Tren
Europa
(Fragmentos)
La
Remington fue mi primer juguete. Fabricaba presentes.
Mamá
se perdió en el bosque de Loano. Había estallado la guerra.
Jamás
regresó. No como era. La Remington se ensambló por esa misma época. Gracias a
ella su padre pudo escribir La Cetra. Si yo elegí precisamente esa
Remington fue por el estruendoso ruido que producía, como si dentro de su
mecanismo hubiera otros cientos de máquinas cuyo ímpetu parecía capaz de virar
el rumbo de cualquier destino.
Mientras,
el azar arrojaba una y otra vez los dados contra el corazón del río, y si en
algún momento se detenía, era para cerciorarse que la suerte se mantuviera ahí
siempre con el mismo volumen. En el presente también sucedía así. Todo era
sublime y, al mismo tiempo, tan insulso como ese ruido de fondo cuyo eco no
hizo más que interferir.
Yo
también pude perderme en ese bosque.
No, nunca me interesó la poesía, “ese montón de cosas muertas que se niegan a
morir”, escribí en Manicomio.
Hoy,
un nuevo estudio advierte que fabricaron un robot capaz de oír a través de una
langosta muerta.
Mi
mundo era otro.
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