miércoles, 27 de septiembre de 2023


 

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 


 


La alfabetización del éter

 

Mi padre por fin murió.
Más de treinta años después de haber sido abatido su cuerpo como un animal.

Aquella noche no dormí y salí a las cuatro y media de la mañana en busca de cigarros.
Hacía un frío intenso y no había nada en la calle.
Ni perros. Ni vendedores de tacos. Ni vendedoras de flautas doradas.
Los encontré en una cantina a las orillas de un lago y volví echando humo.
Pasos rápidos. Una patrulla policial. El camión de la basura.
A la espera mía un cuarto en paz profunda.
El sueño de las mujeres después del milagro.

La paz profunda del cuerpo de mi padre en la bodega del avión.
Finalmente.
Más de treinta años después.
Me senté en la escalerita donde mi abuela estuviera sentada siete días atrás.
El cuerpo en la bodega del avión como años antes el cuerpo de mi madre.
Belém-Recife-Fortaleza.
No recuerdo si había luna en el cielo.
No recuerdo sentir frío a pesar del intenso frío que hacía.
Solo la paz del sueño posparto.
El cigarro entre los dedos.
Y el silencio que siempre antecede el amanecer en los pueblos¹ mexicanos.

La muerte sonriendo con la boca atascada de chile.
Don Abel Hernández agarrando la manija del ataúd.
Embarcando el cuerpo en el avión.
Bajo el mirar espantado de los policías del aeropuerto.
Es el silencio que antecede el tiro del cazador contra el cuerpo de la cigüeña que trae a los bebés.
Y yo ahí. Parado. Fumando.
En la misma escalera en que mi abuela estuvo siete días atrás.
Enterrando a mi padre en la misma tumba donde estaba enterrada mi madre.
Esperando el amanecer del día para escuchar la canción que María, recién nacida, entonaría.

El alfabeto escribiendo con éter el destino en el último instante de calma.

 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de la traductora: En español en el original.

 

TERESA ABURTO URIBE

 

 


 

Andaré los caminos

 

Andaré los caminos buscando el horizonte
que me indicara mi padre
en las noches de aquel pueblo perdido
en la cordillera de Los Andes,
en las noches de leña ardiendo,
de frío, nieve y chocolate.
Andaré tantos caminos buscando mi vida,
mis afanes se multiplicarán día tras día
y pasaré los años andando distancias
y a cada paso lloraré tu ausencia.
Pero llegará el día, ya gastado el camino,
de dar la vuelta, de mirar al sur de nuevo
y regresar a tu lado,
a descansar los años bajo tu cielo,
a dormir las siestas mecida en tus olas,
a oler tu mar en las tardes de julio
cuando el frío corta el rostro
y la cruz del sur cubre tu cuerpo de mesetas
y el viento acaricia tu cintura de acantilados.
Llegará el día de recostarme de nuevo
en el calor de tus doradas dunas
con los ojos abiertos al cielo de enero,
apretando en mis manos puñados de arena,
acariciando mis pies el oleaje de espuma.
Entonces, cuando salga la luna
y el mar sereno refleje tu silueta iluminada
y los barcos detenidos en tu noche
me inviten a quedarme a la vera de tu costa,
y las estrellas dancen a lo lejos
al compás de un coro de gaviotas,
entonces te daré mi corazón
y se detendrá en vos, pueblo mío,
para siempre, en silencio, dormido.

 

 

OLGA ACEVEDO

 

  

 

Fieros tenía sus ojos


Fieros tenía sus ojos
y ronca y mansa la voz;
finas imaginaciones
y plebeyo el corazón.
Su madre, como sencilla, 
no la supo casar, no. 
Testigo de ajenas vidas, 
el ánimo le es traidor.
Cancioncita ronca, triste, 
canción de esclava, canción,
toda te me presentas 
en dos ojos y una voz.

 

 

ROSA BERBEL

 

 

 

 

El huésped

 

Viniste de otro mundo y te quedaste en mi casa.
Tu idioma impronunciable
tu cuerpo artificioso
eran ahora las únicas ideas naturales.

Al final del deseo comenzaba otra cosa.
Al final del deseo hay un deseo nuevo
al que nunca ha podido llegar nadie.

Por favor,
quédate un poco más conmigo
bajo la luna azul
de las celebraciones.

 

MARIANO PEYROU

 

 

 

XIX

 

Voy donde vayan mis pies.
No voy donde vayan mis pies.

 

KAREL ALEXEI LEYVA FERRER

 

 

 

Fractal

 

Esperan el piquetero y el payaso
a que acierte la última estocada,
mientras tiembla mi pulso tras la espada
y el público a partir por el retraso

se apresta, sin mirar que en el ocaso
un hombre está en el ruedo de la nada,
tratando de domar su denodada
existencia a pesar del aire escaso,

del margen diminuto que da el día.
Entumecido el hombro, ahora intento
evitar otro fallo en la porfía

de darle nueva voz al pensamiento.
Solapados al fondo de la vía,
esperan a que inicie el movimiento.