"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
lunes, 11 de septiembre de 2023
ALCEO
Pero
el cardo florece
Fragmento
347
Que
el vino humedezca mis pulmones,
pues retornan en su círculo la estrella
y su violenta estación,
oprimido por el calor febril, todo está sediento,
y cantan bajo los pétalos las cícadas.
Pero
el cardo florece.
Ahora,
las mujeres andan más sangrientas que nunca
y los hombres débiles,
pues la Estrella del Perro les seca la cabeza
y las gónadas.
Versión del antiguo griego al español de Cristina Pérez Díaz
Nota
de la autora: Para los fragmentos de Alceo, sigo la edición de E. Lobel y D.
Page (Poetarum Lesbiorum Fragmenta. Oxford: 1955).
DIEGO L. GARCÍA
(Fotografía
#9) Chicago chicken
como
si cortaran la luz y las
cosas entonces mejoraran así se
mueve la ciudad. alguien se
levanta y hace los pasos en
reversa a ninguna parte: se
ducha y come pensando que
ya casi sonará el despertador.
toma un taxi que no conoce las
calles y lee un diario en una
lengua inexistente. parece haber
comprendido que la única meta
disfrutable es ese trayecto en el
que X vuelve a ser X sin variables
de velocidad ni dirección (en el
menú “Chicago” resulta ser una
palabra ideal). en el río hay
camalotes en miniatura que
llevan imperceptibles vidas al
mejor punto posible de la cámara
De: “Fotografías”
ILEANA GARMA ESTRELLA
Floración
I
escribo
las afinidades electivas en un campo desolado
escribo sobre un matrimonio perfecto que pasea
entre jardines entre hijos como animales salvajes
y fugaces
llamadas telefónicas
mi personaje central hace llamadas telefónicas
que nadie contesta
mi personaje principal hace llamadas telefónicas
que se sincronizan con la salida del sol
con el ocultamiento del sol
mi personaje principal invita a personas a la casa
mi personaje principal se siento solo
sola
sole
en la novela que escribo las flores crecen lentas
y un niño gatea sobre ellas
las devora
en la novela que escribo los niños comen flores
la
novela que escribo es un bloque amargo
una estructura aristotélica fragmentada
un despojo de días de escritura sonámbula
la novela que escribo se encuentra en mapas fluorescentes
cartulinas que cubren ventanas cubren goteras
la tormenta de estos días
la novela que escribo no me permite verte
no podré salir en un año
sueño
con archivos en Word vacíos
sueño una inundación de papeles en blanco
sueño el boceto de mis personajes
la protagonista es difusa no tiene leitmotiv
construyo una serie de personajes borrosos
fondos negros sobre atardeceres
la luz es siempre fosforescente
la luz es siempre un incendio
en
la novela que escribo
hay un chico que no puede moverse
en la novela que escribo hay una hermana fugitiva
en la novela que escribo hay hombres tristes
tristos
en la novela que escribo todos se refugian
en un jardín
en un columpio blanco
[[está
claro que nunca escribiré una novela
está claro que escribo poesía
porque nunca podré escribir una novela
me
despido de la fama]]
en
la novela que escribo
los personajes hacen filas interminables
para descansar bajo un árbol
sueño con archivos en Word que inundan mi sangre
la
novela que escribo está compuesta por capítulos vacíos
trescientas
quinientas
mil páginas
blancas
la novela que escribo en un traumatismo craneoencefálico
un accidente de la infancia
una pretensión temprana y tardía
algo que va a suceder
nunca
va a suceder
nunca
en una perfecta estructura ausente
la
novela que escribo termina con un final abierto
que se cierra como todo libro
como toda novela
que termina porque no termina
sueño que soy novelista de un bestseller
respondo entrevistas en inglés y francés
entrevistas interminables
sueño que intento todos los días
algo más que una pausa blanca
incendiaria
la
novela que escribo no me permite verte
no podré volver a salir
II
hay
árboles que no pueden contener su savia la derraman
arrasan con ellos a mosquitos incautos
insectos de otro tiempo
yo tengo una novela sumergida en ámbar
yo tengo una novela
amanece mientras las palabras se abren paso en mi cuerpo
escribo la novela perdida en las caminatas matutinas
escribo la novela perdida en los desayunos
escribo la novela mientras escribo poemas
poemas para romper un fósil
me ducho mientras escribo la novela
me miro las manos
mientras escribo la novela
escribo
el corazón es un cazador solitario
en este sur lleno de insectos prehistóricos
selváticos
después llega la noche
las
estrellas son páginas en blanco
III
no
podré volver a salir mientras Murakami brille
mientras Murakami escriba todas las novelas
que escribiré
nunca
escribo Sputnik, mi amor en un refrigerador vacío
como un pepino frío en una tarde de verano
pero es invierno
mi
personaje principal deshoja palabras
Murakami florece varias veces al año
otres florecen de tanto en tanto
otres no florecen nunca
mi
personaje principal escribe que no puede
florecer
mira la hoja en blanco
continúa
MAURIZIO MEDO
Tren
Europa
(Fragmentos)
La
Remington fue mi primer juguete. Fabricaba presentes.
Mamá
se perdió en el bosque de Loano. Había estallado la guerra.
Jamás
regresó. No como era. La Remington se ensambló por esa misma época. Gracias a
ella su padre pudo escribir La Cetra. Si yo elegí precisamente esa
Remington fue por el estruendoso ruido que producía, como si dentro de su
mecanismo hubiera otros cientos de máquinas cuyo ímpetu parecía capaz de virar
el rumbo de cualquier destino.
Mientras,
el azar arrojaba una y otra vez los dados contra el corazón del río, y si en
algún momento se detenía, era para cerciorarse que la suerte se mantuviera ahí
siempre con el mismo volumen. En el presente también sucedía así. Todo era
sublime y, al mismo tiempo, tan insulso como ese ruido de fondo cuyo eco no
hizo más que interferir.
Yo
también pude perderme en ese bosque.
No, nunca me interesó la poesía, “ese montón de cosas muertas que se niegan a
morir”, escribí en Manicomio.
Hoy,
un nuevo estudio advierte que fabricaron un robot capaz de oír a través de una
langosta muerta.
Mi
mundo era otro.
CITLALLI VILLANUEVA AMADOR
Un
trompo
Círculos
continuos, perfectos,
admiro fascinada
la simetría de la inercia,
la danza en movimiento.
Mis
dedos pequeños apresuran
ávidos, acaso temblorosos,
al trompo ahora inmóvil,
delicado loto entre mis manos.
Envuelvo el cordón,
antes blanco, ahora café
de tanto tacto,
tantas vueltas, como nosotros
con el tiempo.
Me
hipnotizan los
círculos concéntricos.
Sonrío al baile giroscópico,
la geometría del juego.
La
voz de mi madre dice
los trompos no son para niñas.
Después la confusión,
la vergüenza.
El
loto se ha enlodado,
el cordón está más sucio.
El trompo ya no hace magia con sus vueltas,
la Tierra sigue girando.
