"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 11 de septiembre de 2026
MOSAB ABU TOHA
Una
postal en blanco
A mi hermano Hudayfah (2000 – 2016)
Miro el calendario. Es 13 de octubre. Hace ocho años que falleciste. El marco
que asedia al número 13 me recuerda una tumba, la página del calendario en la
pared a un cementerio, el muro blanco a un sudario que envuelve la Patria y mi
habitación a un ataúd.
Aún
no sé dónde está tu tumba. Nunca la busqué, a pesar de que el cementerio queda
a cinco minutos andando de casa. Cada vez que te me apareces en sueños es como
recibir una postal en blanco. ¿Quizás me pides que te escriba una carta? Pero a
dónde la envío si no hay cartero que aparezca por mi calle.
Si
te sirve de consuelo, nunca puse pie en el cementerio desde tu muerte. Solía
pasar por enfrente de camino al gimnasio durante mi adolescencia.
Estamos
en 2024 y el cementerio en el que estabas enterrado ha sido arrasado por
excavadoras y tanques israelíes. ¿Cómo podré dar contigo ahora?
¿Encontrarán
mis huesos los tuyos a mi muerte?
Versión de Diego Gómez Pickering
De: “Forest of Noise”
EDUARDO MILÁN
POESÍA=AMBROSÍA
alimento de otra época que sobrevivió
inútil, distraída, porque importa poco
poesía=ambrosía
gustaría un tiempo conectado con el néctar
ambrosía en la boca y en las narinas éter
lo que da una palabra inaprehensible: inmortal
inaprehensible, condición libre de toda palabra
que no sea mortal, cárcel, Establecimiento
de Reclusión Penal Militar No. 1
estaba poesía desde antes frente a un mamut
—uno quiere creer que estaba antes, siempre–
un grito, eso que se abre paso entre sangre y pelos
seguido de otro grito, algún silencio
algo —nadie sabe qué aunque decir nadie es temerario—
en la caverna helada hace sintaxis
—palabra brutalmente incrustada en ese tiempo
estalactita, otra que se incrusta desde arriba
con lo que pueda recordar amor gotea
pero ambrosía, lo que se dice ambrosía
cojea, se
balancea de un lado a otro del árbol del ahorcado
—Villon, que escapó al péndulo
De:
“Reversura”
YELITZA RUIZ
A MI ABUELO LE TOMÓ 83 años que el agua le llegara a los pulmones,
dócil atravesó el trópico sorteando las calores,
el manglar de la casa,
la mojarra y el bagre,
pócimas secretas del caldo de guajillo,
proteína que estiró sus músculos en cada brazada.
La frescura del ceviche apaciguó los 35 grados a la sombra,
nadar en binas evita inundaciones,
por eso te fuiste con las aguas,
un lunes a las seis de la tarde
se dejó caer el aguacero, y yo supe que te ibas.
Que te ibas con los peces que hicieron llover sobre estas tejas
reclamando tu cuerpo de atarraya,
supe que te ibas porque me enseñaste a leer la ventisca
cuando nadé por primera vez en mar abierto
y me contaste que de aquí veníamos todos,
más nosotras que podemos parir en seco y bajo el agua.
Te fuiste, abuelo, en plena lluvia, ligeramente lejos de la mar,
pero dentro de sus gotas que se reciclan en verano.
No
moriste ahogado,
la única agua que te alcanzó fue la de los bronquios
que no drenaron la sal de tu cuerpo.
ARÍSTIDES LUIS
La
sal
…todo concurre al polvo pariente de la sal, pero la sal perdura.
Gonzalo
Rojas
No
puedo sentirme pronunciado,
me falta la sal para nombrarme,
para entrar al hueso
con los arrojos con que esa pequeñísima blancura
penetra el mar para endurecer sus venas,
no me sabe el mundo,
me falta el olor a leña
de una estufa a fin de año
y el pan de la tía al centro de la mesa,
los muebles recién pintados
porque el abuelo llegó antes
que nosotros para prepararlo todo,
veo en mí un lugar que me abandona
al toque del agua para evaporarse
y dejarme tan a solas que ni conmigo mismo,
como el ansia por un trozo de animal
en la lumbre dorándose
y la angustia de un bocado.
Me faltan mis abuelas,
sus lechos de croché
con olor a lirios,
las novelas de Benavides
que leían los tíos
y los casettes de Pedro Infante
con que mi madre
intentó inculcarme el canto,
ahora queda el polvo en la cornisa
a punto de saltar
como hacen a su tiempo
todos los seres.
También los recuerdos
dejan su sal en alguna parte
y no la encuentro.
¿Por qué no aprendí de mis ancestros
la carpintería, las artes de la siembra
o las recetas para noche buena?
El abuelo abre la tierra
a lo lejos, aún lo veo
con su cerveza en mano
y el sudor seco en la frente.
Saca uno de los corazones de la tierra
aun latiendo,
un corazón humeando
y su carne desmoronándose
entre jugos, desprendiéndose
de los pómulos
como si huyera del hueso
hacia nuestra mano,
como debe ser.
El olor nos congrega,
es un olor para habitar el mundo,
para abrazar la dentadura abierta
del animal de nuestro pueblo,
los ojos vacíos de una res descarnada,
su esqueleto delicioso,
sus colmillos
llamándonos
a la mesa.
Nadie dice nada,
mientras quede en el plato
un bocado de esa carne.
Lo que diéramos por un puñado
de nosotros mismos,
morder el mineral del mundo
directo de la mano
para escaldar la lengua
con su sazón inabarcable,
escribir al igual que el mar
cuando devuelve a sus ahogados.
Me falta la sal, rotunda y como es,
la lágrima que es sólo lágrima,
la sangre que es sólo sangre,
que son nada sin la sal,
sin el quimismo de la tierra
y su rumor salobre,
quedan para mí sólo pedazos,
partículas, ceniza y polvo
en todas partes,
todos primos de la sal,
nunca ese místico cloruro
con sabor idéntico al llanto
y a la sed.
Tengo este oleaje en la cabeza
llena de motivos insípidos
y sin poder repasar un poco
con la lengua
esa sazón
que rememora.
De:
“Cuadro azul sobre fondo de nada”
JOSÉ PULIDO
Regreso
Encuentro
junto a las macetas del muro
la taza azul que Raquel lleva días buscando.
De repente, la brisa acaricia el pelaje de la arboleda
y trae a mis pies la voz de la hija pequeña de los vecinos,
que canturrea una canción en un idioma inventado.
Los
avellanos se estremecen,
los perros del pueblo ladran.
Y ya
está aquí la certeza de haber regresado,
cuando no sabía que me hubiera ido.
VITTORIO SERENI
YA
NO SABE NADA, va en alto con las alas
el primer caído de boca en la playa normanda.
Por eso alguien esta noche
me tocaba un hombro, me susurraba
que rezara por Europa
mientras la Nueva Armada
se presentaba en la costa de Francia.
Y
respondí en el sueño: —Es el viento,
el viento que forma músicas extrañas.
Pero si fueses en verdad
el primer caído de boca en la playa normanda
reza tú si es que puedes, yo estoy muerto
en la guerra y en la paz.
Ésta es la música ahora:
la de las carpas que golpean en los postes.
No es música de ángeles, es mi
música tan sólo y me alcanza—.
Campo Hospital 127, junio de 1944.
Versión de Diego Bentivegna
