder besarte en la garganta.

                                              III

Una hebra de plata atraviesa el silencio de tus
    párpados.
De tus manos durmiendo en mi cintura fatigada.
Evoco la tempestad
como un goloso pájaro que devora relámpagos
con demoníaco pizo rechazador de serpientes
    emplumadas.

Surgen las estrellas a la vista de todos.
Y el mito es como un guante sin medida.
El colibrí en su celda, sacude su ala derecha.
Y nos pertenecemos
al amparo de un tulipán nocturno.

                                              IV

Un halcón de madera me señala
dónde se inicia el movimiento de la luz,
en la torre que resguarda el verano.
Porque una sirena ha muerto sobre el agua,
las lámparas del llanto están de pie
y dialogan con las monedas de sus manos rotas.

                                               V

En la túnica marina de cobre, todo sucumbe.
Empieza entonces la desbandada de tu sombra,
que rompe sus cinturones de raso y amaranto
y se desplaza por el viento,
como una botella enamorada.
Una cadena de luciérnagas asoma
de pronto a tus ojos que fulminan
la mariposa teñida de suspiros.

                                             VI

Ya nada puede volver a ser lo mismo.
Se ha violado la cuerda de la noche.
Los sollozos mortales de los peces estremecen el aire.
La ballena ha perdido su sortija
y todo en derredor es orfandad.

                                              VII

Alimentada en ti, permanezco custodiando
la niebla de tu cuerpo
para recuperarte al día siguiente,
a la orilla del sueño, catedral que nos conduce
al nacimiento de otra noche, otra noche.

 

 

miércoles, 13 de mayo de 2015

THELMA NAVA


 
Casi el verano

 

Yo no digo que el sol, inaprehensible sueño de mi piel
entabla una demanda amorosa contra el latido del día.
Digo solamente que mi amor es un gajo desnudo
que se cubre con hojas de ruibarbo y jazmines embotellados.
Mi amor está desnudo y ha empezado a tatuar
    corazones en el viento,
iconoclastas corazones dispensadores de azules albas.

Nunca la música ha cabalgado en potros más esbeltos.
Los antiguos pavorreales del verano han empezado
a mirarse desplegando sus arpas de colores.

A la luz del verano salta, canta, corazón.
El aire quiere dormirse junto a tu boca.
Tu corazón es una maquinaria secreta que me traga.
La lluvia nos conduce de la mano hasta el pan tierno de su  
    abrazo.
A sus puertas estamos. Sobrecogidos y aromados.

La mañana no quiere parecerse a ninguna.
En el viento cercano una palabra tiembla.
La niña ciega alcanza el sueño de la abeja.
En tanto que nosotros transcurrimos.

 

 

jueves, 7 de mayo de 2015

THELMA NAVA


 

Verano en la ciudad
 
a la memoria de José Carlos Becerra

 

I

Los árboles nocturnos crecende pronto sobre
    nuestros pasos.
Cuando la luz descubre su presencia los desnuda y
    los puebla de voces
las voces de la noche y sus amores.
El agua juega entonces con el agua y regresa a sí
    misma
como un amor de siempre que retorna o un
    estremecimiento recobrado.
A lo lejos el agua forma figuras y silencios.
La noche inventa juegos que el día no entiende ni
    logra jamás recuperar
y nos devuelve a nuestro exilio.

Crece la noche como los besos en los labios
como la yerba crece,
los pasos y las formas de los cuerpos
el rumor y las voces de los cuerpos.
O nuestro corazón de pronto sorprendido.

Una pareja pasa sin mirar a nadie
en el instante en que un hombre en cualquier sitio
se entrega a lo desconocido.

La noche silenciosa abierta al olor del verano
suda viento y deseo bajo los rojos reflectores
cuando el amor y sus actos son sencillos como
    en todo principio.
 

II

                                                            Lo profundo es el aire...
                                                                            Jorge Guillén
 

He de nombrar a noche, la levedad del aire.
De lo que nadie habla, de lo que se respira
y aturde los sentidos
                                        panteras de ojos húmedos
como el aire que duele inalcanzable
perseguido en la otra ciudad
                                        en la antigua
la de nombre de piedra.

He de nombrar la luz que estalla bajo el sueño del
    agua,
el aire que recorre todas las soledades
y atraviesa la mirada del vendedor de objetos
    inútiles.

La mariposa gigantesca se pliega al árbol que la
    posee en la sombra.
El vaivén de sus alas toca la eternidad y la destruye
mientras el árbol agotado jadea sueños como frutos.

El aire avanza lento, levanta olas de arena, lame
    cuerpos que pasan.
Atrás quedan los pasos, inciertos, furtivos o firmes
    pasos de quien camina la ciudad
seguro de amanecer en el sitio de siempre.

El aire levanta voces como sombras de agua,
las oculta detrás de cualquier puerta. Y sucumbe.

Se adormece en la noche.
Vivo Vivaldi asiste a la boda del aire.
Caminamos
navegantes de noches apretadas y ávidas
deshabitadas noches de muslos acechantes.
Lo sabemos
cualquier ciudad del mundo es solitaria
                                     a las 4 de la madrugada.

III

Esa presencia de lo humano en la lluvia como una
    jadeante respiración de amor,
esa presencia de la lluvia cuando llega el otoño.
En las manos aún el color de la tarde, la boca del
    verano
delatándonos, habitantes silenciosos construyendo
    el instante de las azoteas
en los suburbios donde el viento camina como por
    su casa.

Canción del viento que se llevó la lluvia,
guitarra sola y silvestre, desnuda y sola para la hora
    del amor, presencia urgente
en este sitio en que se muere a diario.

Labios febriles de pronto apaciguados. Luna del tigre
    buscándonos, cercándonos.
Hombros estremecidos de veranos-tortuga.
Amor de la tierra que no conoció el mar pero sí
    el pie desnudo,
jamás la libertad, pero sí la palabra decisiva.

Las calles de esta ciudad ¿qué nombre tienen, qué
    nuevos árboles, qué huellas de amor sobre su rostro?
Cerca de nuestra sangre, insomne rosa, el corazón
    del hombre no descansa.

Estamos nuevamente en tus orígenes,
ciudad amada
                          para siempre indefensa bajo la lluvia.

 

viernes, 1 de mayo de 2015

THELMA NAVA


 

Petición

 

Deja que mi rodilla te ame
igual que mi boca
igual que el resto de mi cuerpo.

 

viernes, 28 de junio de 2013

THELMA NAVA




El Innombrable



La sombra fue siempre la sombra
el halo que tu imagen me dejaba.

Desterrado de mi paraiso
libre por fin de tí
de tus congéneres
emerge finalmente
tu verdadero rostro.

¡Cuánto afecto, mi Dios, desperdiciado!


jueves, 27 de junio de 2013

THELMA NAVA




Ven 


Ven
ayúdame a insertar mi corazón en la tapa de este libro
enciclopedia donde en cualquier momento puedo leerte
manual de fórmulas para ahuyentar la tristeza.

Ven
ayúdame a olvidarte
a no seguir buscando
la mirada que pusiste en mi rostro
cada minuto diferente
ayúdame a olvidar nuestra hermosa soledad
de animales en celo
Si tú me ayudas
te prometo no salir a buscarte en los espejos
o en el fondo de la taza de té.



miércoles, 26 de junio de 2013

THELMA NAVA





Daguerrotipos



I

Una niña de pie, sobre un taburete de paja

apoyada en un falso tronco

mira tristemente a la distancia.

¿Qué es lo que sus ojos contemplan sin asombro?

Con la mano izquierda sostiene

un cesto de flores de seda.

Su larga cabellera, su tímido fleco que cubre

la amplia frente

que todavía no conoce su destino

despierta en mí de pronto umbrosas sensaciones

detrás de la memoria.

Su pequeña figura de dos años

lleva unas medias oscuras y un amplio vestido

de organza que imagino blanco.


No es en verdad una niña:

es mi padre vestido al gusto de la abuela

a principios del siglo pasado.



martes, 25 de junio de 2013

THELMA NAVA





Mujer inconveniente



Definitivamente no, señora mía
usted no es la mujer que conviene a su marido.
Carece de imaginación,
utiliza el gastado lenguaje de las mujeres
de nuestros abuelos.
Alterna las visitas a los supermercados
con las telenovelas
y espera con la crema puesta la cuota semanaria
del amor.
Y, sobre todo,
usted no sería capaz de compartir a su marido
como lo hago yo
tranquila y resignadamente con usted. 


lunes, 24 de junio de 2013

THELMA NAVA




Las señales




¿Acaso era necesario decir que las señales del amor

eran tan evidentes como el sello que llevaba en la frente

el acusado

como la ola invisible lamiendo el ala de nuestro corazón?

¿Acaso necesitábamos preguntarnos qué era lo que nos

acercaba y nos hacía rechazarnos,

serpientes agonizando en nuestro propio laberinto?

Todo nacía de madrugada, con la avidez del que espera

uno y otro día

en silencio la partida, la ruptura del círculo,

el imposible beso de la figura de barro que nos llama.


Todo nacía en verano, donde la realidad y el sueño

se confunden

cogidos de la mano del absurdo, de lo que no es jamás

regreso de la siempre partida hacia otra parte.


Día que aguardas el silencio de la luz construyéndote

y llegas atónito ante las puertas que te fueron negadas.


domingo, 23 de junio de 2013

THELMA NAVA



  
Esbozo para empezar un amor



Certero, como el que apunta al corazón de la uva
te aposentas en mí.
Preciso como el aire de junio,
la infatigable luz se adormece en la tarde
o el grito del flamenco despedazando inútiles ocasos.

Por ti salgo a encender la pira de los sueños
y a cosechar gardenias imposibles.
Las prendo a un pedazo de tronco fugitivo:
testimonio de ofrenda para el viento
—guerrero hecho de vidrio por el que se despeina
lánguidamente el árbol de un crepúsculo enfermo.

Porque llegas aquí,
porque estás en el bosque  del prodigio al comienzo
de una ternura más redonda que un disco de diamante
y más pura que el canto de un canario que tiembla
y se deshace al pie de una ventana de alcanfores.

Por eso, amigo mío, voy a pulir mis manos en tu rostro.

Porque estás aquí en ti yo creo.
Creo en la llamarada de la tierra
y en el fulgor de un lago que te escucha,
que se hace cada vez más transparente.
Quiero saberlo todo: lo que se esconde detrás de la violencia
de tus ojos, lo que hay bajo la cuerda tensa de tu piel.
Para decir el nombre de las cosas, la palabra precisa,
la que en ti permanezca, la que te diga buenos días
y te descubra el vuelo de la dicha, la orilla de los besos
circundados apenas por una lágrima cuidadosamente amaestrada:
voy  a iniciar la huida del silencio.

Antes que acabe el alba de seducirme con sus hojas de oro,
antes que el viejo árbol empiece a corretear a los conejos
detendré la mirada en la resurrección de una esperanza
que se tienda a tu lado como un largo animal adormecido.