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jueves, 23 de abril de 2026

VLADIMIR AMAYA

 

 

 

After party… después de una larga cadena nacional

  

En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían

un cachimbo de alegres expresidentes salvadoreños.

Vestidos con sus trajes caros
y algunos con sus uniformes militares:
                      medallitas y condecoraciones,
con alguna que otra masacre en los bolsillos;
todos muy animados le daban la bienvenida al muchacho
                                   gorrita al revés, patas de pichiche,
quien había sido electo gobernante de la otrora finca de sus más profundas ambiciones.

Lo sentaron muy cerca de ellos y con euforia lo vitorearon.

Francisco Menéndez, muy amable,
le advirtió hablándole bajito:
—No te sentés cerca de Maximiliano,
           no lo querrás como tu amigo
—ni como tu vicepresidente— intervino el ingeniero Araujo.
Patas de pichiche le gritó al general Menéndez:
—Cállese, viejo,
usted es de los mismos de siempre, no me diga qué hacer.
Al oír esta barbaridad, el general
cayó fulminado por un infarto.

—Pero bebe, muchacho, bebe que aquí tomás regalado—,
le decía don Tomás, guante en mano, blandiendo todavía su sable.
—¡Bienvenido al clú más prestigiado de todo el chimbolero!—,
le dijo Malespín, quien sin ser mala espina, añadió:
—He oído que te va bien, pero te podría ir mucho mejor.
Invadí una patria al menos,
saqueá algunas iglesias,
fusilá un par de curas y hacé desordenes cuando te pongás bien bolo.
No olvidés invadir tu propio país si es necesario
(una vez le funcionó a Manuel José Arce).
Quemá ciudades si te queda tiempo,
pero lo más importante: cuidá tu cabeza de los malditos indígenas
                                                                   cuando pasés por San Fernando.

Aquel caudillo hubiera seguido en su receta,
pero en la mesa confabularon:
Votaron en secreto.
Y otra vez mi pobre general fue desconocido, excomulgado
y desterrado a la sala de no fumadores y abstemios.

Y la plática seguía, seguía de lo más alegre,
entre brindis y hurras por el aprendiz de dictador.

Y el patas de pichichi decía:
“Y los llamé mollera sumida…”
Y los expresidentes se carcajeaban.

Carlos Meléndez, Alfonso Quiñónez y Jorge Meléndez,
le preguntaron, sin rodeos, al quinceañero cuarentón:
—¿Nunca has pensado en hacer tu propia dinastía?
Tenés muchos hermanos.
Bien te salen unas tus cinco tandas, deberías de pensarlo…
—Es mejor solo dos
y uno que esté en las sombras—, le recomendaron, sabedores,
los hermanos Ezeta.
—Que no te falte un cuerpo represivo confiable,
nosotros tuvimos a la «Liga Roja», eficiente y disciplinada.
—Yo tuve a los «Escuadrones de la Muerte»,
dijo una figura sombría al borde de la barra.
La leyenda dice que esa silueta es la de aquel “piricuaco”, seco y feyo
que nunca alcanzó la silla presidencial.

El licenciado Dueñas y el general Gerardo Barrios
continuamente interrumpían la conversa,
enfrascados en aquella discusión milenaria:
que cuál era el mejor guaro de Centroamérica,
si «Muñeco» o «Quezalteca».
el general Martínez zanjó este pleito y dijo:
—Las aguas azules
son las mejores que existen— mientras le pasaba el péndulo detector de venenos
al ceviche del general Fidel Sánchez Hernández.

—Y entonces, decinos,
¿cuáles son tus planes?— inquirió el teniente coronel Lemus,
justo en el momento en que se acomodaba un habano en la buchaca.

El presi respondió:
Militarización.
    —eso es un buen movimiento —recalcó el coronel Armando Molina, reflexionando:
       «No hay nada mejor para un civil que rodearse de policías y soldados».
El tío favorito de la capital continuó:
“Restringir el acceso a la información pública”.
“Instrumentalizar la religión para el dominio de las masas”.
“Detenciones arbitrarias y doblones de muñecas”.
“Gastar miles de dólares en propaganda en lugar de salud, educación y cultura”.
“Discursos de odio”. “Bloqueo a la prensa”.
“Comprar encuestas”.
“Construir un estadio”, —Yo hice eso—Interrumpió Maximiliano.
“Poner un tren”, —yo también hice eso —interrumpió el Dr. Zaldívar.
“Poner una nueva moneda en curso que no beneficiará a nadie más que a mí y mis amigos”
—Yo también hice eso ¡qué coincidencia! —interrumpió, sonriente, el licenciado Flores.
          —Pero al hacer estas cosas, repuso el interpelado,
decirle al pueblo que todo esto sucede por primera vez.

Los exmandatarios asintieron admirados.
Y, junto al más cool, gritaban eufóricos:
¡qué viva la vida!… sin fisco…

Fue ya al final de aquella alborozada plática,
cuando los expresidentes, cual hadas madrinas,
y bajo efectos etílicos de misteriosos sahumerios
otorgaron sus “dones” al benjamín tirano.
—Yo te doy el don de la “expropiación de tierras”, dijo uno.
—Yo, el de “los lujos estúpidos”, dijo otro.

— El don “del fraude”, el don “de la represión”
no pueden faltar, dijo un tercero casi llorando.
No faltó quien le dijera: —El don “de la demagogia” te doy.

—Te doy el don de la “persuasión” y la matonería”, dijo uno más.
—El don “de la fiebre mesiánica”, dijo el último.

La velada terminó cuando el patas de pichiche dijo dos cosas que quedaron en la historia:
“Muchachos, tomémonos una selfie”.
Y “hay que seguirla en otro lado,
llevaré una dotación de atún con macarrones,
y de aquella harina importada que sé que les va a gustar.

* * *

Las servilletas quedaron chorreadas y las boquitas tiradas en el suelo.
Las cervezas y las propinas las pagó el muchacho,
y claro, usó bitcoin.

 

 

martes, 19 de enero de 2021

VLADIMIR AMAYA

 

 

 

Ahí vienen los poetas (ohhh, ohhh)

 

*Este poema puede leerse de cuatro formas distintas:
(1) sentado, (2) parado, (3) acostado y
(4), la más extrema y vanguardista: en cuclillas.

Ahí vienen los poetas,
todos apiñados en su microbusito cósmico
señalándonos las estrellas con la lengua.

 



Escondan a colegiales, a ancianos y a universitarios
porque son sus víctimas predilectas.

Cierren bares y teatros…
si nos descuidamos un momento
montarán sus recitales hasta en el velorio del abuelo.

Niños, háganme caso:
no hay tales “cocos” ni monstruos en el armario,
porque no hay nada más tenebroso
que un hombre se les acerque
y les diga:
“publiqué un bonito libro de poemas

 

¿quieres verlo?”.

Ahí vienen los poetas,
pídele al cielo
que nunca te hagan parte de su “público cautivo”.
Son los poetas zombis;
chaquetas de cuero y giras espectaculares.

Ahí vienen diciendo con arrogancia
que dicen las cosas sin arrogancia.
Hablarán de su vida
como algo más trascendente que las tortillas del almuerzo,
y guardarán silencio esperando el aplauso respectivo.

Hablarán de dios porque algo tienen de pastores,
Hablarán de la realidad nacional
porque mucho tienen de políticos.

Cuidado con aquel que ha escrito
en servilletas su última producción,
querrá vendértela a precios excesivos
y te dirá con una sonrisa: “el autógrafo es gratis”.

Niños, háganme caso:
no los miren a los ojos,
no les confiesen que escriben o estarán perdidos.
Vendrán los poetas en la noche,
los abducirán para llevarlos a sus talleres “de palabras”;
los convertirán en topos y focas mutantes,
y lo justificarán todo por la libertad y la belleza,
porque los hay muy cursis,
los llenos de tristecita
y los apestosos a alcohol;

no faltan también
los elocuentes que son muy aburridos,
los chistositos sin gracia
y las víctimas del destino
con aquello de “comprendan, comprendan,
no los puedo comprender, porque nadie me comprende…”
Están los que huyen de las mafias literarias
pero acepta sus premios y posan para la fotografía;
los exquisitos de oficina,
los progresistas de la edad de piedra,
los ungidos de San Juan de la Cruz,
los divos del “gato verde”, los eróticos puritanos,
los nihilistas de felpa y los pastelitos rudos…

Niños, ahí vienen los poetas,
pídanle al cielo que pasen rápido
y no haya secuelas que lamentar,
cuidado con la doble amenaza:
muchos de ellos (por el calor y la humedad) mutan a editores.

Niños, háganme caso:
no les hablen,
no se les acerquen,
son los poetas zombis;
chaquetas de cuero y giras espectaculares,
boinas y sombreritos,
luces campero y poemas: “mamá quiero mi pacha”

Son los poetas zombis,
disfrazados de héroes de guerra,
de morsas y hasta de ratas en fiestas infantiles;
señores del discurso vacío y ajeno
donde no han entendido aún
que la gente quiere poesía,
no poetas.



sábado, 26 de diciembre de 2020

VLADIMIR AMAYA

 


 

La mosca Pérez

 

Hay tres temas importantes en la vida:
el amor, la muerte y la mosca.
Augusto Monterroso

 

 

Nació de la gusanera en la cabeza de un mono babuino.

Entendió que no era abeja alguna,
pues jamás buscó lo dulce propiamente.

Tampoco se creyó sírfido,
porque siempre fue honesto como le tocó vivir.
(jamás mendigó ser otro
y renunciar a su derecho de ser libre).

Que otros buscaran
e incluso muriesen
por el polen y la ambrosía,

él

era una mosca,
rústica en el vuelo y en el aterrizaje;

sin complicaciones en el mundo.

Feliz y satisfecho
sobre la mierda y en la basura.

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

VLADIMIR AMAYA

 



 

Lo que me dijo un anciano en el bus

 


 

Escucha, joven, tú que te miras decente y sano.
La vida es dura en este país.
Ya no se puede estar tranquilo.
Mucha gente inocente está sufriendo.
Nuestros niños están pagando
los altos costos de la locura y la violencia.

Esos mareros desquiciados
con la gente honrada se empachan:
Masacran, extorsionan, secuestran.
Asesinan despiadadamente.
Estamos peor que en la época de la guerra,
que seguro tú no viviste
pero… ¿Has visto las noticias, joven?
¿Has leído los periódicos?
Estos muchachos llegan a los barrios tranquilos,
a las colonias más apacibles,
toman el control de las zonas,
sacan a los habitantes de las casas
                               que ellos creen “estratégicas”,
y si la gente se opone: corre la sangre, muchacho,
matan a sus hijos, violan a sus hijas.
Es terrible.
Estos jóvenes están locos.
Ahí andan todos tatuados
buscando muerte y destrucción
como dementes perros de pelea.
Ahí andan asaltando en la calle, en los buses;
intimidando y vapuleando ancianos;
reclutando niños y jóvenes de las escuelas,
en lugar de buscar un oficio digno:  
porque por muy difícil que esté la situación económica
uno debe salir adelante con la fe puesta en Dios
y en sus propios esfuerzos, sin hacerle mal a nadie.
Estos muchachos no quieren por las buenas.
Hablan de que se sienten excluidos y marginados
y son ellos los que hostigan y matan al zapatero,
a la tortillera que nada les debe;
ponen renta a los negocios más humildes.
Estamos en tiempos jodidos.
La paz es solo una mentira.
Escucha, joven, tú que te miras decente y sano.
Vete del país si tienes la oportunidad,
vete y has una vida normal allá afuera.
Aquí dejamos de ser hombres y mujeres
desde hace mucho tiempo.
Solo somos carne de cañón para estos inadaptados.

Fue cuando el viejo se calló por fin,
y ahí mismo,
con tres filazos le quebré el culo al hijueputa,
porque nadie habla mal de los homeboys,
estamos, va.

 


 

lunes, 14 de diciembre de 2020

VLADIMIR AMAYA

 

 

 

 

El Ayuwoki me cuenta una historia antes de dormir

 



Chusco, el perro que cayó del cielo:

de ojos asustados y cola torcida

nunca pensó que el plan era el abandono.

Creyó paseo, viaje al campo, caminata por las ciudades.

Muy pronto descubrió que los perros

no tienen alas ni les es permitido el retorno.

 

Metió su cabezota en un agujero

para protegerse de la lluvia

y de las burlas de los canarios en las jaulas vecinas.

Ese perro entendió lo que era ser hombre

porque tuvo miedo y se sintió lejos de su cálida costumbre.

Pero, desde una esquina,

oyó a la naturaleza pronunciar su nombre

y vio a lo lejos una perrita color marrón

comiendo sobras en un montículo de basura.

Chusco nunca antes se sintió tan a salvo y feliz

como ese día en que perdió el cielo.

Enamoróse  de aquella schnauzer caída en desgracia hace años,

y la persiguió por plaza y arrabales,

tanto, que olvidó

el cielo y su propia caída.

Y en los ojos de su compañera lanuda

descubrió que a los perros poco o nada

les importa regresar a ese cielo     de donde caen.

 

 

martes, 8 de diciembre de 2020

VLADIMIR AMAYA

  

 

 

Era digital en la edad…

 

Dormimos con el teléfono entre las manos,

su luz nos alumbra

en medio de la nada

Carolina Quintero Valverde

 

 

Nacimos con el sol de la aplicación más reciente,

a la velocidad misma del ensueño.

 

Nuestra cultura

en las alturas de “la nube”

se cuenta en descargas.

 

Pobreza y robos,

violaciones y desfalcos,

asesinatos vía “streaming”

para hacerlo viral.

 

El perfil se renueva con cada víctima,

ponle “photoshop”; nadie notará que ya no respira.

 

Red social para los antisociales.

Nuevo rostro

para nosotros,

los hombres de las 2 megas de sangre,

para nosotras las mujeres terabyte ahogadas en el infierno.

 

Hambruna y guerra: el “trending topic” desde hace tiempo,

pero la Generación Error 404

sigue “googleando” su nombre

y mostrando el culo en Instagram.

 

–Era digital–

¿“Era” más de lo que esperábamos?

El mundo sigue yéndose al carajo.

   ¡Cuidado y ahora te acusan de “spam”! de “vínculos” rotos

(papá nunca entendió lo que era una computadora).

Cuidado y te acusan

de algún ciberataque en el país de los hombres análogos.

 

Rapidez inimaginable

en esta invisible hipercarretera,

a cambio tenemos los cerebros más lentos de toda la historia.

 

Era digital en la edad de las cavernas.

Cuidado, y mide tu dedos que son tu lengua ahora,

podrías morir por un “dislike”.

Las pandillas o los narcos

te arrancarían las piernas de las maneras más horribles,

pero te dolería más

que bloquearan tu red social por tus comentarios antiimperialistas. Sería una pena.

 

En la era digital

el mismo mal de todos los siglos:

hechos de ausencia, nosotros,

siempre

a un “click” de distancia.

 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

VLADIMIR AMAYA

 



En la vieja historia

(Una versión libre de lo que ya se conoce)

al maestro Rafael Lara-Martínez

 

 

En aquellos días
yo era un pipil medio tranquilo en el Señorío de Cuzcatlán.
Dedicado al cultivo de maíz de lunes a viernes
y a la pesca los fines de semana.
Descansando a la sombra de un guanacaste me veían
preocupado nada más por terremotos,
inundaciones y alguna que otra erupción inoportuna.

Mi padre era de Xilopango
y mi madre de Yopicalco, para mejor referencia: del Centro;
dedicados a la guerra
y a la casa, respectivamente.

Me educaron con la sabiduría de la tierra
y el misterio de los astros.
Pero a mí
me decían cosas más importantes el viento
y las hormigas muertas a la orilla de las piedras.
A mí me decía más… el humo de mi hierba.

Tuve un hermano:
Topilzin, oruga cósmica.
Buen tipo, nada pedante,
muy simpático en las reuniones y ceremonias.
Guerreaba como nuestro padre.
Aunque muy cerca del templo mayor
tenía un negocio clandestino de chicha y otras aguas locas.

Pobre hermano que tuve.
“Soy muy sano”, me decía; me decía: “soy muy fuerte”.
Al pobre hermano mío que tuve
se lo llevó, entre agonías, la terrible viruela de Tenochtitlan.

En verano
llegaban las fiestas a la comarca.
¡Ah, qué tiempos!
El maíz brotaba
y brotaba con él la música y la danza,
y en ocasiones,
se organizaban torneos relámpagos:
el juego de pelota era a muerte.

Algunos de mis amigos
se dedicaban a sacarle lucro a las artesanías:
jarrones, vasijas, taparrabos importados;
collares y pulseras: todo era buen negocio;
otros compas, daban plumas de quetzal raza pura
a cacao y medio. toda una ganga.

Constantemente me escapaba de casa
e iba a ver las estrellas en el firmamento;
me hablaban mis ancestros en la voz de las lechuzas y jaguares,
pero a mí me decían cosas más importantes el viento
y el humo de mi hierba.

Por último:
nunca creí en los dioses,
iba a los rituales solo a ver a mi vecina.
Soñaba con ella echado en la mano de las flores,
escribía a sus ojos de pájaro dormido
en hojas que una hoguera hacía del sueño de nuestra huida.

“Hija de cacique no se queda con gato de monte”,
              me dijo el tata y no entendí por las buenas.

Nunca creí en dioses, repito,
hasta que me enamoré de aquella mujer de cielo.
Y rogué a los dioses por quedarme con ella.
Y de escondidas nos vimos cierta tarde
a orillas del hermoso y cristalino Acelhuat(e)
Ella, adornada con plumas de torogoz y de cenzontle,
nos vimos a espaldas de todo su linaje.

Cuando se hizo de noche tomé su mano.
Y los dioses me escucharon
porque ella escuchó mi corazón,
pero me dijo, contenta, complacida, muy emocionada:
“No puedo quedarme contigo
Óscar Cacahuaitique, amor mío,
¡¡¡mañana me sacrifican!!!

De aquellos días
ya no queda nada para mis sueños.
Ese cielo de mi mundo
es ceniza violenta del mañana.

Ayer llegó un tal Pedro de Alvarado
a poner su franquicia de hamburguesas y papitas fritas.

Todos se han largado a las montañas y a los cerros.
Por mi parte, dejo las palabras de esta vieja historia
en el oído del viento que tanto me ha dicho,
que tanto me ha confiado,
y me voy en cayuco por el río,
escapando maldito
de esta tierra maldita.