"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 31 de mayo de 2026
ALFREDO ZITARROSA
A
vos, Patria
Vení
Patria y mirá
tus hijos machos cómo se van.
Vos preguntales adónde irán,
que alguien les diga que valen más;
algún día volverán.
Vení Patria y mirá
cómo los muerde la soledad,
–diente de pobre mastica más–
los que se aguantan por vos, están
amasando su pan.
Vení Patria y mirá
qué pan amargo van a sobar;
a vos también te convidarán
y sos el horno donde lo harán
–leña no va a faltar–.
Patria decilo vos;
qué es lo quiere el que te nombró?
dijo “la patria” y se disculpó
–tordo que empolle nunca se vio–
menos si ya comió…
Vení Patria y hablá
cuál de nosotros te faltará…
Los orientales que vos criás
hasta en los árboles pelearán
si es que vos los mandás.
Vení Patria y decí
cuál de nosotros debe morir.
Sobran varones y están aquí,
listos a pelear y porque sí,
si es que vos lo decís.
Vení Patria y mirá
éstos son hombres y están acá.
MAHFÚD MASSÍS
Mercado
persa
Entre
pordioseros vestidos de mariposas,
y piojos traídos del Himalaya,
contemplo el vuelo del vendedor de ensueños y huevos mágicos.
Hay una parca rodeada de flores,
un asesino, una piedra escarlata,
y yo, pobre, cubierto de manchas de resina,
compro un pájaro en medio de la tormenta,
un ave de pecho seco, como el mío.
Quiero escuchar su trémula voz de difunto,
su quimera en mi habitación, su madrigal de hueso;
sentir cómo se quema su plumaje, mientras me agito en los escombros del sueño,
y levantarme a gritos, como si me hubieran desenterrado,
los ojos puestos al revés, bajo la sepultura.
OSBERT SITWELL
En
la costa de Coromandel
En
la costa de Coromandel,
Bailan al son de Handel;
Coralmente, esa costa coralina
Une hueso y fantasma,
Hasta que palabra, miembro y nota son uno,
Fundiendo acto y sonido.
Todo
el día apuntan el paso
En la costa de Coromandel.
Piernas amarillo limón, desnudas,
Piruan al aire empolvado
Desde los primeros brotes verdes del alba,
Frescos como un cuerno del norte,
Hasta que el viento tropical nocturno
Con su lengua áspera
Rompe las frágiles torres de especias.
Reflejados
en arrozales lisos y verdes
(Donde el agua es espejo perfecto),
Sarabandas y rigodones
Danzan en el ronroneo del mediodía,
Mientras las olas lacadas dibujan
Dragones dorados en la arena—
Dragones que deben morir, humeantes,
Bajo la agonía del sol ardiente—
Cuando
elefantes de sangre real
Avanzan hacia el descanso entre barro de lirios,
Entonces la tarde, dulce como mango,
Los invita a un alegre fandango,
Minué, giga o gavota.
Cómo
detestan el turkey-trot,
La danza nautch y la Highland fling.
Pues jamás cantarán
Otra música que no sea la de Handel
En la costa de Coromandel.
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
De
noche
Pasó
el rosario. Por la usual calleja,
del ángel de la guarda en compañía,
rezando el Kirie por costumbre pía
hacia su ejido el sacristán se aleja.
Asunto
pingüe de vulgar conseja,
entre la breña tétrica y bravía
con las memorias del difunto día
el agorero currucuy se queja.
Cerró
la tienda doña Ester Barbosa;
cada vecino en su mansión tranquila
al toque de las ánimas reposa.
Mustio
el farol municipal vigila,
y extienden por la plaza silenciosa
rumor de paz los chorros de la pila.
JAMILA MEDINA RÍOS
Parpadeo
con cola de pescado
Con
cola de pescado o colapez
encuadernaban los turcos
sus libros de regalo.
Se
trataba de álbumes bizarros
donde mezclaban tsunamis
con antiguas batallas de las que habían vuelto
qué importa si triunfales o vencidos.
Los
daban en invierno a sus esposas.
A veces sus amantes/ de las vecinas riberas
deslizaban en el libro una flor púrpura
una marisma/ un marisco de oleada persistente
una maroma de agua que dejara saber.
Cuando
la esposa de un turco descubría el engaño
preparaba un gran bol de gelatina
y debía comérselo de pie:
sin parpadear de pie.
Remedio santo —decían las parteras
cortando el palo encerado/ del cordón
a un lado y otro de las playas
ordeñando/ ordeñando la gelatina de Wharton
para hacer sus brebajes.
Pero
siempre hubo partidas misteriosas
fugas de gas
debidamente enmascaradas/ por las mujeres de casa
con agasajos de áspic:
ese manjar frondoso
sierpe enjaulada en gelatina
ese secreto casero/ que cortado en rodajas
cuando cae a la boca/ se traga sin pensar.
ÁNGELA DE MELA
Canto
IX
La
casa en caracola
ahora que es tatuaje
soberana deslinda
el hogar de los sitios
amanece y es poco
los restos y las fibras
lo amargo de lo dulce
ella sabe que nombra
un tesoro de gesto
mar de leva ahora propio
que descubro entretanto
que oxidados los grifos
mal detienen
desdobladas las sábanas
el tropel del regreso
del amor
miro el copiado mar
y nada es comparable
a la bestia que puede
sostener su defensa
con las luces prudentes
las muñecas que íbamos
apartando del beso
regresan
con la simple costumbre de ser
igual las margaritas asoman
del desastre
y la herida no es grave
ni el perdón tarda o vence.
sábado, 30 de mayo de 2026
ALFREDO ZITARROSA
La
canción del cantor
Canta
el cantor su pena y sus alegrías,
pero nunca ha podido cantar las mías.
Yo tampoco las canto, porque mis penas
de ser tan sólo mías, son como ajenas.
Y cuando estoy contento, tampoco canto,
no sea que de las risas vengan los llantos.
Con cada canto nuevo, siente el que canta
que le sube la vida por la garganta.
Los cantores que cantan cosas prestadas
son como los gorriones, van en bandadas.
Mejor cantar poquito, como el hornero,
y levantar el nido frente al pampero.
No hay canción que me cante, dice el trovero,
para el buey de adelante sobra el sendero.
Porque el canto me sale, como aprendido,
desde el nacer peleando contra el olvido.
Larairairaraira… Larairairaraira…
Larairairaraira… Larairairaraira…
OSBERT SITWELL
Esta
generación
Su
juventud fue febril —apasionada, pronta a apurar
Los últimos placeres de la copa de la vida
Antes de inclinarse a sorber los posos del dolor
Y terminar sus jóvenes-viejas vidas en lucha mortal.
Pagaron
las deudas de muchos siglos
De necedad y riquezas impuras.
Fueron hacia la muerte; y no derramaron lágrima
Por todo lo que sacrificaron de amor y alegría.
Sus
lágrimas se secaron ya en el vientre,
Pues al entrar en la vida —hallaron su tumba.
MAHFÚD MASSÍS
Elegía
a Ernest Hemingway
Los
que arrastramos un pescado, o una vaca negra,
como el Viejo Amargo del Mar de las Antillas,
los que apacentamos una gran culebra por el llano
arrojamos tu ataúd como un sauce de pelos.
¡Qué
golondrina, que sueño sobrevolaba tu corazón
cuando mostrabas el pecho en armas,
como el dios-padre de los mitos desaparecidos!
porque, ciertamente, en la niebla coloquial, en el designio raro,
eras la almendra sobre el tizón negro,
cayendo en la eternidad, riente, inmemorial, con la bala llorando en la piedra
del ojo.
Puro
de alcohol, profundo como el aroma del tabaco,
augur estupefacto sobre la tierra,
montaste a la vida como a un perro,
mordiendo su oreja verde, sonriendo en la tormenta como un búfalo,
y rendido
entre el vino y la mujer, tu barba
de macho perdurable, tu barba de poderoso velamen,
era la barca fenicia y roja en el rescoldo de los días.
Desde mi cojera invernal, yo, americano inerme,
hijo de extraviadas religiones, pusilánime y fatal,
estrecho tu brazo peludo de triunfador.
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
La
casa de todos
Esa la casa de todos,
La del cura.
POMBO
Ancho
zaguán con trasportón de pesa
Que al vaivén del postigo sube o baja;
Portón que cruje pero a nadie ataja,
Y de dar paso a la orfandad no cesa.
Allí
a los pobres se reparte apriesa,
Con paz y amor la próvida migaja
Que a expensas de la huerta, que es su caja,
Les manda el cura de su pobre mesa.
Un
San Cristóbal colosal, que empuña
Un árbol por bastón, y siempre alerta
Cuida no meta Satanás pezuña,
De
la casa cural guarda la puerta:
Nadie tras esta ladra o refunfuña;
Basta empujar para encontrarla abierta.
JAMILA MEDINA RÍOS
Ortigas
de mar/Barquitos portugueses
Por
las mañanas voy a nadar
como un sano ejercicio del espíritu.
El cuerpo sobre la arena
dando vueltas de carnero con las boas de la orilla
que en mal tiempo me incrustan
contra las piedras
los fragmentos de conchas
y las medusas siniestras
que se apoltronan al borde
—guadañas
transparentes medias lunas.
Si a
un sitio/ de inmenso ardor/ quieres llegar
abandona tu cuerpo entre las barcas
sostén tu boca entre la espuma
y ancla fuerte tu cabeza a la mortaja
en la colonia de sargazos.
Bajo
la malla de las sombrillas gelatina
como una boca/ una vulva
una babosa que por fin te cubre
se te abrirán nuevos placeres.
ÁNGELA DE MELA
Canto
XVI
Transfigurar
el uso de las hendiduras
que acoraza en las sombras
latitud
dueñas de himnos para el tacto
anidan tras el borde las sirenas
túnicas insaciables
conducen a su riel de avistado hemisferio
oteamos la leve rozadura de la escama
el géiser
qué transparencia para dejarse intacto
corre el mundo por tu tez
y propone tatuar hacia lo hondo
lo anterior submarino
tú y yo espumamos el sitio que devora
la arena emerge la quilla de un velero
ya no será ese límite
–sobre mí las estrellas
miradas con fijeza el mundo muere–
como rueda de ángel
como viento a la rama
sin salir de raíz
asunta al firmamento
la luna del pinar
si nos salva
quedará de esa lumbre
en el rincón argenta
si eternizo
amor bajo palabras
que sea como gota
tras el índigo mago
retomar las distancias
aún de ese paisaje
espigar en los saltos
como los puentes
la pareja del polvo
y abrazados y solos existir
para no ser memoria.
viernes, 29 de mayo de 2026
ALFREDO ZITARROSA
Mire
amigo
Mire
amigo no venga
con esas cosas de las cuestiones,
yo no le entiendo mucho,
discúlpeme, soy medio bagual;
pero eso sí le digo:
no me interesan las elecciones;
los que no tienen plata
van de alpargatas,
todo sigue igual.
Fíjese por ejemplo
en Don Segismundo con tres mil cuadras;
tiene dos hijos mozos
que son doctores en la ciudad;
yo tengo cuatro crías
y a la más grande tuve que darla;
ninguno fue a la escuela
y pa’ que hagan muela
me falta robar.
Mire amigo no venga
con que los gringos son gente dada;
yo lo vi a Mister Coso
tomando whisky con los del Club,
pero nunca lo vide
tomando mate con la peonada.
No dirá que chupaba
ni que brindaban a mi salud.
Mire amigo, disculpe,
no se moleste, no tomo nada;
yo no sé si usted sabe
que pa’ la trilla hay que madrugar,
los que nacimos peones
no conocemos las trasnochadas;
ando muy mal comido,
y si tomo un vino me da por pelear.
MAHFÚD MASSÍS
El
brazo invisible
Te
contemplo en mí, poderosa materia, funeral pá,pano,
fugaz y vulnerable en tu forma, indestructible en tu discurrir eterno,
descubre por una vez esta lúgubre quijada,
el tramo sepulcral de mi rostro aquilino.
Invita esta noche a Barrabás, al papa negro,
no quiero ser el ángel castrado, el hijo del inmigrante en derrota.
Recoge el velo de esta aventura:¡acompáñame, pordiosero!
Asesiné la alegría; cambié la luna por esta piedra que llevo sobre
el pecho.
Alguien
destruyó mi familia cierta noche. Ignoran
que soy un faraón de piedra, un ave
patriarcal que limpia el legendario Río.
¿Quién me desgarró el hombro? ¿Quién
me mordió la quijada? ¿Quién destrozó la cabeza de mi vástago?
Unos cráneos grises me comen la hierba del corazón,
la pimienta de unos ojos muertos. Un brazo oscuro,
terrible, como el ojo de Tutankamón bajo la fosa,
señala el cuero miserable de mi cabellera,
el piojo que preside mi sueño invernal, mientras acepto
la limosna del asesino, del comerciante en carbón o piedras
preciosas.
¡Oh,
magos! Si existís en algún lugar, debajo de la tierra,
acordáos de mí. ¡Largos brazos, buenas piernas en mis sueños!
Que pueda matar con la mirada abierta.
Sin que el gigante sentado sobre mi alma, sin que
los remordimientos
destruyan el acto espiritual. ¡Sin que las lágrimas
me partan en dos el caballo negro del pecho!
OSBERT SITWELL
Progreso
El
calor de la ciudad es como un velo de plomo—
Sus lámparas bajas brillan en la medianoche
Como gigantescas polillas naranjas que revolotean
En el oscuro tapiz de la noche.
Las
altas casas negras aplastan
A los mendigos que se arrastran abajo,
Que caminan pensando en brisas frescas,
En cuerpos de plata bañándose en un estanque;
O en árboles que susurran en algún pueblo lejano
Cuyo sosiego los crió, cuando creían
Que aquello era solo metal, no una tumba de tierra
Donde los hombres entierran lo bello y lo puro.
Cuando
podían perseguir mariposas enjoyadas
Por senderos verdes con olor a helecho,
O suspirar por el futuro, rico y raro;
Cuando, sin saberlo, sus llantos de bebé
Eran tan hermosos como esas mariposas.
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
Mayo
Alivio
de las ásperas faenas,
de
llovizna rasgando el cortinaje
ya trisca sobre el húmedo paisaje
Mayo gentil, ceñido de azucenas.
Del
soto por las bóvedas serenas,
murmura
de la vida el oleaje,
y se acendra, temblando, entre follaje
el nectáreo festín de las colmenas.
Pintados
al fulgor de las mañanas,
púberos
lirios y vírgenes pomas
para el altar acopian las serranas,
oyendo
allá, tras de repuestas lomas,
el
discreto rondel de las fontanas
y el
arrullo de amor de las palomas.
JAMILA MEDINA RÍOS
Estrategias
de babosas
Una
de estas noches que se pasan en blanco
sin erratas sin dormir
ven, tigre, a devorar hipopótamos/ gacelas
sobre mi mano adormilada
herida por mil picas por mil hielos.
Ayer
en una fiesta
tuve la visión del tempo de las actrices porno
los productores de televisión y las cantantes mundanas
de cabaret
oíamos
el último disco del trovador iluminado
y una mujer orinaba
—la saya rosa dejando ver el pubis sin rasurar
estremecido—
en un cuadro contra la pared.
En
nuestra única noche
quiero reunir todas las sensaciones probables
pitos de trenes
tremando
perdidos sobre rieles
oros del horizonte disueltos en la arena
de playas privadas vacías
el sabor de las aceitunas negras en vinagre
chocolates con semillas
helados de menta
vinos y yogures de fruta
hongo
de quesos azules holandeses
vello púbico
de una princesa sefardí.
Cuando
caiga la noche no me dejes dormir
he preparado un mus
un striptease/ un baile de disfraces
he llenado la alacena
y he secado la leña
puse geranios junto a la ventana
cortinitas suaves
y margarina entre mis nalgas
como en aquellas
tostadas francesas
que te comías en París
hay
agua fría en la nevera
y agua caliente en la ducha
si no lo hacemos
por lo menos no dirás
nadie
me atendió en esta casa.
La
naturaleza es sabia:
hay serpientes que se pasan por muertas
hay palomas ratas ranas
que despiden un hedor de cadáver
cuando las asfixia el miedo
el pez vampiro se protege virándose al revés
con una capa de espinas de goma
alardes celebración y mímesis.
Gira
conmigo hasta que ya no sienta el suelo
fornica conmigo hasta que deje de temer.
Las
babosas de mar
convierten el agua en una gelatina viscosa
una baba que se queda entre las manos
mientras escapan mararriba hechas un nudo.
Voy
a ponerme bocabajo
tengo miedo del tedio
voy a ponerme bocarriba y de costado
hazme la quinta posición
cuando se ponga la luna
no me dejes dormirme
no me dejes caer
no dejes
no.
ÁNGELA DE MELA
Canto
XIV
Entender
en pleamar el ascua del Océano
frutos las piedras de ignotas descenciones
curso engastado
la coralina y el zircón frente al liquen
joyero que abre a nuestra andadura
su puerta milenaria
colgantes de amonite una vez más regresan
y el rosetón del fósil
rehace sus colores frente al cuarzo
uniformes en la rara aspillera
en mi regazo joyas
que tus manos recogen a trasmundo
abalorios que apremian desde el fuego
cresta de pedrerías
berilos y obsidianas
es la hoguera la tarde
y el tiempo en lo insondable mece a los minerales
unánime el rumor de anfibia mansedumbre
parpadeo la ruptura del hueco en la ternura
definitivo pliegue la saga de las aguas
asida soy lo suyo
de su propia manera
recuerdos que adornarán mi cuello
e iremos zozobrando en el turbión de vuelta.
jueves, 28 de mayo de 2026
ALFREDO ZITARROSA
La
canción quiere
Fruto
maduro del árbol
del pueblo
la canción mía
siempre porfía.
Puede morir pero quiere
cantarle sólo a la vida
que no la olvida.
No tiene miedo a la bala
ni a la bomba, ni al infierno;
canta pudiendo.
Lleva en las manos heridas
una flor con una espina
agua y harina.
Canto del pueblo que ama
también canta por dinero
como un obrero.
Sombra de Ganzio
y de Mora
de Fernández
de Mendiola
no canta sola.
Quiere ser flor y se cierra
como un puño; que la cuide,
eso me pide.
Nombra la carne horadada
de la vida más amada
la desarmada.
Fruto maduro del árbol
del pueblo
la canción mía
siempre porfía.
Quiere ser flor y se cierra
como un puño;
que la cuide, eso me pide.
MAHFÚD MASSÍS
Nocturno
del piano
El
piano, con su quijada negra, con sus dientes blancos cruzados de gusanos,
canta como un papa melancólico. Sus notas
caen como los huevos del esturión muerto
sobre mi corazón en esta noche.
Mata al demonio del piano, amiga mía, ahoga en su vientre la furia escarlata.
Rompe su levita de caballero velado;
pero déjame solo, ahorcado en la cama.
El virrey baila el tango mientras lloramos,
agita sus orejas como toneles,
evocando a Francisca, a Leonor, a otras luces devoradoras,
(doblando un pliego de su carne, realizando hechizos sobre el fuego),
pero el piano, mi niña, resuena imperial, desierto, triunfando siempre de la
fatiga,
en tanto el virrey ríe, quimérico y hostil, mostrando su halcón de oro.
Mata al demonio del piano, amiga mía;
escucha cómo resbala sobre los gladiolos, rompiendo
los sacos de la memoria, antiguas sombras, y vacila
como hembra preñada
encendiendo un candil, una muerte nueva en el ciervo blanco del pecho,
una segundo vida que desconozco, y que rechazo
como la horma negra a la nube.
OSBERT SITWELL
Babel
Por
eso su nombre fue Babel.
Y aún permanecíamos mirando
Hacia aquella ciudad de brasas
Que cada golpe del destino
Había reducido a su base.
Demasiado
tarde llegó la serenidad.
Casas rotas contemplan
El laberinto infestado de ratas
Que una vez elevó neblinas rosadas
Hacia la eternidad.
Los
contornos, antaño firmes,
Son ahora pensamiento o burla
Para los muertos que lucharon…
Cimientos de un futuro.
Las
arenas donde jugaban niños
Son desoladas, temerosas
De la oscura humanidad de la noche,
Que rehace a los muertos con su frescor
Y no culpa a nadie
Por el fuego, el plomo y la ruina
Que cayó sobre nosotros.
Cuando
todo lo bueno que conocimos
Cedió ante el torrente del mal,
Y mitos monstruosos de hierro y sangre
Oscurecieron la claridad de Dios.
Hundida
en pecado, esta estrella trágica
Se hunde más, y lucha contra sí misma,
Sembrando los mares de víctimas
De una enfermedad del mundo.
Y
nos deja beber
Las heces de la terrible profecía de Babel.
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
La
casa en Ruinas
El
techo de mi estancia ya encalvece;
yerbas brotan en él mustias y canas;
entra turbia la luz por las ventanas;
ya la armazón se dobla y desfallece.
Ya
el huerto, exhausto de vigor, no ofrece,
sobre el bardal colgantes, sus manzanas;
do emporio fue de púrpuras y granas,
zarza y cardón sin avecillas crece.
La
casa de mi cuerpo anuncia ruinas:
ya es fuerza que hasta el polvo la destruya
la muerte en sus profundas oficinas;
Huye,
alma, pues, de la posada tuya,
hasta que al fin del tiempo, en sus colinas
Dios a propia mansión te restituya!
JAMILA MEDINA RÍOS
Ovación
Entro
en el submundo de los veedores del fútbol
como en las arcas del Infierno –por supuesto–
hay risas gritos humo de cerveza
y ese olor tan característico…
hay torneos:
los veedores se piden las cabezas
se amenaza con violar al cabecilla
o a la novia del cabecilla
de cada bando contrario.
Tiemblo
me pregunto quién será el cabecilla de nuestro bando
sé que a esta hora
ningún striptease los sacará de quicio
los meterá en cintura
con el ojo en el gol
pero
también sé que si perdiéramos
si fueras tú el cabecilla
olvidado de ti
me violarán 1-2-3 mil vencedores
no mirando mi carne
sino la portería.
Maldito
cuerpo de mujer
con esta forma de falsa valla
red encubierta
que no tiene el valor de la penetración en público.
A
fin de cuentas
qué es un gol sino una violación
cien mil veces aclamada
–bajo el cielo–
en la garganta abierta del estadio.
ÁNGELA DE MELA
Canto
IV
La
casa es un espacio
el temblor es más terco
donde las transparencias
en espinas de rocas
confunden a la suya
hará girar la grieta
lo que abisma y se yergue
en estampida
codiciosos postigos
cuando llegue la hora
las heridas
la piel
nada será olvidado
hará valer el tiempo
debajo de las cosas
el mar como a su encuentro
pondrá fin a un naufragio
el viento a su velamen
y a ese obstinado suelo
donde la luz padece
el ocre en los armarios
los pliegues de la blusa
el cajón que amontona
polillas en las dunas
temblorosos retratos
las pequeñas e inmóviles
ensenadas del polvo
como centros del agua
pasarán a ser gloria del sitio
mansamente
al sajuan perfumado
y al búcaro atendido.
miércoles, 27 de mayo de 2026
ALFREDO ZITARROSA
Doña
Soledad
Mire
doña Soledad,
póngase un poco a pensar,
doña Soledad,
cuántas personas habrá,
que la conozcan de verdad.
Yo la vi en el almacén
peleando por un vintén,
doña Soledad.
Y otros dicen haga el bien,
hágalo sin mirar a quién.
Cuántos vintenes tendrá
sin la generosidad,
doña Soledad,
con los que pueda comprar
el pan y el vino nada más.
La carne y la sangre son
de propiedad del patrón,
doña Soledad.
Cuando Cristo dijo no,
usted sabe bien lo que pasó.
Mire doña Soledad,
yo le converso de más,
doña Soledad,
y usted para conversar
hubiera querido estudiar.
Cierto que quiso querer,
pero no pudo poder,
doña Soledad,
porque antes de ser mujer
ya tuvo que ir a trabajar.
Mire doña Soledad,
póngase un poco a pensar,
doña Soledad,
qué es lo que quieren decir
con eso de la libertad.
Usted se puede morir,
eso es cuestión de salud,
pero no quiera saber
lo que le cuesta un ataúd.
Doña Soledad,
hay que trabajar…
pero hay que pensar…
no se vaya a morir…
la van a enterrar…
Doña Soledad…
MAHFÚD MASSÍS
Incitación
al vals de un poeta
Tus
hijos bebían sangre de ganso salvaje.
Tu pobre corazón dormía entre las moscas.
Sin embargo,
un día
te colgaron un trozo de cuero
en la solapa. Se te puso la cresta roja.
Caminabas con paso de gamuza por los corredores.
Pero tuviste que vender tus dientes.
El traje destinado a tu propio entierro.
Soñabas
con el gran premio.
Besabas a los jurados, acariciabas sus tetas,
mientras dormías en la posada
del gato nocturno.
Quisiera
detenerte, morderte una oreja.
Pedirte que vuelvas a tu oficio de hombre,
Inventes el fuego y juntes piedras.
Y que estalles cuando aparezcan los enmascarados
de la noche, les vueles el trasero
antes de que lleguen los muchachos de la prensa.
OSBERT SITWELL
La
próxima guerra
La
larga guerra había terminado.
Sus miserias se habían desvanecido.
A los sordos costaba hablarles,
Los héroes se volvieron tediosos.
Aquellos alquimistas
Que convirtieron sangre en oro
Habían envejecido.
Pero
celebraron una reunión,
Diciendo:
«Quizá
deberíamos
Levantar tumbas
O erigir altares
A aquellos valientes muchachos
Que tan gustosamente fueron quemados,
O cegados,
O mutilados,
Que perdieron todo parecido con lo vivo,
O fueron reducidos a sangrientos jirones
Por nosotros.
Quedaría bien.
O incluso podríamos educar a los niños».
Pero
el más rico de aquellos magos
Tosió suavemente;
Y dijo:
«Yo
siempre he estado en el frente
—en empresa privada—,
No cedo en espíritu público
Ante nadie.
Creo que vuestra idea es muy buena
—excelente—
Y no demasiado costosa…
Pero me parece
Que la causa por la que luchamos
Está otra vez en peligro.
¿Qué memorial más adecuado para los caídos
Que sus hijos
Caigan por la misma causa?»
Saliendo
apresuradamente a la calle,
Los amables ancianos gritaron
A los jóvenes:
«¿Vais
a sacrificar,
Por vuestra apatía,
Lo que vuestros padres murieron por lograr?
¡El mundo debe hacerse seguro para los jóvenes!»
Y
los niños
Fueron…
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
El
secreto
¡Oh
ni Platón ni Sócrates, famosos
En los anales del saber, supieron
Lo que estos pobres niños…
ORTIZ. “Los Colonos”
Con
la postrara bendición termina
Su rezo el cura. Oyendo se recrea
El coro de los chicos de la aldea
Que en la escuela salmodian la doctrina.
El
vago son, cual música argentina,
Del pueblo por los ámbitos pasea,
Y al sacerdote el corazón le orea
Como brisa balsámica y divina.
De
este plácido edén he aquí el secreto;
He aquí la clave, que el mundano ignora,
Que ignoraron Plutarco y Epicteto:
Niño, joven, mujer, anciano grave,
La ciencia de los hombres salvadores
Todo mortal en Villasuta sabe.
JAMILA MEDINA RÍOS
Ifigenia/Polixena/Casandra
No
esperes comprender la poda
ni añores
que la raíz te atraviese vertical como un tentáculo,
te penetre viole(n)ta.
Túmbate.
Piensa en el sexo de las mutiladas y las brujas las débiles las retrasadas las
caídas piensa en las ciegas las locas las mudas las lisiadas las cojas las
tullidas
las lerdas y las lelas
las enanas
piensa en el sexo de las tardas
que no llega nunca.
ÁNGELA DE MELA
Canto
III
La
casa
la yugular mordida
en la tromba de espumas
también era de nadie
la viga cavó al nácar
su castillo
de cadencia ignorada
al filo de los caños
gira desvencijado
en aluvión frenético
fenece la columna
combado el epicentro
su sismo en las astillas
y en abisal relieve
recala temerarios desnudos
al eje de catástrofe
contra la soledad
el afecto en la cal
que ilumina y esconde
enzarza en los escombros
el litoral
donde crujen mis venas
y regreso a tensar
uno a uno sus palos.
martes, 26 de mayo de 2026
FERNANDO LAMBERG
La
hoja blanca
Una
hoja blanca brilla bajo la luz de la lámpara.
Brilla como la nieve o como la luna.
Espero a una mujer y quiero entregarle un poema.
Un poema que logre borrar la ofensa.
Sin querer dije algunas palabras absurdas.
Y esas palabras la hirieron.
Ojalá olvide y regrese.
Sea como sea, creo que volveremos a encontrarnos.
Contemplo la hoja mientras intento
escribir con tiza blanca sobre una pizarra blanca
o trazar unas letras sobre el ala de un ave
o grabar una línea en una nube.
Pasa el tiempo. Sopla el viento en la ventana.
sobre la hoja cae una sombra.
Ya sé. Ella está de pie junto a la lámpara.
Comprendo que volvió sin rencor.
En su rostro adivino una sonrisa.
Olvidó o perdonó la ofensa.
Y la sombra de ella sobre la hoja blanca es el mejor poema.
LUIS PEREIRA
Son
las furgonetas del hospicio
Hay
un sitio en el asiento del fondo
Atuendos baúles viejas indumentarias útiles para el viaje
Hay un sitio junto al chofer
Son los vehículos de la funeraria
Estacionan en doble fila en la principal
Son las sirenas del vehículo
Es la puerta de emergencia los heridos del conflicto del que hablan en la
televisión
Acá no hay decoración mayormente
Son las furgonetas del nosocomio
La superficie preparada los terraplenes
Los cerrojos las puertas que no se abren desde el interior
Es la palada de tierra lo banal del movimiento de los sepultureros
SUCEDÁNEOS
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RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA
Ironía
Toma,
toma mi lira; quiero darte,
como recuerdo de mi fe pasada,
esta lira infeliz que fue mi espada
y que fue mi broquel y mi estandarte.
Póstuma
ofrenda de mi inútil arte,
la dejo ante tus pies abandonada,
aunque a golpes tu planta idolatrada
con ofendida majestad la aparte.
Mas
cada golpe de tu pie furioso
le arrancará un sonido melodioso,
y tan rudos tormentos y martirios
acaso
corresponda de memoria,
con una endecha en que cifré su gloria…
y en la que digo que tus pies son lirios.
ANNE STEVENSON
Flores falsas
(para Caroline Ireland)
Iban
a ser un regalo de amor,
pero cuando ella rasgó el embudo de papel,
ambos vieron que eran falsas; flores falsas
que él había cogido deprisa del escaparate de la tienda,
cosas coloreadas hechas a mano, rígidas como crinolina.
Al
instante pensó en manos de mujeres
cortando bajo una luz mugrienta junto a la ventana de un taller;
mesas toscas cubiertas de cabezas de flores recortadas:
lirios, iris, prímulas, crisantemos sin aroma,
pistilos sujetos con alambre
en coronas de estambres con puntas de esponja,
sépalos y pétalos perfectos, perfectamente
inmunes a las amenazas del jardín.
¿Por
qué tan equivocadas, tan… desoladoras? ¿Por qué no, en cambio,
símbolos de un amor inmutable?
Y aun así, bastante bonitas,
pensó, mientras las colocaba en un jarrón
con hierba seca y hortensias del verano pasado
cuya muerte seguía estando (¿cómo decirlo?)
viva, o quizá en el otro lado de la vida.
¿Dos caras, en realidad, de una misma cosa?
Se
rió un poco; ideas así eran embarazosas
incluso guardadas para una misma,
pero el hilo de sus pensamientos
la llevó por su túnel privado durante la cena,
y al acostarse, mientras se cepillaba los dientes,
levantó por azar la vista hacia la luna.
Su rostro iluminado por el sol estaba vuelto, como siempre, hacia ella.
La luna llena, no pudo evitar pensar,
aunque sólo vemos la mitad.
Decidió
que era una intuición que podía
compartir con él, pero cuando él se unió a ella
y juntos quedaron tendidos en la oscuridad,
pareció no haber razón para decir nada.
Las palabras, en cualquier caso, estarían mal,
escaparían o deformarían su sentido.
Bueno fue la sílaba que le murmuró,
desvaneciéndose en el sueño. Y apenas por un segundo,
vacilando al borde de él, creyó
que todo lo que debía ser, era comprendido.
QUILO MARTÍNEZ
Las
llaves
Para
cerrar
las llaves no me agradan
si hay ogros en los castillos
y princesas encerradas en las torres.
La bailarina inmovil
espera en la caja de música.
y a un giro de los dedos
cambia el mundo según marque la llave.
Hay llaves indecentes
las de las celdas.
Hay llaves mentirosas
las que usan los magos en los circos.
Hay llaves cómplices de estafas
las de las cajas fuertes de los inversionistas.
Hay llaves que abren todo
las ganzúas: las que usan los ladrones.
Las
llaves que yo tengo
son sencillas
modestas
proletarias,
abren tan solo, que no cierran,
las puertas de mi casa.





