sábado, 30 de mayo de 2026


 

ALFREDO ZITARROSA

 


 

La canción del cantor

  

Canta el cantor su pena y sus alegrías,
pero nunca ha podido cantar las mías.
Yo tampoco las canto, porque mis penas
de ser tan sólo mías, son como ajenas.
Y cuando estoy contento, tampoco canto,
no sea que de las risas vengan los llantos.
Con cada canto nuevo, siente el que canta
que le sube la vida por la garganta.
Los cantores que cantan cosas prestadas
son como los gorriones, van en bandadas.
Mejor cantar poquito, como el hornero,
y levantar el nido frente al pampero.
No hay canción que me cante, dice el trovero,
para el buey de adelante sobra el sendero.
Porque el canto me sale, como aprendido,
desde el nacer peleando contra el olvido.
Larairairaraira… Larairairaraira…
Larairairaraira… Larairairaraira…

 

 

OSBERT SITWELL

 


 

Esta generación

  

Su juventud fue febril —apasionada, pronta a apurar
Los últimos placeres de la copa de la vida
Antes de inclinarse a sorber los posos del dolor
Y terminar sus jóvenes-viejas vidas en lucha mortal.

Pagaron las deudas de muchos siglos
De necedad y riquezas impuras.
Fueron hacia la muerte; y no derramaron lágrima
Por todo lo que sacrificaron de amor y alegría.

Sus lágrimas se secaron ya en el vientre,
Pues al entrar en la vida —hallaron su tumba.

 

MAHFÚD MASSÍS

 

 

 

Elegía a Ernest Hemingway

  

Los que arrastramos un pescado, o una vaca negra,
como el Viejo Amargo del Mar de las Antillas,
los que apacentamos una gran culebra por el llano
arrojamos tu ataúd como un sauce de pelos.

¡Qué golondrina, que sueño sobrevolaba tu corazón
cuando mostrabas el pecho en armas,
como el dios-padre de los mitos desaparecidos!
porque, ciertamente, en la niebla coloquial, en el designio raro,
eras la almendra sobre el tizón negro,
cayendo en la eternidad, riente, inmemorial, con la bala llorando en la piedra del ojo.

Puro de alcohol, profundo como el aroma del tabaco,
augur estupefacto sobre la tierra,
montaste a la vida como a un perro,
mordiendo su oreja verde, sonriendo en la tormenta como un búfalo,
y rendido
entre el vino y la mujer, tu barba
de macho perdurable, tu barba de poderoso velamen,
era la barca fenicia y roja en el rescoldo de los días.
Desde mi cojera invernal, yo, americano inerme,
hijo de extraviadas religiones, pusilánime y fatal,
estrecho tu brazo peludo de triunfador.

 

 

JOSÉ JOAQUÍN CASAS

 

 

 

La casa de todos

Esa la casa de todos,
La del cura.
POMBO

  

Ancho zaguán con trasportón de pesa
Que al vaivén del postigo sube o baja;
Portón que cruje pero a nadie ataja,
Y de dar paso a la orfandad no cesa.

Allí a los pobres se reparte apriesa,
Con paz y amor la próvida migaja
Que a expensas de la huerta, que es su caja,
Les manda el cura de su pobre mesa.

Un San Cristóbal colosal, que empuña
Un árbol por bastón, y siempre alerta
Cuida no meta Satanás pezuña,

De la casa cural guarda la puerta:
Nadie tras esta ladra o refunfuña;
Basta empujar para encontrarla abierta.

 

JAMILA MEDINA RÍOS

 


 

Ortigas de mar/Barquitos portugueses


Por las mañanas voy a nadar
como un sano ejercicio del espíritu.
El cuerpo sobre la arena
dando vueltas de carnero con las boas de la orilla
que en mal tiempo me incrustan
contra las piedras
los fragmentos de conchas
y las medusas siniestras
que se apoltronan al borde
—guadañas
transparentes medias lunas.

Si a un sitio/ de inmenso ardor/ quieres llegar
abandona tu cuerpo entre las barcas
sostén tu boca entre la espuma
y ancla fuerte tu cabeza a la mortaja
en la colonia de sargazos.

Bajo la malla de las sombrillas gelatina
como una boca/ una vulva
una babosa que por fin te cubre
se te abrirán nuevos placeres.

 

ÁNGELA DE MELA

 

 

 

Canto XVI


Transfigurar
el uso de las hendiduras
que acoraza en las sombras
latitud
dueñas de himnos para el tacto
anidan tras el borde las sirenas
túnicas insaciables
conducen a su riel de avistado hemisferio
oteamos la leve rozadura de la escama
el géiser
qué transparencia para dejarse intacto
corre el mundo por tu tez
y propone tatuar hacia lo hondo
lo anterior submarino
tú y yo espumamos el sitio que devora
la arena emerge la quilla de un velero
ya no será ese límite
–sobre mí las estrellas
miradas con fijeza el mundo muere–
como rueda de ángel
como viento a la rama
sin salir de raíz
asunta al firmamento
la luna del pinar
si nos salva
quedará de esa lumbre
en el rincón argenta
si eternizo
amor bajo palabras
que sea como gota
tras el índigo mago
retomar las distancias
aún de ese paisaje
espigar en los saltos
como los puentes
la pareja del polvo
y abrazados y solos existir
para no ser memoria.