jueves, 2 de febrero de 2023


 

ADRIENNE RICH

 


VIII

 

Me puedo recordar en Sunión hace años,
adolorida con un pie infectado, Filoctetes
con forma de mujer, cojeando por el largo sendero,
recostada sobre un promontorio junto al oscuro mar,
mirando hacia las rojas rocas donde una silenciosa onda
de blancor me reveló el romper de una ola,
imaginando la fuerza de aquella agua desde esa altura,
consciente de que el suicidio deliberado no era mi oficio,
pero en todo momento cuidando, midiendo esa herida.
Bueno, eso se acabó. La mujer que apreciaba
su sufrimiento ha muerto. Yo soy su descendiente.
Amo la piel cicatrizada que de ella heredé,
pero quiero continuar contigo desde aquí
luchando contra la tentación de hacer carrera del dolor.

 

MONTSE ORDÓÑEZ

 

  

Elogio a la esperanza


Hay que llevar con uno algo de esperanza
para que el primer frío del otoño
no te destape y te deje
desprovisto de incertezas
Eso le pasó al dueño del bar de la esquina
y no sobrevivió a diciembre

Desde entonces ando abrigada
con capas y capas de resistencia
y cuando siento que el aire
se lleva alguna de ellas
salgo corriendo hacia el metro
en un vagón desvencijado y sucio
tomo asiento
se me caen las lagrimas
seco alguna y observo
el silencio impávido de los que me rodean
nada trasciende, nada se agita

Bajo en la siguiente parada
con un poco más de decencia
limpia de penas
ajena al miedo y la intransigencia
celebrando que esa terapia
es el mejor antídoto
contra la incertidumbre.

 

De: “Siempre es de noche en Pyongyang”

 

JOSÉ CARLOS BECERRA

 

  

La mujer del cuadro

  

Lo empiezas a saber,
tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de guardar, sus cenas sin nadie;
a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda
baila en tus ojos,
ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus manos,
ya el tufo de la crucifixión
no te hace taparte la nariz de niña

 

PIA TAFDRUP

 

 

Filo interior

  

Sueño que un hombre en el hueco de una puerta

me observa.

Lo reconozco enseguida,

me atrae.

¿O me busca él? La mirada penetra.

Voluntad de tigre, sed de tigre,

el deseo del pulso tras una verja en llamas.

En el sueño, las paredes se inclinan sobre mí,

el papel pintado de la habitación está gastado,

no hay una sola ventana.

Un brillo matutino blanco como el cloro

desde la ventana real

desintegra el silencio

con una náusea repentina.

Estoy despierta y anhelo

que justo esa mirada

me vuelva a encontrar, su relámpago de fuego

brote

fuera del sueño.

Un viento luminoso vuela

a través de un árbol otoñal aún verde.

 

De: “Sol de salamandra”

 

 

MIGUEL ÁNGEL CURIEL

 

 

 

Tu poema

es una flor

trasplantada

de la memoria

al mañana.

Un sol

que quema

aún

en el ayer.

 

      [A Antonio Portela]

 

De: “Trabajos de ser sólo hierba”

 

 

ÁLVARO GALÁN CASTRO

 

  

VII

La jaula de Faraday

 

No te regalan un reloj,
tú eres el regalado.
Julio Córtazar

 

 

La puerta de la casa está cerrada
igualmente por fuera y desde dentro.

Ya no sé si dejé la jaula abierta
o un cernícalo vino a mi terraza,
el caso es que el canario voló de entre mis manos.

Se fue como llegó, desde la nada.

Un domingo, con sol,
al volver con la niña de paseo,
escuché su aleteo nervioso y azorado
en el fusco anaquel del salón donde pongo
a cubrirse de polvo los libros orientales.
Se fue justo a posar en las piernas de un buda
de plástico barato.

La anilla de su pata delataba
—igual que en los tobillos del esclavo
las marcas encarnadas que dejan los grilletes—
su cruz de cimarrón arrepentido
por la sed, por el hambre, por el miedo.

Mayita se negó con fervor a soltarlo,
a darle su derecho a morir sobre el viento,
y yo cedí a su ruego y su promesa
de que lo iba a cuidar.
Así que lo siguiente fue comprarle una jaula.
Entonces ya no pude volver a echar la siesta
entre el uno de octubre y finales de junio
(en verano callaba —por sofoco, supongo—).

Podríamos haberlo bautizado
como Michael Faraday
por su eléctrica voz,
por el gran magnetismo de su timbre.
La verdad tal vez sea más prosaica:
le llamábamos Trini, brevemente,
aunque esto, bien mirado, no sea poco.

Ahora
la jaula está vacía, dejé su puerta abierta
como símbolo fácil, meridiano
de su liberación.

Y he sembrado una parte de su alpiste
en algunas macetas que tenía
olvidadas y yermas.
Acaricio mis manos vacías en la hierba.
Encuentro ese verdor acordonado
una burda intentona de quitarle
sus puertas a mi casa
como burdo es ponérselas al campo.

La otra parte la tiro por la borda
para dar de comer a los pájaros libres.

No sé tú, pero yo he vivido siempre
encerrado en mí mismo.

Hoy haría once años de casado
y hace cuatro firmé, por estas mismas fechas,
el divorcio,
bendito a fin de cuentas, aunque cueste
soltarse en un principio.
Pagué mi libertad a muy buen precio.

Doy gracias de estar solo en mis encierros.

Tan vital es dejar entrar al otro
como hacerlo salir cuando no quiera
quedarse en el hogar de tus pulmones,
mostrarle la salida amablemente,
no cerrarle la jaula de tu pecho
igualmente hacia dentro y hacia fuera.

  

De: “Plenitud y vacío”