domingo, 6 de septiembre de 2026


 

EDUARDO MILÁN

 


 

Los pájaros ganaron


suena a cristal que cuelga tocado por cuchara de metal
cristal con metal se oye
una semilla no se oye
algo tan delgado va de gajo a gajo
baba luminosa de caracol con brillo amarillo de mundo mudo

vinieron, cantaron, dañaron lo mínimo
algunas cosechas, plantas picadas, siembras
yerbas de más, ayer fue menos –ni sombra del daño
si se compara especie con especie
a quién daña ese colibrí de ahí que nada tiene de ti o de mí
a los polos no los para nadie en hacerse agua
tampoco al soviético en hacerse polvo
el capital respira hundiendo todo lo que no es polo
trajeron un canto que nadie entiende —el triunfo
sin trofeo—
nada tan frágil fue tan fuerte tan poco tiempo

 

De: “Reversura”

 

 

LUCÍA RUEDA


 


Mi mejor amiga y yo compartimos un Ipod y nos quedamos en su cama hasta la tarde


Escuchamos música
y me pregunta
¿podrían gustarte?
Desliza sus labios
que parecen una carretera
donde un árbol se incendia
y las personas sienten miedo
pero se quedan fascinadas
a la vez.

Su lengua roza mi ceja
y compruebo que existe
arriba de mi ojo,
en su posición de sombrilla.

Me pregunta de nuevo:
¿te gustan? 

Y soy yo
una criatura pequeña,
un cangrejo que
la gente
ve pasar;
una palabra que se aprieta en los labios.

¿Qué dirían tus papás
si se enteran
que te gustan las niñas?

Sus labios ya un derrumbe
sobre mí
y yo
el jugo del melón,
una granada abierta,
el sabor de un limón socarrado.

La canícula verdadera
parecida
a cuando se está en el tráfico
para llegar a la playa
y el sol te calienta el rostro,
las manos.

Nos besamos,
nos reímos.
Somos dos adolescentes
en su cuarto
y nuestros uniformes
nos atraen
y nuestra lengua
nos atrae
y su cuarto de ladrillo
nos atrae.

Tomamos distancia
y pienso
en los mejores momentos de mi vida:
ir a la feria por primera vez,
subir un árbol,
comer pan francés,
pero ninguno de esos momentos
como éste
donde
sé,
exactamente
la geografía de mis cejas.

Donde

claro,
era esto,
un beso, 

la canícula verdadera.

  

De: “Esta batalla que fue”

 

 



MÓNICA NEPOTE

 


 

Los colores de los vestidos que me gustan dicen tanto de las bocas silenciadas

 

Manos textileras. Alguna vez visité una tienda de telas que parecía detenida en el tiempo, en los anaqueles estaban las telas enrolladas cuyos diseños y tramas cromáticas me remitían a otros cuerpos, movimientos sinuosos de los cuerpos de mujeres andando las calles. Manos de mujeres trabajadoras, entintando hilos, manejando máquinas, trabajando el telar. La indumentaria de las mujeres que fabrican los vestidos que otras portaremos son colores oscuros, sucios, dolidos.

Los colores y la rueca. Mis cuentos de infancia tenían elementos de costura, vestuarios.
Siempre me obsesioné por aquellos que mencionaban los instrumentos, aquel huso de la durmiente, la rueca o acciones propias como el hilar tareas del tejido, las largas trenzas.
Algo en la fabricación de los textiles implica una condena pero también hay una sutil rebelión. Las sábanas anudadas son el escape.

El poder de elaborar las telas. El poder de fabricar el textil y más tarde de fabricar el atuendo. No hay nada más perfecto que cubrir la piel con una tela hilada por una misma, nada más poderoso que confeccionar el vestido propio.
Y sin embargo las costureras, las textileras siempre han estado al margen, por su oficio, por sus cuerpos.

Mujeres en el borde de las telas. Alguna vez tuve entre mis manos una tela africana pintada y diseñada por mujeres, los hilos entreverados del algodón, el diseño sutil y los colores rosa pálido, guinda, rojo, negro; los dibujos, flores, grecas, líneas curvas. Y lenguaje: una frase suajili cuyo significado es misterioso, no por lo que dice sino precisamente porque no sé qué son esas palabras, no hay forma de saberlo. Los vestidos como el lenguaje dicen cosas que son interpretadas de una cierta forma. Los vestidos rasgados a la fuerza, arrancados, son palabras pisoteadas, un lenguaje fallido o grito y luego silencio.
La vestimenta es política, la vestimenta dice de la procedencia, habla economía, habla ostentación, habla pobreza, habla en género de quien la porta, se desdice, agrede o agrada.

La vestimenta y su poder infinito. Elijo un vestido de textilera, elijo un vestido de trabajadora, elijo un vestido que dice en su hilar de subversiones, versiones del dolor de aquellas cuyos cuerpos abandonan sin indumentaria, cuyos vestidos fueron arrastrados con los cuerpos que las portaban, elijo el vestido de luto pero también de quien no ceja.

Una tela que resiste. Una tela de años, que no cede al paso del tiempo, que se hereda de generación en generación, un vestido portado por abuelas, madres, hijas, nietas. Un vestido que habla de secretos e intimidad, de tablas y hollín, de cocinas y también de manos rasposas y tareas.

Elijo ese vestido común, ese uniforme de trabajadora.
A ella le debo mis vestidos.

 

De: “Las trabajadoras”

 

 

DAN RUSSEK

  

  


Soneto a la variedad de la vida


De la arcaica bacteria a la magnífica
ballena, de los bosques venerables
a la formicular ciudad prolífica,
de sus profundidades insondables

se desenvuelve la vida, mirífica,
en sus metamorfosis incontables.
Reza la mantis su oración beatífica
ante tantos milagros adorables.

No es la muerte sin fin sino la Vida 
que en los confines del cosmos prospera
más allá de la lógica medida:

más, más allá, en su evolución estricta,
como crisálida de luz que espera
su floración cabal, suprema, invicta.


De: “Dones del día. Noventa y seis sonetos de ocasión”




CARLOS MACÍAS ESPARZA

 



 

MIRÓ AL FONDO DE LA CALLE. Vivía en un noveno piso.
Calculó si sería mejor caer o colgarse.
Seguía mirando a la calle.
Era la primera vez que lo pensaba.

Sonó el teléfono en la sala
era como si un miserable cable la mantuviera en vida.

Entró a la sala.
Tomó la llamada. Preguntaron por alguien.
No contestó. Colgó y se hizo el silencio atroz.
Aquel nombre rebotaba en su cerebro.
Hubiera preferido escuchar:
le tenemos buenas noticias,
aquí está el cuerpo.

 

De: “La versión de los espejos”

 

JOSÉ PULIDO

  



Eco

 

Eres mi eco:
paredes que rezuman
el suelo de tablones centenarios
montañas de papeles que llevaría una vida descifrar
guardados en un armario.

Me dijiste: Saluda al mundo
y yo saludé al mundo
y el mundo me respondió
y no podía ser de otro modo:
el mundo tenía mi voz.

Soy tu eco:
las galaxias vacías del orgasmo
la maleta nueva
él preparando la caída
y aprendiendo a andar.

Reíste y yo reí
frente al desfiladero
que devolvía nuestros saludos
y también se rio él
grité: Quién está ahí?

Ahora lo sé:
allí estaba este que ahora soy
sin ti.