"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 26 de enero de 2024
ELENA ANNÍBALI
3.
Antes
pensaba que lo ominoso irrumpía en la vida
de las mujeres que —como yo— son comunes, de una forma
devastadora y radical: lentas bolas de fuego cruzando el cielo,
la materialización de la laguna negra que, en algunos sueños,
irradia mi imagen o tal vez yo, que me hundo, no devorada sino
en amoroso llamamiento. Pero no, no adviene la destrucción
con maneras tan evidentes. Un gajo de durazno quebrado
en la plenitud del verano —la fruta hinchada de humedad,
en su punto el rosado almíbar—, un hombre que cruza la calle
y reconozco de antes, no tan viejo ni joven, no, pero
de mi edad y diría que ambiguamente feliz, aún así
con los signos de alguna clara devastación sentimental
trabajándole el rostro —o ni siquiera el rostro, diría que
los ojos en los que hubo fijado la noche, y los pensamientos
de la noche, una patente oscuridad— las casas, en la ciudad, después
de las casas, y los altos basurales, y el destierro. ¿No estaba
todo eso antes, sin embargo, de mí, que miro y creo
que lo real me dice cosas en secreto, como si fuera, yo,
además de un ama de casa que se levanta temprano procurando,
con verdadera voluntad, que rinda el día en labores mínimas,
un sujeto de verdadero interés en la develación o el alumbramiento
de trascendentales verdades? Justo yo, que apenas despierta,
miro la ventana, no para ver los primeros rayos de sol, o escuchar
a los gorriones —pequeños y sin gracia, pero sobreviviendo, aún,
en una ciudad devastada y casi, ya, sin árboles— no para
aliviar mi corazón, no —tal como lo hacía mi madre— con una oración,
sino porque me considero pequeña e infeliz, y debo tener tiempo,
en el pensamiento —cuando todavía el hijo duerme, dulce, y ya
sin sueños— para estar conmigo y pensar en las cosas
que tengo y que no tengo, y abrazarme en la madrugada,
y con suerte calentar —brazo a brazo— la piedra helada
del corazón.
De:
“Guadal”
JORGE BETANZOS
Mi
madre está en silencio ante el gorila gris
con
el dolor de una manada
atenta al precipicio.
Una
avispa de ruido los diseca
y el
agua pierde peces transparentes
que tintan lo rojo sin profecía
las
frutas:
están
llenas de niebla.
“Hubo
un gorila plata”
son cuatro palabras;
“la
agonía” mil páginas
que nadie querrá leer en este siglo.
BEN CLARK
Gajes
del oficio
Para Max
Me propuse
crear un gran poema.
Pero en vez de escribir llamé a mi hermano
y estuvimos hablando de la infancia.
Cuando volví a sentarme
me sorprendió el mensaje de un amigo.
«Es un niño», decía. Como es lógico
lo llamé de inmediato
y estuvimos dos horas celebrando
el milagro sencillo de la vida.
Y ahora estoy aquí,
delante del papel, extenuado
por tanta poesía y sin haber
escrito todavía un solo verso.
De:
“Demonios”
LUYS D'ARIEL
Nadia
Neuman Argerich
Lejos
de los neones y del estruendo de la ciudad.
Lejos del mundanal ruido, del tránsito y los robos.
Lejos de los piquetes y las marchas sindicales.
Lejos, donde la paz es una casa con mil jardines
y la certeza un inmenso monolito.
Donde el miedo y la inseguridad
no hacen hombres de manteca.
Donde los pogromos han dejado de ser gritos.
Donde tu cuerpo es un lugar seguro
para guardar tus sueños.
Donde cultivas la tierra y crecen perlas y diamantes.
Donde Gulda, Lipatti y Magalof corrigen mi digitación.
Lejos del estruendoso olor del reguetón y de la cumbia.
En el parnaso de Rachmaninoff, Schumann y Ravel.
En los cielos inalcanzables de Bach y Mozart.
Entre murallas altivas y bastiones de silencio.
Donde se puede cerrar los ojos si temor a despertar.
Lejos, no tan lejos, cuando el río se hace delta
y una sueña con la brisa, Saint-Tropez y con el mar.
De:
“Poemas de Country Club”
PEDRO J. PLAZA
[1999]
IV
Recuerdo
unos ojos,
y cómo duele recordarlos.
Recuerdo
unos ojos marrones,
melados, infantiles, profundos.
Recuerdo
su luz aterciopelada,
y recuerdo la sombra suave
de su sueño cada noche.
Recuerdo
unos ojos durmiendo
en la habitación de al lado,
cuando la vida era posible,
cuando vivíamos juntos.
Recuerdo
unos ojos fraternos,
y cuánto, cómo los extraño.
De:
“Matriz”
PEDRO FLORES
Los
80.000 espantapájaros de Xingcheng
Había
que mantenerlos en el aire, agotarlos
hasta que se desplomaran como Ícaros de bolsillo.
La gente de verdad hace ruido con cacharros y sartenes
mientras nosotros, los espantapájaros, debemos cumplir
con nuestro viejo, silencioso oficio de fingir.
Llevamos ropa y sombreros remendados,
retales de todos los parientes muertos.
Nos parecemos un poco a los poetas;
somos demasiados y ahí, solos en el campo,
lejos de las cocinas y de los niños,
parece que tal vez servimos para algo,
pero el ruido de verdad se produce en otra parte
y nadie viene a acompañarnos por la noche.
De:
“Los gorriones contrarrevolucionarios”
