In Memoriam Virginia Woolf
Muchas
palabras se agolpan, todas sin sentido.
Las más simples, en el dolor, son las mejores.
Digamos,
pues, que amaba los prados húmedos,
las colinas, sus libros, sus amigos, sus recuerdos,
la habitación que era suya.
Londres al crepúsculo; las tiendas y la gente anónima;
las tiendas y la señora Brown.
La
iglesia de Donne; el Strand; los autobuses, y el vasto
oleaje humano que pasaba junto a ella.
Recuerdo
que me dijo una vez que, de niña,
cazaba polillas vespertinas con miel en el tronco de un árbol,
y con una linterna observaba su vuelo inquieto.
Así ella, poeta, atrapó su presa especial
con miel de palabras y lámpara de ingenio.
Frugal,
austera, fina, orgullosa,
rica en sus contradicciones, rica en amor,
así capturó su propio ser de polilla:
su espíritu tembloroso, delicado y leve,
chocando contra el cristal de la vida, demasiado duro, demasiado frío,
mas
guardando un aguijón bajo el ala rozada,
su censura astringente y su elogio supremo.
Qué
pequeños, qué mezquinos parecían los hombres
medidos con su altiva esencia.
Algunos
dicen que vivía en un mundo irreal,
en una tierra de ensueño. Tal vez.
Ahora ha partido al mundo más noble de la inmortalidad.
Y,
sin embargo, ¡qué poder para engañar!
Mi razón se torna fe,
y en este instante creo
en el amor, y desdeño la muerte.
Vine de la nada, y seré
fuerte, firme, veloz, eterno:
soy león, piedra, árbol,
y como la estrella Polar en mí
fija está mi constante alma en ti.
¡Ah, que permanezca ciego para siempre
con leones, tigres, leopardos y su estirpe!
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