A MI ABUELO LE TOMÓ 83 años que el agua le llegara a los pulmones,
dócil atravesó el trópico sorteando las calores,
el manglar de la casa,
la mojarra y el bagre,
pócimas secretas del caldo de guajillo,
proteína que estiró sus músculos en cada brazada.
La frescura del ceviche apaciguó los 35 grados a la sombra,
nadar en binas evita inundaciones,
por eso te fuiste con las aguas,
un lunes a las seis de la tarde
se dejó caer el aguacero, y yo supe que te ibas.
Que te ibas con los peces que hicieron llover sobre estas tejas
reclamando tu cuerpo de atarraya,
supe que te ibas porque me enseñaste a leer la ventisca
cuando nadé por primera vez en mar abierto
y me contaste que de aquí veníamos todos,
más nosotras que podemos parir en seco y bajo el agua.
Te fuiste, abuelo, en plena lluvia, ligeramente lejos de la mar,
pero dentro de sus gotas que se reciclan en verano.
No
moriste ahogado,
la única agua que te alcanzó fue la de los bronquios
que no drenaron la sal de tu cuerpo.
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