"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 5 de enero de 2024
VICENTE QUIRARTE
El
albañil de junto, el que pone las tejas,
contesta su teléfono:
habla de comunes parientes, de las estaciones.
No dice en su diálogo una sola palabra
besada por el diablo
y habla del trabajo como una bendición.
Hoy no me has dolido.
Hoy estuviste más conmigo.
De:
“Bisturí de cuatro filos”
VALERIO MAGRELLI
SE
ABREN COMO HOJAS
los días, pálidos
como cortinas
y algunos empujados
por el viento,
por la luz
que crece detrás de ellos
o en su interior,
inclinados y ligeros
sólo para ser admirados.
Versión
de Roberto Bernal
JIAO TONG
Helecho
En
esa esquina enmohecida y cayéndose a pedazos,
un helecho cansadamente brota y crece.
Sus raíces ansiosas
no están contentas con la dureza, no están contentas
con el silencio. Y por ello es que así, cautelosamente,
exploran y estudian hacia el exterior,
aprenden a ser humildes pero, a la vez, firmes y perseverantes.
Un
helecho así de rústico explora nuevos verdores;
después de la lluvia, se estira categórico hacia los bordes de la pared.
Incluso
insiste en el apretado lodo,
resistiendo las tristezas y durezas del invierno;
para tristezas y durezas así se debe de ser paciente,
ser paciente frente al encierro.
(Alguien
empuja la podadora
el sonido atrozmente cubre toda tranquilidad)
Este
helecho verde e independiente asciende,
persigue cierta convicción
en una oscuridad colosal, al filo del alba;
de lejos parece como si pudiera ver,
ver las praderas bajo el sol,
escuchar el llamado de las praderas.
Versión
al español de Omar Pérez Rizo.
DANIELA CAMACHO
Extraño
territorio o la ficción del cuerpo
Interna de
mí
me escribo dos veces
pero las cosas ocultas
guardan con celo
mi yo más profundo
I
Estoy
detenida
en el lugar del silencio.
A
partir de hoy,
seré el sujeto
de una historia distinta.
Buscaré
una extravagancia a la cual unirme,
aunque en ese principio tiemble temblemos¹ de miedo.
II
Ahí.
Cuando
por fin comprendes, quiero decir, cuando comprendo que el recuerdo de una
figura humana es también una caricia
nace
el fulgor
algo que arde
y comienza a dejar sitio a otra cosa.
Inmediatamente.
Pero
conviene saber que un alumbramiento no es siempre algo maternal. Hay abismos
que también se reproducen.
Estoy
pensando, ¿es verdad que la hembra horrenda puede ser conquistada?
III
Provocación
interminable:
el
momento en que la imaginación y el cuerpo femenino sellan un pacto. Ese júbilo.
Dos sexos o tres. El tipo de libertad que no necesita héroes.
Porque
se está de paso.
Transitamos
por la casa y la ciudad con indiferencia, nos dirigimos a un ritual de
entierro.
Sabemos
bien que no será suficiente; la cólera seguirá viva.
Por
eso intento afirmar aquello que nos vincula.
Por eso abres tu escenario de piel
y cambias el nombre del padre que no da a luz y reclamas:
⎯es hora de que des a luz,
por primera vez.
Hay
algo extrañamente tranquilizador en esa frontera.
IV
A
veces nacer implica ilusiones malsanas:
ostentar
una herencia biológica para llamar a otro cuerpo,
por
ejemplo.
O
buscar una cura,
nosotras, sí, que somos tantas.
Regamos
un perfume devastador para que alguien nos siga
y, aunque esté prohibido, mostrar nuestro objeto afilado.
Así
nos volvemos apacibles y luego ya no.
Porque
está ese deseo (no la carencia),
la avidez de la huida o un momento a solas,
en el anonimato,
para ser un/a impostor/a
con nuestras diferencias dentro.
V
Dicen
que en un lugar distante algo terrible está sucediendo. Pero es aquí donde el
cuerpo se entume y no puedes / no puedo / no puede moverse.
Los riñones
por su parte
aún separan
el agua de la sangre
y la orina comienza a enfriarse
bajo los pies.
Son
inacabables las formas del miedo.
Dicen
también que tu naturaleza no puede mecerse en la cama, que mi naturaleza
precisa un dolor.
Somos
figurillas de profundidad.
Nunca
pudimos juntar las manos porque las llevábamos llenas de espinas.
VI
Nunca
me rocé con las otras
para no sentir el mal.
No
quería depender de una criatura viva.
Sospeché
que la cólera y el juicio
me vendrían temprano,
y, sin embargo, rechazaba la necesidad
de un espectador.
El
mal y yo
teníamos una historia propia,
las cosas se me aparecían
para ser tocadas,
pero el cuerpo no olvida el terror
de haber sido alcanzado.
VII
Antes
de llegar aquí tramaba un aparato de carne.
Luego
retomé mi narrativa de la falta.
Un discurso íntimo e inexplorado que me marcó un ritmo.
Hay,
con todo, regiones de sombra en donde lo que digo instaura un rostro.
VIII
Al pavor de lo desconocido responde el de la tentación. Yo no sé si existen los
cuerpos. Sé que peligran cuando hay un deseo.
Nuestras
ideas del sacrificio son cándidas.
1.-
Nota: Con el tiempo me fui convenciendo de que no estaba sola.
JOSÉ EUGENIO SÁNCHEZ
no
necesitas de nadie para arruinar tu vida
(esa actitud es pretendidamente ingeniosa o sofisticada
pero es falsa como la obsesión)
por lo regular los problemas con las personas surgen por el nerviosismo
y no es porque seamos desechables
sino porque no hay espacio para eso
si nos morimos y nos pudrimos no hay lío
pero los popotes heredarán la tierra
(tu caca y la mía podrán ser útiles para el planeta
pero los popotes que solo sirven para agitar los hielos del gin tonic
o aburrirlos en un refresco
van a permanecer más que nosotros)
: al final el planeta se va a deshacer de lo que no le sea útil
y nos convertirá en un vanidoso vaho en el cosmos
y entonces ya habrá suficientes millones de años para que el vidrio
y el plástico y el unicel desaparezcan
o se transformen
y la tierra seguirá girando desorbitada
en el berrinche humano de intentar permanecer en alguna memoria
(aunque sea usb):
somos dinosaurios que se preocupan al ver directamente el meteorito que viene a
aplastarnos
y seguimos creando expectativas en los demás
olvidando que nos encontramos mientras escapábamos de una explosión buscando
calma
y que luego huiremos del incendio que provocamos
insultando agrediendo mutilando jodiendo difamando asesinado y erosionando
creyendo que nos estamos salvando
De:
“El moco que sostiene este virus se está secando”
ELKE ERB
Sutil
Una
columna de fuego
semejante a aquella que paseaba
en
el espacio entre signos, para indicar
que el espacio no era un sueño;
una
columna de fuego proteica.
Una columna de fuego constante.
Que
arde sempiterna.
Que no deja de estremecerse.
No
deja que el fuego se apague.
Si ocurre, se enfría.
En
tal quietud arde por siempre
el alma: columna de fuego,
patente
y de manera sostenida,
es decir: en caso de que algo se malogre,
falle
el blanco, sucumba, se vaya a pique,
sigue ardiendo a proporción y espíritu constantes,
de
forma discreta como acechan los miedos.
La excitación de costumbre.
Una
columna de fuego constante.
Con toda claridad una sonrisa social.
Y
cuando el oro se le desprende
llamean los pavores en orfandad.
Versión
de Daniel Bencomo.
