"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
jueves, 11 de enero de 2024
WILLIAM BUTLER YEATS
¿Quién va con Fergus?
¿Quién
irá desde ahora en el carro de Fergus
a rasgar la penumbra del recóndito bosque
y bailar en la orilla de las aguas en calma?
Alza, joven, tu frente pelirroja,
y alza, niña, tus párpados serenos,
y no penséis ya más en miedos y esperanzas.
Y
no penséis ya más con esquiva mirada
en el misterio amargo del amor;
pues que Fergus gobierna las livianas carretas
y gobierna las sombras de los bosques,
y el blanco pecho del sombrío mar
y todas las errantes estrellas despeinadas.
De: “He extendido mis sueños
a tus pies”
URSULA K. LE GUIN
Allí
Plantó
los olmos, los eucaliptus,
el pequeño ciprés, y los regaba
en los largos anocheceres del verano,
de manera que en la tierra seca
el crepúsculo era un ruido de agua. Hace años.
Los amarilis siguen desplegando sus rígidas
trompetas que arrojan ráfagas de rosa brillante
entre la avena silvestre, que nadie
riega, incontable, impávida.
¿Lo
ves?: allí donde su ausencia
aguarda
junto a cada árbol el anochecer,
donde las sombras son su ser ausente, allí
donde los pinos grises que nadie plantó
crecen y mueren, y el grano que nadie segó
tiñe de blanca sazón las colinas de agosto,
y se alza una vieja casa solitaria,
allí
el conjurado rostro de la ausencia
se vuelve. Allí el silencio responde. Allí
los años pueden seguir incontables, mientras veo
el atardecer ascender como el agua por las hojas,
y como siempre sobre el olmo más alto Vega
abriéndose como una blanca amapola silvestre.
En
el país del dolor
solo
nace realmente
(una estrella blanca, una flor blanca,
una vieja tubería que conduce el agua
hasta la raíz de los árboles
en una tierra seca)
el pequeño manantial de la paz.
De: “En busca de mi elegía”
BEATRIZ PÉREZ SÁNCHEZ
Me
levanto la primera
y paseo descalza.
Hay un orden establecido en la casa:
un sonido
una luz
el crepitar de las vigas al azar
y una calma.
Y
ese paseo con un té en la mano
hasta llegar a tu habitación
regurgita ante lo contrapuesto:
estamos dañados y doloridos.
Respiras
tranquilo.
Has dormido bien:
Ya puedo iniciar el día.
De: “Memoria”
WILLIAM HENRY DAVIES
El viento
A
veces gime entre los árboles frondosos
como en una ensenada, cuando las olas corren
entre las altas rocas, o rompen majestuosas
igual que melodías en una vieja iglesia.
A veces se parece al ruido de los niños
cuando encuentran a uno jugando al escondite.
A veces refunfuña como un perro dormido
que es pasto de las pulgas, y luego deja oír
profundos y vacíos sonidos, como un hombre
hambriento al que le suenan las tripas, y más tarde
murmura un gran lamento igual que el de un enfermo
que teme que al moverse su dolor sólo crezca
o gime horriblemente, como gime el minero
que suben de los pozos a los pies de su esposa,
después de algún derrumbe. Si un día está travieso,
nos trae males peores que el parlamento extraño
que mantienen las brujas allá en las islas Hébridas.
Por aquí, por allá, siempre hace cuanto quiere,
sabe los trucos del fantasma por la noche:
cómo cierra las puertas, nos apaga la luz,
hace temblar los cubos, llama en la ventana
y susurra, suspira, brama, grita, aúlla.
Sin duda él encaneció la cabellera
de un hombre que durmió un día en el albergue.
Por la mañana era un anciano, estaba loco.
Quienes vieron la escena no lograban creerlo.
Versión de Gabriel Insausti.
PAULA BOZALONGO
Cuando
ella llegó a casa
yo no estaba; al volver
hice todo por ignorarla.
Pasé
delante de ella al día siguiente:
aún sin mirarla se multiplicó
la densidad del aire.
Después
hicimos la cama
juntas, mi madre y yo,
sacudimos con entusiasmo
el edredón y, la enfermedad,
concentrada en la noche,
se diluyó en el viento que inventamos.
Nos
reímos con la fuerza
de mis dos manos y la suya,
la que podía mover
porque aún no estaba
cosida al pecho entero.
Aquella
alegría breve
lanzó la bolsa al suelo
y
tuve que mirar lo que cayó:
el pelo de aquella mujer
que ahora sería el pelo de mi madre.
De:
“La piel de la naranja”
