domingo, 29 de marzo de 2026


 

ELAINE VILAR MADRUGA

 


 

anestesia

la poesía nada me ofrece
salvo el silencio
en el cielo de la boca
en la estría de la boca
nada me quita o me suma.

 

De: “Las tarántulas”.

 

EDUARDO IGLESIAS

 


 

La mar, majestuosa.
Me arrodillo ante su altar
y espero.
Y espero
su gracia insobornable
ante el cadalso final.

 

De: “La isla que navega”.

 

JAVIER MATEO HIDALGO

 

  

Último ensayo en el foso

  

El teatro va poco a poco albergando
en su estómago al público.
Sofisticados bárbaros,
con sus pasos y conversaciones
invaden un espacio
de concentración y silencio sonoro.

Los instrumentistas colocan las partituras.
Otros improvisan escalas y arpegios,
repasan fragmentos que se resisten
a ser interpretados. Son sombras
que no percibe (casi) nadie
desde sus butacas de terciopelo.
Allá abajo, como cristianos condenados
a ser por leones devorados,
preparan el concierto.
El director todavía no ha llegado.

Sobre el escenario,
la historia que aquí contamos.
Telón bajado, ocultando escenas
que no se han desarrollado.
Un único intérprete entre bambalinas
dará cuenta de todo el espectáculo.

Solo él sabe que aquellos músicos
de allá abajo son él mismo
y por él también son dirigidos.
Como Keaton en The Playhouse.
Serio, ensimismado en su trabajo,
orador con voz de tenor
que quiere que todo quede
bien explicado.

  

De: “Sinfonía para un solo músico”

 

LUIS CHAVES

 

 

Apotegma

 

La primera idea para escribir algo generalmente no sirve. La segunda tampoco. Eso lo dijo –lo escribió– Osvaldo Aguirre. Tiene razón. Lo sé porque no conozco otra manera, lo sé porque veo el resultado. Por ejemplo este mismo texto: leí la sentencia y pensé, “es un gran inicio”. Idea primera. “Después confieso que así escribo”. Idea segunda.

 


VITA SACKVILLE-WEST

 


 

In Memoriam Virginia Woolf

  

Muchas palabras se agolpan, todas sin sentido.
Las más simples, en el dolor, son las mejores.

Digamos, pues, que amaba los prados húmedos,
las colinas, sus libros, sus amigos, sus recuerdos,
la habitación que era suya.
Londres al crepúsculo; las tiendas y la gente anónima;
las tiendas y la señora Brown.

La iglesia de Donne; el Strand; los autobuses, y el vasto
oleaje humano que pasaba junto a ella.

Recuerdo que me dijo una vez que, de niña,
cazaba polillas vespertinas con miel en el tronco de un árbol,
y con una linterna observaba su vuelo inquieto.
Así ella, poeta, atrapó su presa especial
con miel de palabras y lámpara de ingenio.

Frugal, austera, fina, orgullosa,
rica en sus contradicciones, rica en amor,
así capturó su propio ser de polilla:
su espíritu tembloroso, delicado y leve,
chocando contra el cristal de la vida, demasiado duro, demasiado frío,

mas guardando un aguijón bajo el ala rozada,
su censura astringente y su elogio supremo.

Qué pequeños, qué mezquinos parecían los hombres
medidos con su altiva esencia.

Algunos dicen que vivía en un mundo irreal,
en una tierra de ensueño. Tal vez.
Ahora ha partido al mundo más noble de la inmortalidad.

Y, sin embargo, ¡qué poder para engañar!
Mi razón se torna fe,
y en este instante creo
en el amor, y desdeño la muerte.
Vine de la nada, y seré
fuerte, firme, veloz, eterno:
soy león, piedra, árbol,
y como la estrella Polar en mí
fija está mi constante alma en ti.
¡Ah, que permanezca ciego para siempre
con leones, tigres, leopardos y su estirpe!

 

STEVIE SMITH

 

 

 

El rostro

  

Hay un rostro que conozco demasiado bien,
un rostro que temo ver,
tan vano es, tan elocuente
de toda futilidad.

Es un rostro humano que oculta
un alma de mono dentro,
que golpea, que toca un gong,
que hace un ruido horrendo.

A veces el alma de mono se extiende
a través de los ojos humanos,
y asomando, enseña sus patas,
y profiere mentiras sociales.

Tan mísero es este rostro, tan vano,
tan vacío y desolado,
que bien podrías decir que mejor
hubiera sido no nacido.