3.
Antes
pensaba que lo ominoso irrumpía en la vida
de las mujeres que —como yo— son comunes, de una forma
devastadora y radical: lentas bolas de fuego cruzando el cielo,
la materialización de la laguna negra que, en algunos sueños,
irradia mi imagen o tal vez yo, que me hundo, no devorada sino
en amoroso llamamiento. Pero no, no adviene la destrucción
con maneras tan evidentes. Un gajo de durazno quebrado
en la plenitud del verano —la fruta hinchada de humedad,
en su punto el rosado almíbar—, un hombre que cruza la calle
y reconozco de antes, no tan viejo ni joven, no, pero
de mi edad y diría que ambiguamente feliz, aún así
con los signos de alguna clara devastación sentimental
trabajándole el rostro —o ni siquiera el rostro, diría que
los ojos en los que hubo fijado la noche, y los pensamientos
de la noche, una patente oscuridad— las casas, en la ciudad, después
de las casas, y los altos basurales, y el destierro. ¿No estaba
todo eso antes, sin embargo, de mí, que miro y creo
que lo real me dice cosas en secreto, como si fuera, yo,
además de un ama de casa que se levanta temprano procurando,
con verdadera voluntad, que rinda el día en labores mínimas,
un sujeto de verdadero interés en la develación o el alumbramiento
de trascendentales verdades? Justo yo, que apenas despierta,
miro la ventana, no para ver los primeros rayos de sol, o escuchar
a los gorriones —pequeños y sin gracia, pero sobreviviendo, aún,
en una ciudad devastada y casi, ya, sin árboles— no para
aliviar mi corazón, no —tal como lo hacía mi madre— con una oración,
sino porque me considero pequeña e infeliz, y debo tener tiempo,
en el pensamiento —cuando todavía el hijo duerme, dulce, y ya
sin sueños— para estar conmigo y pensar en las cosas
que tengo y que no tengo, y abrazarme en la madrugada,
y con suerte calentar —brazo a brazo— la piedra helada
del corazón.
De:
“Guadal”
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