jueves, 11 de enero de 2024

WILLIAM HENRY DAVIES

 

  

 

El viento

 

A veces gime entre los árboles frondosos
como en una ensenada, cuando las olas corren
entre las altas rocas, o rompen majestuosas
igual que melodías en una vieja iglesia.
A veces se parece al ruido de los niños
cuando encuentran a uno jugando al escondite.
A veces refunfuña como un perro dormido
que es pasto de las pulgas, y luego deja oír
profundos y vacíos sonidos, como un hombre
hambriento al que le suenan las tripas, y más tarde
murmura un gran lamento igual que el de un enfermo
que teme que al moverse su dolor sólo crezca
o gime horriblemente, como gime el minero
que suben de los pozos a los pies de su esposa,
después de algún derrumbe. Si un día está travieso,
nos trae males peores que el parlamento extraño
que mantienen las brujas allá en las islas Hébridas.
Por aquí, por allá, siempre hace cuanto quiere,
sabe los trucos del fantasma por la noche:
cómo cierra las puertas, nos apaga la luz,
hace temblar los cubos, llama en la ventana
y susurra, suspira, brama, grita, aúlla.
Sin duda él encaneció la cabellera
de un hombre que durmió un día en el albergue.
Por la mañana era un anciano, estaba loco.
Quienes vieron la escena no lograban creerlo.

 

Versión de Gabriel Insausti.

 

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