sábado, 20 de enero de 2024


 

YANKO GONZÁLEZ


 


[j. cuesta]

 

un joven en veracruz tocando un violín
tocando un violín y aprendiendo la tabla periódica
aprendiendo la tabla periódica y comiendo tamales en casa de lupe marín
comiendo tamales en casa de lupe marín castrándose con una navaja poblana
castrándose con una navaja poblana e internándose en el viejo hospital de tlalplan
internándose en el viejo hospital de tlalplan eligiendo un barrote y uniendo tres sábanas.

 

De: “Elabuga”

 

 

ALEJANDRO ALBARRÁN POLANCO

 




Instrucciones póstumas para mi cuerpo
(Homenaje a Peter Handke)

 

—Primero triturar
todos
los huesos
hasta compactarlos.
—¿Y después?
—Después (después de amarlos)
quemarlos bien
hasta volver todo cenizas (después de las risas).
—¿Y después?
—Purificar las cenizas hasta extraer de ahí todo el carbono (cambiarlas de tono),
—¿Y después?
—Después volverlas grafito. (Repito:
volverlas grafito). 
—¿Y después?
—Transmutar las cenizas en diamante (proceso químico y físico mediante).
—¿Y después?
—Insertar el diamante en un tubo de cartón (de acuerdo a su dimensión).
—¿Y después?
—Hacer un caleidoscopio. 
—¿Y después?
—Regalárselo al primer niño que pase.
—¿Y después? 
—Esperar hasta que mire por el agujero.
—¿Y después?
—Esperar. (Esperar primero).
—¿Y después?
—Confiar en que encuentre el valor no en la piedra
sino en la transformación¹.

 

De: “Algunas personas no son caballos”

 

1.- Nota: Algordanza es una posibilidad única de reencontrarse con la belleza intacta de su ser más querido. Su precioso legado puede ser transformado en Diamantes auténticos, creados sin manipulaciones de color ni otros añadidos. Concediéndole además un servicio personalizado, podemos atenderle allí donde usted se sienta más cómodo, sin que tenga que desplazarse ni hacernos ningún envío.

Nuestro proceso de transformación se lleva a cabo en Suiza y es totalmente exclusivo de Algordanza.

El proceso es posible realizarlo tanto con cabello como con cenizas. La cantidad necesaria para la creación de Diamantes varía según la esencia disponible en función de la persona de origen.

 

MARINA PEREZAGUA

 


 

Tres lunas después

 

El primer día que nos conocimos
le pedí un hijo.
Esa noche se corrió fuera
y todas las noches siguientes
durante tres meses.
Cuando notaba que ya estaba cerca
se apresuraba a retirarse,
apurado,
casi demasiado pronto,
demasiado precavido para mi gusto,
que aún le consideraba más como procreador
que como hombre.
Si en ese momento yo estaba encima,
me agarraba de la cintura con sus manos extremadamente fuertes
y me levantaba y me retiraba y me soltaba donde cayera,
no fecundada.
Casi diría que en esos momentos le odiaba,
le odiaba como excepción,
aunque el amor no era la regla,
aún no podía amar a aquel extraño.
Me quedaba mirando cómo terminaba él solo,
me sentía desperdiciada,
los escasos segundos que transcurrían
entre el momento de la retirada
y el momento en que el semen comenzaba a salir
me parecían una ofensa,
en mi cabeza de pre-madre no cabía la posibilidad
de que él no compartiera ese deseo.
Cuando me masturbaba a solas,
fantaseaba con que tres o cuatro hombres
se disputaban a la vez mis óvulos
y me venían destellos de mis adentros,
un amasijo de células formándose,
y esa breve imagen era suficiente para correrme
en un momento, eyaculadora precoz de mí misma.
A los días me venía el periodo
puntual, brillante, flotando en el agua del retrete
como una constelación viscosa que se burlaba de mí.
Así durante tres lunas.
Un día él mismo empezó a cogerme a todas horas,
su mirada cambió,
resultaba incisivo, exacto,
me llenaba como si quisiera recuperar los óvulos perdidos,
y cuando se corría se quedaba ahí un rato,
ya no había semen que limpiar.
Por aquel entonces (y era pronto)
ya nos amábamos.
Hoy, con nuestra hija mamando,
hay veces en que le aparto
como él me apartaba a mí,
me molesta un poco,
estamos nuestra hija y yo, a solas,
no sé por qué tiene que venir en este momento,
mi leche es para ella,
mis pezones son más para ella que para él.
Entonces veo cómo él mismo se aparta
y me observa,
en sus ojos hay un brillo con trazos de ese odio que yo sentía
cuando me retiraba de su semen,
y me pregunto qué es eso que quiere,
qué es eso que yo le estoy quitando
y si alguna vez podré dárselo.

 

De: “Nana de la medusa”

 

 

 

 

ALFREDO LOZANO

 

  


Ø

 

No conocemos el garambullo. Blasfemamos desde nuestro antropomorfismo, desde nuestra megalomanía. Creímos que desde el principio de los tiempos ya existíamos, que todo fue creado para nosotros. Creímos que el universo colapsa cuando el hominini se extingue. Ahora, asomamos la barbilla por el borde y lo que observamos nos aterra. Es el fin de la corrosión, la vida continúa. No terminará el tiempo, se contrae. El corazón se ha fundido en un punto indeterminado. Asíntotas. Perdidos en una banda de Möbius. Todo empieza y todo acaba como un universo que se expande: se ha accionado el engrane más pequeño, la inevitable reacción en cadena. El lago exige ser lago de nuevo.

 

De: “Use y deseche”

 

 

 

ELAINE VILAR MADRUGA

 


 

Maternidad

 

mi abuela cuida a la mujer senil
que no es su hermana ni su sangre,
la que le negó hace ya tanto
un trozo de tela veneciana
y escupió el jarro donde mi madre de tres años
tomaba la leche mañanera:

leche que era un poco mugre y exilio,
blanca epidemia, brote de nata, jardín de esporas.

se abren los gritos uno a uno.
quieren hablar de esa otra vida
grabada en los horcones de la casa
mientras abuela enjabona a la mujer extraña,
al regalo vudú,
a la miseria de la peste,
a los girasoles mustios de las llagas.

ya no espera más de la vida.

ni una ni otra esperan otra cosa
que el baño de las seis, la comida a las siete,
el desayuno de pan y muerte,
lo que mi mano debió sacrificar.

 

ROSA GARCÍA-GASCO

 


 

Espectros

 

No saben que están muertos. Te recuerdan
que una vez fuiste el fantasma.

Y deambulan

por los pasillos vanos de las casas,
las bibliotecas, las alcantarillas,
en medio de Madrid abarrotado.
Te los encuentras donde no esperaste,
doblando alguna esquina o en el metro.
No saben que están muertos, y te miran
con ojos que salieron de otro mundo.
Te miran con sus ojos como ratas
buscando un asidero discontinuo
en las ranuras turbias de tus párpados.

Y tú no los conoces.
Tú no los reconoces.

Los ves hablando a solas con su sombra.
La chica guapa, reina de la fiesta,
lanzándole improperios a la báscula.
Aquel amante contrariado, vuelto
anónimo esqueleto de su torre.
Presos de sus errores, muertos-vivos.
No levantan el ruido ni la tierra
cuando la pisan con sus pies apóstatas.

La dramaturga con su vana poesía,
fingiendo que vomita tempestades,
habrá olvidado que llorabas a escondidas
si te sacaban a patadas por el patio,
sin que nadie te viera.
Mil ojos acechando y todos ciegos.
Bocas selladas de vergüenza pura.

Pasean por la calle los fantasmas,
ojeras verdes de amargor de siglos.
No saben que están muertos. Te recuerdan
cuando sobreviviste, cuando al fin
te cosiste las alas.

 

De: “El dormitorio de las golondrinas”