miércoles, 1 de abril de 2026


 

ELAINE VILAR MADRUGA


 

contracción

todo el silencio del mundo
se encuentra
en mis trompas de falopio
allí también hay vida
pero cada vez menos
cada día
mis trompas de falopio
se parecen más a este silencio
y el silencio
amaestrado y obediente
en su jaula
se confunde con un óvulo
cada mes traigo al mundo
un silencio
con ojos de sangre.

 

De: “Las tarántulas”.

 

EDUARDO IGLESIAS

 

  

Escucho lo que me rodea.
Homenajeo a Chillida.
Todo me habla.
Permanezco expectante.
Percepción.
La emoción brinca primero.
El corazón exige.
La razón se diluye
y lo inexplicable
aparece en palabras
que cuido,
no las someto;
libremente se expanden,
como un espíritu,
haciendo su aparición
en un elástico intelecto.

  

De: “La isla que navega”.

 

CARMEN VERDE AROCHA

 

  

 

¿Se puede estar en dos lugares a la vez?

A Gisela Cappellin

  

I

Parroquia San Pablo Apóstol en Caracas.

Al entrar vi sus paredes blancas
moteadas de morado.
El padre Oswaldo con sus canas
(torcidas bajo la furia de la fe)
quizás ni me reconozca.

Lo recuerdo con su capa magna los
domingos.
Imitando a un Obispo que nunca
aparecía para invocar al Espíritu Santo.

Son muchos los años lejos de los rostros
de mis amigas de la infancia:
Tata, Idalmis, Carmen Elena, Janeth.
No sé si ahora van a misa
o han envejecido en manos
de sus maridos.

Parece que viviéramos cerca del Cantábrico
donde el salitre se come
los rostros de la gente.

 

II

Iglesia de San Pedro el Viejo en Madrid.

Calles estrechas y edificios antiguos.
Congoja en la faz de los ancianos
de los pobres y de los marginados
que han hecho de este lugar su aposento.

Una noche Gisela y yo entramos
con la niña Sofía.

El blanco de la camisa de Sofía
lesionaba la esperanza roída.
¿Por qué el blanco hiere
tanto nuestros ojos
cuando estamos tan lejos del mar?

Contrasta en esta iglesia
la belleza del recinto
con su torre mudéjar
y en su interior
su capilla del Cristo de la lluvia
nos hizo temblar.

 

III

¿Se puede estar en
dos lugares a la vez?
Sí.

Si tienes memoria y recuerdas
la Parroquia de San Pablo en Caracas
con fe, melancolía y gratitud.

Si puedes distinguir los tres sabores
de la Iglesia
de San Pedro el Viejo en Madrid.

 

De: “Mares y halagos. Variaciones poéticas”

 

 

LUIS CHAVES

 

 

 

Música nocturna recordada en la mañana

  

Del lado teórico
cuando toca lo pragmático,
del lado práctico cuando
enfrento la teoría.
Suena el teléfono
y abro la refri
más o menos así.
En fin.

Desperté vocacionalmente
antes de que sonara el despertador.
En el sueño
también estabas muerta,
tuve que continuar.

Han pasado dos años,
será muy pronto para esto.
De lo poco que hablamos
queda lo que no se dijo.
La voz es lo primero que se borra.

Escribo al fondo de la casa,
en breve, afuera, se encenderán
las lámparas municipales.
Los pericos cruzan el cielo en diagonal
remolcando al mes de diciembre
y para entender algo quiero pensar
en la fantasía originaria,
en la alucinación optativa del pecho.
En cambio, se impone
el crujido específico de las gradas,
tu peso haciendo hablar a la madera
cada mañana rumbo a la cocina.

La masa de tu cabeza,
una silueta a contraluz,
atrás, ramas y hojas,
la luz intermitente
colándose también entre
el pelo rizado y negro.
Es el primer recuerdo que tengo.
¿Dónde estamos?
¿Qué me preguntás?
La brisa leve nos envuelve
en el olor de los cítricos.

Time present and time past
coinciden tal vez en time future.
Eso no te importa, quizás esto sí:
en casa enhebro yo.
“Pa, coseme estas medias”,
me dicen de salida
sin mirar y sin saber
que así te invocan.
En el pulso firme y la puntada lenta,
en la frontera del dedal, en la fuerza
exacta, ni un poco menos ni
un poco más, que tensa el hilo
para remendar lo que se rasgó.
¿Son las prendas rotas de tus nietas
dos cosas a la vez? ¿Son en simultáneo eso
y lo que evocan?
¿Que me deje ya de palabrejas?
Ese arpón minúsculo
une más que un apellido.

Una vez te vi fumar,
estirada sobre la manta de picnic,
dueña del sol y la inmanencia.
El humo por la nariz
como una diva del cine,
como una mujer que esconde
un misterio o un superpoder.
Un par de amigas o hermanas tuyas
en la imagen, distribuidas
sobre el cuadriculado del mantel,
ni un solo hombre cerca
porque el niño que te observa
no cuenta.
Siente celos del secreto que se le revela,
tiene un miedo nuevo,
se abre una grieta a sus pies:
ella es Mayra además de mamá.

Los botones, alfileres, hilos
en una caja de galletas danesas.
Dedales, broches,
acericos y abalorios,
cinta plástica de medir.
La larga tarde después de la escuela,
no llegabas nunca del trabajo
o así lo sentía:
todo hijo es un capataz.
Inventariaba el contenido sobre
el estampado del edredón,
una matriz de carretes, otra de botones, etc.
Un taxónomo de seis años
fija los insectos del monólogo interior.

Hablabas, ahora que lo pienso,
con la boca del horno,
en los grados centígrados crece
la promesa del pan.
Me invitabas a pesar la mantequilla,
a engrasar bandejas,
a comer como acto contrario a la conversación.
Las palabras hacia adentro,
en la ruta de la garganta.

Detrás de la puerta cerrada,
el cuarto a oscuras a media mañana.
Al otro lado de las cortinas, el día explota,
el martillo de la luz
contra un solo hemisferio,
la derrota convertida en anomalía vascular.

Vistos desde afuera
somos cualquier madre e hijo sentados en el bus,
la díada que es principio y negación.
Estampa antropológica de mujer
que repasa listas mentalmente
mientras hijo, párvulo,
se entrena en la lectura modular
Co o pe re con el a se o

Murió la abuela Carmen
y como si la tuviera enfrente
veo la bacinilla metálica debajo de su cama
y la mancha de sangre con
forma de mariposa
en la sábana final. Nos heredó
la cabellera densa, sana y
negra del mestizaje,
la suspicacia a las muestras físicas de afecto
y la casa del Estado benefactor
que es la página uno de nuestra mitología.

La silueta a contraluz,
las ramas, hojas, la luz intermitente,
un halo rodea tu cabeza.
Cada tanto la masa oscura
cambia de ángulo y es tu cara
de madre joven,
estás contenta sin sonreír.
¿Qué te pregunto sin lenguaje?
¿Dónde estamos? ¿Qué provincia? ¿Latitud?
¿Quién cuida la casa? ¿Ese aroma es de naranja,
mandarina? ¿Limón?

Al otro lado de cada desenlace
está el embrión de un nuevo final.
Lo dice la teoría y lo dice la praxis.
Está escrito en el reverso de la ropa
barata de la infancia, en la letra pequeña
de las recetas escritas a mano,
en el temblor de las esferas de mercurio
que como electrones buscan reunirse,
en el ritmo de la Singer
en la cuesta monoparental,
está al fondo de la crisis de los 80,
también en el idioma de la madera
y las sombras del marquiset,
lo dice el hielo envuelto en la servilleta,
la medida de una pizca de sal
entre tu pulgar e índice,
la cavidad de la piedra pómez,
la morfina, tu trazo manuscrito
y zurdo. Está escrito en esta
canción simple con hilo y aguja,
es fácil de borrar.

Sumo ahora y qué joven eras
cuando me gradué del colegio.
Esa noche bailamos por primera
y última vez. A media canción

dije “ya me tengo que ir”
y por unos segundos no supiste
dónde estaba tu mesa,
te vi de espaldas, desorientada,
“Otro día repetimos”, quise reparar.
Ya se sabe qué pasó.

¿Vas a volver?
Si pudieras, ¿vendrías como Mayra
o como mamá?
De las fotos recortá mi cabeza
y la de tu esposo,
quedate con las de tus nietas
y la del humo azul y leve
de cuando no rezabas.

Se hizo tarde y todas duermen
cabe más distancia entre cada ladrido
y viene, como un mazo, un pasaje del final:
emergiendo de las profundidades del desahucio
dijiste “ya no veo a mis nietas ni las toco”
y de inmediato volviste al lugar vedado.

Una silueta a contraluz,
atrás, ramas y hojas,
la luz intermitente.
Es el volumen de tu cabeza
y cuando cambia el ángulo y aparece tu cara
veo una mano pequeñísima
buscando tu boca, tu mejilla, tu nariz.
¿Dónde estamos? ¿Cuánto falta?
La tela suave de la brisa
nos envuelve
antes de lo que vendrá.

 

 

STEVIE SMITH

 

  

Aquí yace…

  

Aquí yace un poeta que no escribe más
su alma atraviesa la noche gritando
“Oh, denme una pluma, y denme papel
y sin demora comenzaré”.
Pobre Alma, guarda silencio. En la región de la Muerte
no hay pluma, papel, noción —y no hay Tiempo.

 

 

VITA SACKVILLE-WEST

 

 

Leopardos en Knole

  

Leopardos en los aleros,
leopardos en la escalera pintada,
rígido el escudo que portan,
oro y gules, una banda de armiño,
leopardos en los aleros,
leopardos por doquier.

Vigilan en la noche
mientras la antigua casa duerme;
trescientos años guardando
sus puestos, saltando cada noche,
sombras negras bajo la luna clara,
de tejado en alero trepando.

Rígidos cuando vuelve el día,
erguidos bajo sol o lluvia,
los leopardos en su puesto
observan el desfile cambiante;
y su color enjoyado arde
en el cristal de la ventana.

A menudo, en la escalera pintada,
al pasar distraída, sentía
pisadas suaves, dos o tres,
que me seguían con gravedad.
Nada había, nada,
nada que ver allí.