Ojo lunar
La
luna posada en el ojal de tu pecho es mi linterna.
Introduzco
primero mis ojos.
Después
mi rostro y después mi cuerpo .
Ya
estoy a medio camino de entrar en ti.
Como
si dentro de tu corazón amaneciera.
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
Ojo lunar
La
luna posada en el ojal de tu pecho es mi linterna.
Introduzco
primero mis ojos.
Después
mi rostro y después mi cuerpo .
Ya
estoy a medio camino de entrar en ti.
Como
si dentro de tu corazón amaneciera.
Dejar huella
Él
subió las escaleras casi volando.
Ella
le siguió más despacio.
Cuando
el niño subió su primer escalón preguntó:
¿De
quién es esta huella?
De: “La caja china”
http://lacajachina.blogspot.com
Tan poco esfuerzo
Tan
poco esfuerzo en dormir sabiendo que tras la noche siempre acude puntual
la mañana incuestionable.
Tan
poco esfuerzo en esperar las estaciones, que siempre serán cuatro aunque se
asocien.
Tan
poco esfuerzo en prescindir de tus amigos, que ya cuelgan de sus esposas, como
llaves
que giran en un único sentido.
Tan
poco esfuerzo en aceptarlo todo y no pensar en si acaso giráramos la mano hacia
el otro lado,
abriríamos
la puerta de salida.
De: “En la salud y en la enfermedad”
Recordar
Ella
miró de frente,
se
giró y miró de frente,
se
tumbó y miró de frente,
se
puso boca abajo y siguió mirando de frente.
Después
ella se levantó, se miró en el espejo
y
volvió la vista atrás.
De: “La caja china”
http://lacajachina.blogspot.com
Aprendizaje
Se
ha encendido una luz de emergencia en tu memoria.
Porque
el olvido es un recuerdo sin sombra y sólo hay
sombra
en lo que existe o en lo que permanece
levantado.
Derriba
esa sombra que te hace llorar en sueños y
aprende
el lenguaje de las luces invisibles.
Miedo
Ella
no tenía coche por miedo a que se estropeara.
Ella
no tenía casa por miedo a no poder pagarla.
Ella
no viajaba por miedo a no regresar.
Ella
no tenía amigos por miedo a la decepción.
Ella
no quiso tener hijos por miedo a no poder ser madre.
Ella
no tenía amor por miedo a desenamorarse.
Ella
no tenía ilusión por miedo a desilusionarse.
Ella
no tenía sueños por miedo a despertar.
Ella
no tenía vida por miedo a morir.
De: “La caja china”
http://lacajachina.blogspot.com
La
prisión delicada
(Fragmento)
Ésta
es mi prisión delicada.
No
me salvéis.
Aquí
yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme
un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Que
nadie incinere mi cuerpo.
Tengo
algo que evocar.
Besé
su boca,
La bocca
baciata de Fanny Cornforth
y
sentí el margen de una moneda trasquilando la infancia de las veloces manos del
raso.
¿Prostituta
o costurera?
En
la vertiente que hay en el sino están en juego las cartas de la sangre.
Llegaron
al mundo las mujeres a tejer su desdicha en los telares de la miseria.
Los
trapos del hambre amontonándose en las trincheras sin aire.
El
anonimato de las abejas harapientas.
Y
también llegaron mujeres a los telares de la delicia.
La
sabia contienda de unas manos cansadas de su precariedad.
El
ruido de la rueca no ensordecía el cuerpo de las otras hilanderas de la noche.
Escribieron
sus nombres proscritos en una coroza de papel secante y fueron señaladas
por los dedos de las esposas impolutas.
¿Prostituta
o costurera?
No
hay mayor masturbación que la del halago, mayor deleite que la hermosura en
estos tiempos de vanagloria.
Cantad
todos la pandemia de los burdeles.
Que
se abran las puertas de la moderna Babilonia.
“¿Quién
fue la bella Laura Bell?
The queen of whoredom
¿Quién kate Cook, Emma Crouch y Cora Pearl?
Toutes
elles demi prochaines”
Pero
cantad también la pandemia de las fábricas.
Que
se abran las puertas de la moderna Etiopía.
¿Quién
veneró a las otras artesanas de la noche?
Pocos
conocen el castigo de las míseras costureras.
El
baile elíptico de las agujas trazaba hondas muescas en sus dedos.
En
las oscuras salas de una fábrica gemía el hilo de las futuras ciegas.
Y
temblaban después sus cuerpos apuntalados en los rincones ebrios.
Otras
muescas hay en sus dedos.
Muescas
del dolor de un útero enfermo bajo los dientes de las embarazadas.
Los
clavos de cristo en el pubis de las esposas rotas.
Murieron
en la fosa común de la historia, en el estrecho nicho de la conciencia.
Murieron
con la lenta eutanasia de las mártires,
muertas
veteranas del ejército de muertas,
muertas
de hambre en las calles de polvo y niebla.
Anónimas
muertas.
La
prisión delicada
(Fragmento)
Hoy
me levanto ante ti, Siríaca,
porque
tú has reclamado un rostro cercano al de la lluvia,
y yo
acudo en nombre de Jane Morris para cerrar este tríptico de beldades.
Llego
con todas las mujeres en la carroza de las jóvenes arqueras.
Se
abren los arcones del erógeno polimatías.
Ya
comienza el sortilegio contra los buzos.
Mostradme
vuestro rostro ahora, salid del charco estanco de dos siglos y responded:
¿Dónde
están las viejas artesanas de la noche?
¿Dónde
las ciegas costureras escondidas?
¿Dónde
la miseria de las calles moviéndose a destajo?
Salid
del charco estanco de dos siglos y responded.
(…………..)
Pues
yo os voy a responder:
En
las cajas chinas enterradas en la trastienda de la niebla donde la luz cumple
su voto estricto de austeridad.
Y en
los diminutos ojos oscuros de la niñez prostituida por la subversión de los
antifaces.
Somos
los patrones de sus vidas, buzos encaramados a una escafandra impoluta,
embaucadores de esta terrible ceguera, cómplices de un dios clasista que
vendió su máscara al peor postor.
Salid
del charco estanco de dos siglos y contemplaos .
No
es de una sortija el resplandor que veis.
Astarté
sobornaba a sus amantes con el brillo de un orgasmo de platino.
Ahora
el soborno es más insensato, silicona enquistada bajo la piel.
Hace
tiempo que se extinguió el clan de las esposas de terciopelo.
En
la espesura del valle arado hay más vida que en las fiestas prohibidas de los
cocainómanos.
No
hay mayor placer que el secreto, mayor ventura que el goce furtivo de los
infieles.
Cayó
el pene del autómata en la desgracia de los desapercibidos.
Se
tocan los placeres con la misma mano que plagió la orgía de los césares.
Si
han de venir los bautistas que vengan cuanto antes.
Yo
he de forjar la espada de la nueva Salomé.
Ruedan
las cabezas de los acostumbrados vencedores.
¿Quién
hirió de canto a Lorelei?
Son
hirientes las saetas cóncavas de los ególatras.
Los
virotes aferrados a los cuellos de las sirvientas ya se han oxidado.
Dejaron
la huella en sus escotes y ahora sus senos dictan condena.
No
es su canto el que precipita las conciencias de los convictos,
es
el sexo de las sirenas,
la
exuberante espuma de la Venus Verticordia que retorna el deseo al corazón de
los hombres.
Lorelei
aguarda la llegada de los valientes seductores.
Ellos
salvarán su nave,
pues
sólo han de ser hundidas las barcas de los cautivos.
(Fragmento)
Me
he tatuado una serpiente en mi pierna con tu nombre y a veces siento que está
viva, como tú,
y
asciende mis muslos hipnotizada por algún Himno a la belleza,
y se
desliza, pontífice de un rito que no suelo entender, pero me sigue, como si de
pronto
mi voz fuera un salmo penitente,
y
entonces tú me obedeces, mártir de tu fe en mi cuerpo,
y
asciendes un poco más hasta llegar a la antesala de mi sexo,
allí
donde esperas la vehemencia de tu nombre, el sentido de ser tú el llamado y no
otro,
tú en comunión con tu nombre a la espera de mí.
Doscientos
años de vida tiene tu nombre y sin embargo,
tatuado
en mi pierna se ha hecho serpiente y a tientas busca mi cuerpo.
Cada
vez que te nombro profano un instante tu reposo y te obligo a que duermas junto
a mí,
a
que asciendas mis muslos tal y como ahora te digo,
así,
lentamente, con la falsa detinencia del deseo que se retracta por miedo a no
verse ennoblecido,
con
la imprecisión de una mano inexperta que finge un control que sólo yo poseo.
El
baile de la serpiente sobre mis nalgas es perpetuo.
La
serpiente descalza baila en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí.
La
música que ahora emite mi mano bífida en un coro desentrañado.
La
serpiente se arrodilla desnuda en la antesala de mi cuerpo antes de morir en
mí,
Y le
grito que es ahora,
el
instante de ahora y no un milímetro después que ahora dejas conmigo,
como si conocieras la estrategia de varias dosis de veneno sobre mi sexo.
Ahora
y sólo ahora, repito.
Pero
la serpiente arrastra sus pies descalzos por la antesala de mi cuerpo antes de
morir en mí,
ahora
y sólo ahora y no más tarde, repito,
Ahora,
en
la tenue frontera de mi cuerpo dividido en dos mitades reconciliadas.
Ahora,
con
todos mis nombres, los que yo te doy y te pido que pongas sobre mí.
Ahora,
con
la blasfemia del último canto en la divina estampa de los deleites.
Ahora
bendigo mi nombre con tus dedos de mi mano.
Ésta
es mi prisión delicada.
No
me salvéis.
Aquí
yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme
un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Llegó
mi hora de descansar.
Cuando leas esto, yo que ahora soy visible,
me habré vuelto invisible.
Entonces, tú serás
compacto y realizarás mis poemas volviéndote hacia mí.
Walt Whitman, de: “Hojas de hierba”
Hazme
escribir que amo a los hombres.
Amar
al hombre por el hombre.
Como
un animal inmune a los fusiles.
Sé
que no he de temer al domador de los labios ni al trapecista que torpemente
trepa
a la punta de su lengua para escuchar el eco de los aplausos.
Sé
que no he de temer a los falsos tolerantes que llaman insolidaria a la razón de
otros.
Sé
que no he de temer a los traficantes de cerebros ni a los blanqueadores de la
carne
y las venas de carbón.
Porque
he de amar al hombre por el hombre.
En
la escenografía impuesta por los coreógrafos de los números mal calculados.
En
el verde apagado de los árboles drogadictos.
En
la verticalidad de las casas anoréxicas que adelgazan sus paredes con el ayuno
de las visitas y
sacuden sus manteles por los balcones para que nadie crea que han cenado solos.
Aún
así,
he
de amar al hombre por el hombre.
Transitar
los estratos de las calles como un vagabundo que deja su canto en las tabernas
a cambio del poso de los labios en el vino.
Ser
una malabarista urbana danzando con los astros en los semáforos verdes frente a
rostros
helándose sobre el felpudo de la hierba enterrada.
Ya
sé que no se detienen los coches aparcados.
No
se detienen porque los pies de los transeúntes se han mimetizado con las
ruedas.
Y
aún así,
he
de amar al hombre por el hombre.
Hacer
del tren una única estancia para el viajero.
Podría
llamar alma a la maquinaria de los átomos,
conciencia
a la manivela que mueve los brazos y las piernas,
hombre,
al hijo bastardo de la vida y de la muerte peleándose por su custodia en
el juicio de las sombras.
O
quizás,
podría
llamar hombre al terrorismo de las células,
alma
al talento del redentor,
sociedad
al voto amañado en el referéndum del espíritu,
y
conciencia a la vieja honra abandonada en los estantes.
Porque
aún no puedo amar al hombre por el hombre despego las hojas entre la hierba
aglutinada.
Leo
un poema donde se habla del hombre, el alma, la sociedad y la conciencia y
salgo a la calle.
Busco
una explicación en la maleza de los parques.
Pero
no la encuentro.
Aún
así sigo buscando, como ordena el mensaje en el tapón de un refresco.
Y al
final lo encuentro.
El
amor está en lo invisible, ahora lo entiendo, como el bálsamo que dejan
los pinos en
los entierros o la exhalación de los incensarios en las catedrales.
Por
eso y pese a todo,
he
de amar al hombre por el hombre.
Está
escrito en la conciencia de cada hoja y en toda la hierba.
De:
“Los testigos”
Sea
mi gozo en el llanto,
sobresalto mi reposo,
mi sosiego doloroso,
mi bonanza el quebranto.
Santa Teresa de Jesús
Me
he descalzado en silencio,
después
me he lavado las manos con la liturgia del misericordioso y he alzado la voz
para que sólo me escuchen las aves y las estrellas que tienen miedo del agua.
No
encuentro ese camino de perfección porque aún sirvo a las sombras.
Tampoco
sé del reposo si no cierro los ojos y el alma.
Mi
sosiego también es doloroso.
Busco
el filtro que hay en el trasero del aire paras dejar pasar tan solo la lluvia
irreversible.
Llorar
me sirve para no ahogarme en el espanto del ruido.
Hay
tanto ruido en las comisuras del viento que el eco de los hombres se me ha
hecho insoportable.
El
murmullo ronda las esquinas donde los enamorados se dan el primer beso.
El
rumor de lo divino está en los pozos secretos de tu castillo antiguo.
El
inquisidor ha clavado su estaca en la morada de los que no vemos la luz amañada
de la noche.
Las
farolas son los testigos de esta esclavitud.
Quedarme
a solas es un ultraje para los falsos solidarios.
Por
eso huyo del llanto de los burócratas, lavanderos de un consuelo inmediato
y profanadores de mi dignidad tranquila.
Por
eso ahora busco el retiro en los astrolabios de la fe .
Tú,
que tienes esa fe que me hace dormir sentada abrazando una almohada sordomuda.
Tú,
que has sobrevolado descalza un valle de espinas sin temerle al coro de infames
que quiso esconder el lamento de los afligidos en tu cajón difunto.
Tú,
que me has hablado a la cara sin tenerme de frente, dime:
Dime
dónde he de acudir a hacer las paces con el destilador de la conciencia.
Y
dime si es tu dios esa conciencia.
Porque
he seguido a gatas el rastro de los ángeles y me he perdido.
Me
he perdido en la misma nada de siempre, la misma que espero cuando el presente
se llene de polvo y el futuro se caiga a pedazos en el vaticinio del tiemblo.
He
habitado unos instantes en una morada donde un celador me ha acusado de infiel.
Le
he dicho que voy de tu parte, pese a no seguir tu fe, y me ha dejado a solas
comulgando
con las ratas.
He
entrado en tu castillo sin tener la llave y me he colado por las alcobas atada
de manos y pies.
Y me
he puesto de rodillas rogando un pacto con las cruces.
Pero
las cruces me han remitido al labio de los astros.
La
boca que besa al mundo me ha hablado.
– La
salvación está en la lágrima y en el beso.
Y no
ha dicho nada más.
Lo
he comprendido.
Tú
eres esa lágrima perpetua sobre los huesos del desterrado.
Tú
eres el éxtasis de los mares, la transverberación en los cuerpos heridos,
la
devoción de los escribas generosos que ceden sus plumas al talento de las aves.
Y
yo,
tan
sólo una sierva devota que vierte su beso en la carne y sus delirios.
Así
lo he comprendido, yo habito en la otra fe.
Ojos
de luz
Más
allá de los ojos, la luz.
Yo
también veo esa luz que nace de lo oscuro.
La
luz en la luz se hace oscuridad blanca.
Luna
de Ibiza
Se
ciegan mis labios cuando pulsan el botón
de
tu camisa.
Se
abren las compuertas del ocaso.
Mis
manos se desnudan simulando la piel
de
la luna.
Ahora
mi cuerpo es una isla reflejándose
en
tu cielo o en el agua.
Transparencia
lunar
Quien
vea una luna transparente que se arrodille ante la noche.
Ha
descubierto una mirilla para ver desnudarse al mundo.
Caerán
los trapos sucios de la miseria y la vida nos mostrará
su
piel humana.
Simbolismos
Hay
un ojo inscrito sobre la cruz de tu cuerpo.
La
luna bombea la sangre de los que aúllan una
melancolía
eterna.
Ahora
mis párpados se abren invocando el sueño
de
lo divino.
Contraste
lunar
La
noche mendiga un eclipse de luna sobre un
piano
de tela.
Dos
cuerpos redondos se abrazan sobre un
tejido
de luz.
Dejan
su huella perfecta sobre las pupilas
del
agua.
Blanco
y negro
Si
pudiera ponerle un velo blanco a la noche enlutada
y
vestirla de novia,
no
habría días oscuros que eclipsaran los ojos que aún
lloran
despiertos añorando la calma.
De:
“La caja china”